viernes, 7 de agosto de 2026

DOMINGO XIX DEL TIEMPO ORDINARIO 2026

 


Hay una palabra del Señor en el Evangelio de san Juan que ilumina profundamente nuestra vida de fe. Jesús le dice a Tomás, después de que este ha visto las señales del Resucitado: «Tú crees porque me has visto; dichosos los que creen sin haber visto» (Jn 20,29). Esta frase nos coloca ante una pregunta muy importante: ¿qué necesitamos para creer verdaderamente en Dios?, ¿qué esperamos para reconocer su presencia en nuestra vida?

Muchas veces quisiéramos que Dios se manifestara de manera evidente. Algunos esperan un milagro, otros una señal clara, otros desean que se resuelva de inmediato aquello que les preocupa. Incluso, en ciertos momentos, podemos llegar a poner a prueba a Dios, como si su presencia dependiera de que Él responda exactamente como nosotros queremos.

Sin embargo, la Palabra de Dios nos enseña que el Señor no siempre se manifiesta en lo extraordinario. En la primera lectura escuchamos que Dios no estaba en el viento huracanado, ni en el terremoto, ni en el fuego, sino en la suave brisa. Es decir, Dios se hace presente muchas veces en el silencio, en lo sencillo, en aquello que casi pasa desapercibido. Por eso, para reconocerlo, necesitamos un corazón atento, una fe despierta y una mirada espiritual capaz de descubrir su paso por nuestra historia.

Vivimos rodeados de preocupaciones. Hay problemas en la casa, en el trabajo, en la familia y en la sociedad. Tenemos tantas cosas que resolver que, sin darnos cuenta, vamos perdiendo la capacidad de detenernos, de guardar silencio y de estar a solas con Dios. Y, sin embargo, ese encuentro es necesario. No solo para pedirle algo, sino para permanecer delante de Él, para dejarnos mirar por Él, para recordar que Dios conoce nuestras necesidades, nuestras tristezas, nuestras angustias, nuestras alegrías, nuestros fracasos y nuestras esperanzas.

El Evangelio también nos muestra a los discípulos avanzando con dificultad en la barca, golpeados por el viento y por las olas. En medio de esa situación, Jesús se acerca caminando sobre el mar. Ellos tienen miedo, pero Él les dice: «Soy yo, no teman». Esta palabra del Señor sigue siendo actual para nosotros. También nosotros atravesamos tempestades; también nosotros sentimos miedo; también nosotros, como Pedro, damos algunos pasos de fe, pero luego dudamos cuando sentimos la fuerza del viento.

Cuántas veces pensamos que todo está perdido. Cuántas veces creemos que Dios no nos escucha, que está lejos o que no somos dignos de su presencia. Pero el Señor no abandona. Él camina hacia nosotros en medio de la dificultad. Él se acerca precisamente cuando la noche parece más oscura. Él nos tiende la mano cuando comenzamos a hundirnos.

Por eso, hermanos, necesitamos aprender a reconocer la presencia silenciosa de Dios. A veces no la veremos de inmediato. A veces no la sentiremos como quisiéramos. Pero Él está. Está en su Palabra, que ilumina y consuela; está en la oración humilde y perseverante; está en la comunidad que camina unida; y está, de manera especial, en la Eucaristía.

La Eucaristía es una presencia humilde y silenciosa. A los ojos humanos parece solo pan y vino, pero por la acción del Espíritu Santo se convierten en el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Allí está el Señor: vivo, real y presente. Allí nos escucha, nos consuela, nos fortalece, nos sana y nos recuerda que no estamos solos.

Por eso, quisiera invitarlos a un ejercicio sencillo de fe. Cada día, en un momento de silencio, digámosle al Señor, como Samuel: «Habla, Señor, que tu siervo escucha». Digámoselo con humildad, con perseverancia, aunque al principio no sintamos nada. Porque Dios habla, Dios acompaña y Dios se hace presente, muchas veces, en la suave brisa de cada día.

Es cierto: muchas veces quisiéramos ver para creer. Pero el Señor nos invita a creer para aprender a ver. Que esta Eucaristía fortalezca nuestra fe y nos conceda descubrir su presencia en medio de nuestras dificultades, confiando siempre en que Él camina con nosotros, nos sostiene con su mano y nunca nos abandona.

Pbro. Carlos Felipe Lozano Lara

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