Hay una palabra del Señor en el Evangelio
de san Juan que ilumina profundamente nuestra vida de fe. Jesús le dice a Tomás,
después de que este ha visto las señales del Resucitado: «Tú crees porque me
has visto; dichosos los que creen sin haber visto» (Jn 20,29). Esta frase nos coloca
ante una pregunta muy importante: ¿qué necesitamos para creer verdaderamente en
Dios?, ¿qué esperamos para reconocer su presencia en nuestra vida?
Muchas veces quisiéramos que Dios se
manifestara de manera evidente. Algunos esperan un milagro, otros una señal
clara, otros desean que se resuelva de inmediato aquello que les preocupa.
Incluso, en ciertos momentos, podemos llegar a poner a prueba a Dios, como si
su presencia dependiera de que Él responda exactamente como nosotros queremos.
Sin embargo, la Palabra de Dios nos
enseña que el Señor no siempre se manifiesta en lo extraordinario. En la
primera lectura escuchamos que Dios no estaba en el viento huracanado, ni en el
terremoto, ni en el fuego, sino en la suave brisa. Es decir, Dios se hace
presente muchas veces en el silencio, en lo sencillo, en aquello que casi pasa
desapercibido. Por eso, para reconocerlo, necesitamos un corazón atento, una fe
despierta y una mirada espiritual capaz de descubrir su paso por nuestra
historia.
Vivimos rodeados de preocupaciones.
Hay problemas en la casa, en el trabajo, en la familia y en la sociedad.
Tenemos tantas cosas que resolver que, sin darnos cuenta, vamos perdiendo la
capacidad de detenernos, de guardar silencio y de estar a solas con Dios. Y,
sin embargo, ese encuentro es necesario. No solo para pedirle algo, sino para
permanecer delante de Él, para dejarnos mirar por Él, para recordar que Dios
conoce nuestras necesidades, nuestras tristezas, nuestras angustias, nuestras
alegrías, nuestros fracasos y nuestras esperanzas.
El Evangelio también nos muestra a
los discípulos avanzando con dificultad en la barca, golpeados por el viento y
por las olas. En medio de esa situación, Jesús se acerca caminando sobre el
mar. Ellos tienen miedo, pero Él les dice: «Soy yo, no teman». Esta palabra del
Señor sigue siendo actual para nosotros. También nosotros atravesamos
tempestades; también nosotros sentimos miedo; también nosotros, como Pedro,
damos algunos pasos de fe, pero luego dudamos cuando sentimos la fuerza del
viento.
Cuántas veces pensamos que todo está
perdido. Cuántas veces creemos que Dios no nos escucha, que está lejos o que no
somos dignos de su presencia. Pero el Señor no abandona. Él camina hacia
nosotros en medio de la dificultad. Él se acerca precisamente cuando la noche
parece más oscura. Él nos tiende la mano cuando comenzamos a hundirnos.
Por eso, hermanos, necesitamos
aprender a reconocer la presencia silenciosa de Dios. A veces no la veremos de
inmediato. A veces no la sentiremos como quisiéramos. Pero Él está. Está en su
Palabra, que ilumina y consuela; está en la oración humilde y perseverante;
está en la comunidad que camina unida; y está, de manera especial, en la
Eucaristía.
La Eucaristía es una presencia
humilde y silenciosa. A los ojos humanos parece solo pan y vino, pero por la
acción del Espíritu Santo se convierten en el Cuerpo y la Sangre de Cristo.
Allí está el Señor: vivo, real y presente. Allí nos escucha, nos consuela, nos
fortalece, nos sana y nos recuerda que no estamos solos.
Por eso, quisiera invitarlos a un
ejercicio sencillo de fe. Cada día, en un momento de silencio, digámosle al
Señor, como Samuel: «Habla, Señor, que tu siervo escucha». Digámoselo con
humildad, con perseverancia, aunque al principio no sintamos nada. Porque Dios
habla, Dios acompaña y Dios se hace presente, muchas veces, en la suave brisa
de cada día.
Es cierto: muchas veces quisiéramos
ver para creer. Pero el Señor nos invita a creer para aprender a ver. Que esta
Eucaristía fortalezca nuestra fe y nos conceda descubrir su presencia en medio
de nuestras dificultades, confiando siempre en que Él camina con nosotros, nos
sostiene con su mano y nunca nos abandona.
Pbro. Carlos Felipe Lozano Lara










