miércoles, 23 de septiembre de 2026

 


 


Queridos hermanos y hermanas:

La Palabra de Dios nos coloca hoy ante una realidad decisiva para la vida cristiana: la obediencia. No una obediencia ciega, nacida del temor, sino una respuesta libre, consciente y confiada al Dios que nos llama por nuestro nombre y nos conduce por caminos de vida. Obedecer al Señor significa escuchar su voz con el corazón dispuesto y dejar que esa voz ilumine nuestras decisiones. Por eso, la primera lectura nos advierte con claridad: “Si el justo se aparta de su justicia, comete la maldad y muere; muere por la maldad que cometió”. La Escritura no busca sembrar miedo, sino despertar la conciencia. Nos recuerda que cada elección va trazando un camino y que nadie puede seguir verdaderamente a Cristo sin disciplina interior, sacrificio y perseverancia. La vida de fe exige una ascesis cotidiana: aprender a combatir la tentación, llamar al pecado por su nombre y no disfrazar de bien aquello que, en el fondo, nos aleja de Dios. Conviene preguntarnos: ¿estamos tomando en serio nuestra respuesta al Señor?, ¿o vivimos como si nuestras decisiones no tuvieran consecuencias, como si nadie viera lo que hacemos o como si nunca hubiéramos de rendir cuentas?

La segunda lectura nos muestra el rostro más alto y luminoso de la obediencia: Jesucristo. Él no se aferró a las prerrogativas de su condición divina, sino que se despojó de sí mismo, asumió la condición de siervo y se hizo semejante a nosotros. Su obediencia no fue debilidad ni resignación; fue la expresión más plena de su amor al Padre y de su entrega por la humanidad. Jesús no eligió el camino fácil ni buscó un triunfo sin cruz. Descendió hasta lo más hondo de nuestra condición y aceptó las consecuencias de su misión: la muerte, y una muerte de cruz. Allí comprendemos que obedecer a Dios no empequeñece al ser humano; por el contrario, lo conduce a la verdad de sí mismo y lo hace capaz de amar hasta el extremo.

El Evangelio ilumina esta llamada mediante la parábola de los dos hijos (Mt 21, 28-32). Uno responde al padre con palabras correctas, pero no va a trabajar a la viña; el otro se niega al principio, pero después recapacita y cumple su voluntad. Jesús nos enseña así que la verdadera obediencia no se mide por promesas, apariencias o discursos piadosos, sino por una conversión que se hace concreta en las obras. También nos revela que ningún “no” tiene que ser definitivo: quien reconoce su error y cambia de camino puede adelantarse en el Reino a quien se considera justo, pero permanece cerrado a la voz de Dios. La fe auténtica consiste, por tanto, en permitir que el arrepentimiento transforme nuestras decisiones y en pasar del “Señor, Señor” de los labios al servicio generoso en la viña de cada día.

Esta Palabra toca también una realidad muy cercana: la formación de nuestros jóvenes. Educar no consiste únicamente en protegerlos del sufrimiento, sino en prepararlos para vivir con libertad, madurez y responsabilidad. A veces, movidos por un amor sincero, pero poco iluminado, algunos padres evitan que sus hijos afronten las consecuencias de lo que hicieron o dejaron de hacer. Resuelven sus dificultades escolares, cumplen por ellos las obligaciones familiares o encubren sus faltas para ahorrarles una vergüenza. Sin embargo, cuando impedimos que una persona responda por sus actos, también podemos impedirle crecer. El amor verdadero acompaña, corrige, sostiene y perdona, pero no sustituye al otro en aquello que le corresponde asumir.

Muchos de los problemas que contemplamos en nuestras familias, en la sociedad e incluso en la Iglesia nacen, al menos en parte, de una libertad separada de la responsabilidad. Queremos elegir, pero no siempre aceptar las consecuencias; deseamos ser escuchados, pero no siempre estamos dispuestos a escuchar; pedimos comprensión, pero con frecuencia nos cuesta reconocer nuestros errores. La Palabra de hoy nos invita a unir nuevamente libertad y verdad, decisión y responsabilidad, fe y vida.

Pidamos, pues, al Señor la gracia de una conciencia recta y humilde: una conciencia capaz de discernir el bien, de asumir con serenidad las propias decisiones y de regresar a la casa del Padre cuando se haya apartado del camino. Que nuestras familias sean escuelas de responsabilidad y de misericordia, donde se eduque no solo con palabras, sino con el testimonio de una vida coherente. Y que, contemplando a Cristo obediente hasta la cruz, aprendamos también nosotros a decir cada día, con confianza y generosidad: “Señor, aquí estoy; enséñame a hacer tu voluntad”.

Pbro Carlos Felipe Lozano Lara

 

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