Hermanos y hermanas: la Palabra de
Dios que hoy se proclama nos conduce a una verdad sencilla y, al mismo tiempo,
profundamente exigente: nada nos pertenece de manera absoluta. La vida, los
dones, las responsabilidades y aun los cargos que ejercemos son gracia
recibida; no son motivo de vanagloria, sino llamada al servicio. La primera
lectura nos presenta, con gran fuerza, el contraste entre la soberbia de quien
se apropia del poder y la humildad de quien reconoce que toda autoridad viene
de Dios. El poder confiado a Eleacín —abrir y que nadie pueda cerrar, cerrar y
que nadie pueda abrir— no brota de la fuerza humana ni del mérito personal,
sino de la voluntad del Señor, que llama y sostiene a quien Él elige.
Por eso, nadie puede colocarse por
encima de los demás como dueño de sus vidas. Nadie puede decidir con ligereza
sobre el destino de una persona, ni asumir como propio un poder que pertenece
solo a Dios. Esta verdad no es una idea antigua ni una simple afirmación
religiosa; es un principio que custodia la dignidad humana y nos recuerda que,
cuando el hombre pretende ocupar el lugar de Dios, termina hiriéndose a sí
mismo y destruyendo a los demás. Lo comprendí de manera muy concreta en la
enfermedad de uno de mis hermanos, ya fallecido. En medio del dolor y de la
incertidumbre, cuando surgió la posibilidad de intubarlo, tuvimos que discernir
con seriedad, escuchando a los médicos y reconociendo que no éramos dueños de
su vida. Decidimos actuar no desde el miedo ni desde la comodidad, sino desde
la responsabilidad y el respeto sagrado por la vida confiada a nuestras manos.
San Pablo lo canta con palabras
llenas de asombro: «¡Qué inmensa y rica es la sabiduría y la ciencia de Dios!
¡Qué impenetrables son sus designios e incomprensibles sus caminos!». Ante el
misterio de Dios, la actitud del creyente no es la autosuficiencia, sino la
adoración humilde. Todo proviene de Él, todo subsiste por Él y todo camina
hacia Él. La liturgia de este día nos invita, por tanto, a reconocer que
nuestra vida entera está sostenida por la misericordia y la sabiduría del
Señor.
Desde esta luz comprendemos mejor la
pregunta de Jesús en el Evangelio: «Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?». No se
trata de una pregunta dirigida solo a Pedro y a los discípulos de aquel tiempo;
es una pregunta que atraviesa la historia y llega hoy a cada uno de nosotros.
Pedro, iluminado por el Padre, confiesa: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios
vivo». En esa confesión se revela el centro de nuestra fe: Cristo no es un
maestro más ni un profeta entre otros; es el Señor, el Hijo amado, aquel a
quien pertenecen el cielo y la tierra. Y a Pedro, no por sus solas fuerzas,
sino por la gracia recibida, Jesús le confía la autoridad de atar y desatar al
servicio de la comunión y de la salvación.
Que esta Palabra nos enseñe a vivir
con humildad, a ejercer toda responsabilidad como servicio y a reconocer que
ninguna autoridad humana es absoluta. Solo Dios es Señor; solo Él tiene la
última palabra sobre la vida, la historia y el destino de sus hijos. Ante Él,
nuestra grandeza consiste en confiar, servir y permanecer fieles.
Pbro. Carlos Felipe Lozano Lara










