Queridos hermanos: La Palabra de Dios que hoy se proclama ante nosotros ensancha la mirada del corazón y nos sitúa frente al horizonte universal de la misericordia divina. La ayuda a los más necesitados y el anuncio del Evangelio no pueden quedar encerrados en fronteras estrechas, ni condicionarse por pertenencias, simpatías o distinciones humanas. La caridad cristiana y la predicación de la Palabra no son privilegio de unos cuantos, ni patrimonio de un grupo cerrado; nacen del corazón de Dios y, por eso mismo, están destinadas a todos.
Viene a nuestra memoria el testimonio
luminoso de Santa Teresa de Calcuta. Ella se acercaba a cada persona sin
preguntar primero por su religión, su procedencia o su condición, sino
reconociendo en cada rostro la dignidad sagrada de una creatura amada por Dios.
Su servicio no buscaba aplausos, recompensa ni conquista humana; era una
ofrenda silenciosa de amor, especialmente para quienes necesitaban morir con
dignidad o recibir una atención que el mundo muchas veces negaba. Ciertamente,
también muchas organizaciones realizan obras nobles en favor de los pobres;
pero el creyente está llamado a imprimir en toda obra de servicio una caridad
más alta: humilde, delicada, perseverante, libre de discriminación y animada
por la presencia de Cristo en el hermano.
Lo mismo acontece con el anuncio del
Evangelio. La Iglesia no predica para sí misma, ni habla únicamente a quienes
ya han recibido la fe o participan de la vida sacramental. Su misión es
sembrar, con paciencia y esperanza, la semilla viva de la Palabra en todos los
corazones. A nosotros nos corresponde sembrar; a Dios, hacer crecer. Pero no
por eso podemos descuidar la forma de sembrar. Por ello, desde hace tiempo, los
Sucesores de Pedro nos han llamado a una nueva evangelización: nueva en su
ardor, en sus métodos y en sus expresiones, aunque siempre fiel en su contenido,
porque Cristo es el mismo ayer, hoy y siempre.
Por eso, todos los grupos
parroquiales, movimientos eclesiales, instituciones y escuelas estamos llamados
a ofrecer lo mejor de nosotros mismos. No basta conservar lo que ya existe; es
necesario dejarnos encender por el celo apostólico, ser audaces sin perder la
humildad, creativos sin apartarnos de la verdad, firmes sin dejar de ser
compasivos. Las heridas de nuestras comunidades, las pobrezas visibles y
ocultas, las soledades, las divisiones y las necesidades urgentes no pueden
encontrarnos indiferentes. La fe que no se hace servicio corre el riesgo de
volverse estéril.
El Evangelio nos presenta a Jesús en
diálogo con la mujer cananea. A primera vista, sus palabras parecen marcar una
distancia, pues aquella mujer no pertenece al pueblo al que inicialmente se
dirige el anuncio del Reino. Sin embargo, en su humildad perseverante y en su
audacia confiada, ella permanece ante el Señor. No se retira, no se amarga, no
abandona la súplica. Y entonces resplandece la grandeza de su fe. Jesús la
reconoce y concede el milagro que implora. Aquella mujer nos enseña que la fe
verdadera no se cansa de acudir a Cristo, aun cuando el camino parezca difícil.
También nosotros, sostenidos por esa
fe, estamos llamados a ser instrumentos de transformación en medio del mundo.
Allí donde hay oscuridad, llevemos la luz de Cristo; donde el camino es pedregoso,
ayudemos a allanarlo; donde se ha instalado la desesperanza, sembremos
esperanza; donde crecen el odio y la división, respondamos con amor y unidad. No
esperemos ocasiones extraordinarias para practicar el Evangelio. Manos a la
obra: cada uno puede ofrecer una palabra que consuele, un gesto que levante,
una ayuda que dignifique y un testimonio que acerque a otros al corazón
misericordioso de Dios.
Pbro. Carlos Felipe Lozano Lara










