Hermanos, al
contemplar la realidad del mundo y las muchas contradicciones que nos rodean,
puede surgir en nuestro corazón una pregunta profunda: ¿vale la pena vivir con
rectitud?, ¿vale la pena mantenerse fieles a los valores del Evangelio?, ¿vale
la pena seguir confesando nuestra fe cuando ello trae consigo burlas,
incomprensiones y críticas? Y esta prueba se hace todavía más dolorosa cuando
no viene de personas lejanas, sino de quienes están cerca de nosotros. Algo
semejante experimentó el profeta Jeremías. Él conoció el peso de la
incomprensión, el dolor del rechazo y la soledad que acompaña a quien ha sido
llamado por Dios. Su corazón llegó a estremecerse, y por momentos pensó en
callar, en no seguir anunciando la palabra del Señor. Pero, en medio de su
sufrimiento, no se apartó de Dios; al contrario, le abrió su alma, le confió su
causa y permaneció sostenido por la certeza de que el Señor jamás abandona a
quienes esperan en Él.
Por eso, el
Evangelio de hoy resuena con tanta fuerza en nuestra vida. El Señor Jesús dice
a sus discípulos, y también a cada uno de nosotros: no tengan miedo. Él no les
oculta las dificultades; no les promete un camino fácil ni una vida sin
pruebas. Al contrario, les advierte que habrá persecuciones, contradicciones y
sufrimientos. Pero, precisamente en medio de todo eso, les pide permanecer
firmes. Así sucedió con los apóstoles, como nos lo narra el libro de los
Hechos: tuvieron que soportar rechazos, humillaciones, amenazas y muchas
tribulaciones por anunciar el nombre de Cristo. Y entre ellos sobresale san
Pablo, que hizo de su vida una ofrenda total al Evangelio y aceptó padecerlo
todo con tal de permanecer fiel al Señor que lo había llamado.
Y no pensemos,
hermanos, que esta palabra pertenece solamente al pasado. También hoy hay
muchos hombres y mujeres que sufren por mantenerse fieles a Cristo. Sufren
obispos, sacerdotes, diáconos, religiosos, consagrados y tantos fieles laicos
que sirven con generosidad en la Iglesia. Sufren también quienes, en medio de
su familia, encuentran oposición, incomprensión o indiferencia hacia su fe. Y
sufren nuestros jóvenes y adolescentes, cuando descubren que vivir según el
Evangelio no siempre es bien recibido por sus compañeros. También hoy seguir a
Cristo implica, muchas veces, ir contracorriente. También hoy la fidelidad
tiene su precio. Pero también hoy el Señor permanece al lado de los suyos.
Por eso,
hermanos, la palabra del Señor hoy debe quedar grabada en nuestro corazón: no
tengan miedo. No tengan miedo de creer, no tengan miedo de dar testimonio, no
tengan miedo de vivir con coherencia su fe. Encomienden su causa al Señor,
pongan en sus manos sus luchas, sus cansancios, sus heridas y sus esperanzas.
Tal vez a veces pensemos que nuestro esfuerzo no da fruto, porque no vemos
resultados inmediatos; sin embargo, el Señor no nos pide medir el éxito, sino
perseverar en la fidelidad. Nuestra tarea es sembrar, amar, servir, anunciar,
permanecer. Quizá no nos toque contemplar la cosecha, pero Dios hará fecundo lo
que hoy sembramos con fe. Y entonces comprenderemos que nada de lo vivido por
amor a Cristo fue inútil, porque toda fidelidad sostenida por Dios termina
dando fruto en el tiempo de su gracia.
Pbro. Carlos
Felipe Lozano Lara










