miércoles, 15 de julio de 2026

DOMINGO XVI DEL TIEMPO ORDINARIO 2026

 


Hermanos y hermanas: la Palabra del Señor nos invita hoy a contemplar, con fe y humildad, el misterio del Reino de los cielos. Jesús nos habla por medio de imágenes sencillas y profundas: una semilla sembrada en el campo, un grano de mostaza pequeño a los ojos humanos y una levadura escondida en la masa. Con ellas, el Señor nos revela que el Reino de Dios no siempre comienza en lo grande, ni en lo visible, ni en lo que llama la atención, sino en lo pequeño que se entrega a su gracia, en lo humilde que se deja transformar y en lo escondido que, silenciosamente, va renovando la vida desde dentro.

Esta enseñanza toca el corazón de nuestra vida cristiana. Dios no desprecia los comienzos pequeños. Muchas veces deseamos frutos inmediatos, respuestas rápidas y cambios visibles; sin embargo, el Evangelio nos recuerda que el Reino crece con el ritmo de Dios. Crece en el corazón que se convierte poco a poco. Crece en la familia que vuelve a orar. Crece en la comunidad que aprende a perdonar. Crece en la persona que decide hacer el bien, aun cuando nadie la vea. Allí, en lo sencillo y cotidiano, Cristo comienza a reinar. Allí trabaja la gracia. Allí el Espíritu Santo hace brotar frutos de conversión: amor verdadero, paz, paciencia, bondad, mansedumbre y fidelidad.

Pero el mismo Evangelio nos advierte que junto a la buena semilla puede crecer la cizaña; junto al bien, la tentación; junto a la gracia, la resistencia del corazón. Por eso, esta Palabra nos llama a mirar con sinceridad nuestra propia vida. ¿Qué estamos dejando crecer dentro de nosotros? ¿La semilla del Reino o la cizaña del egoísmo? ¿La humildad de Cristo o la dureza del pecado? La paciencia de Dios no es indiferencia; es misericordia que espera y llama a la conversión. Por eso, el discípulo del Señor no se desespera, pero tampoco se duerme. Permanece vigilante, ora con confianza, discierne con humildad y vuelve a comenzar cuantas veces sea necesario.

También hoy, ante un mundo herido por la violencia, las adicciones, la trata de personas, las divisiones familiares, el cansancio y la pérdida del sentido de la vida, el Señor no nos llama únicamente a lamentarnos, sino a convertirnos. El cambio que deseamos para el mundo debe comenzar en el corazón de cada uno. Si Cristo reina en mí, algo comienza a cambiar a mi alrededor. Si Cristo reina en la familia, el hogar se convierte en escuela de amor. Si Cristo reina en la comunidad, la Iglesia se vuelve signo vivo de esperanza. Pidamos, pues, al Señor, que nos conceda ser tierra buena para su semilla, levadura humilde en medio del mundo y testigos fieles del Reino que ya crece entre nosotros. Amén.

Pbro. Carlos Felipe Lozano Lara

                                                                                                           

miércoles, 8 de julio de 2026

DOMINGO XV DEL TIEMPO ORDINARIO 2026

 


Hermanos y hermanas, hoy Jesús nos habla con una imagen muy sencilla y muy conocida para quienes trabajan la tierra: la semilla. Todos sabemos que una semilla necesita buena tierra, agua, cuidado y tiempo para poder crecer. Si la tierra está dura, si tiene muchas piedras o si está llena de maleza, la semilla no puede dar buen fruto. Así pasa también con la Palabra de Dios en nuestro corazón.

En la parábola del sembrador, Jesús nos enseña que Dios siembra su Palabra con generosidad. Él no se cansa de hablarnos. Nos habla en la misa, en la Biblia, en la oración, en los consejos buenos, en la familia y también en los acontecimientos de cada día. Pero la pregunta es: ¿cómo está nuestra tierra?, ¿cómo está nuestro corazón para recibir lo que Dios quiere sembrar en nosotros?

A veces nuestro corazón está duro, como la tierra que no se ha trabajado. Escuchamos la Palabra, pero no la dejamos entrar. Otras veces somos como la tierra con piedras: nos animamos un rato, pero pronto se nos olvida. También puede pasar que nuestro corazón esté lleno de preocupaciones, problemas, enojos o intereses, como un terreno lleno de hierba mala que no deja crecer la semilla.

Pero Jesús también nos dice que hay tierra buena. Esa tierra buena es la persona que escucha con fe, guarda la Palabra en el corazón y trata de vivirla cada día. No se trata de saber muchas cosas, sino de dejar que Dios vaya cambiando nuestra vida poco a poco: en la casa, en el trabajo, en el trato con los vecinos, en la familia y en la comunidad.

Hoy escuchamos muchas voces: lo que dice la gente, lo que se comenta en el pueblo, lo que llega por el teléfono, las noticias y tantas opiniones. Pero no todo nos ayuda. Por eso necesitamos aprender a escuchar primero la voz de Dios. Su voz no confunde, no destruye y no quita la paz. La voz de Dios nos invita al bien, al perdón, al trabajo honrado, a la unidad y al amor entre nosotros.

También necesitamos aprender a escucharnos unos a otros. En la familia, muchas dificultades nacen porque no nos escuchamos con paciencia. En la comunidad, a veces hay divisiones porque hablamos mucho y escuchamos poco. Si escuchamos a Dios, también aprenderemos a escuchar al hermano, a comprenderlo, a perdonarlo y a caminar juntos.

Pidámosle al Señor que prepare nuestro corazón como se prepara la tierra antes de sembrar. Que quite de nosotros la dureza, las piedras y la maleza que no dejan crecer su Palabra. Que nos haga tierra buena, para que nuestra vida dé frutos de fe, de esperanza, de paz, de servicio y de amor. Porque cuando la Palabra de Dios cae en un corazón sencillo y dispuesto, siempre da fruto.

Pbro. Carlos Felipe Lozano Lara

miércoles, 1 de julio de 2026

DOMINGO XIV DEL TIEMPO ORDINARIO 2026


Hermanos, el deseo de paz es un anhelo que atraviesa toda la historia de la humanidad. No es algo exclusivo de nuestra época; es una necesidad que ha acompañado al ser humano desde que comenzó la vida en sociedad. Desde los primeros pueblos y civilizaciones, los conflictos han surgido como consecuencia de la ambición, del deseo de dominio, de la búsqueda de poder. Quien posee mayor fuerza económica, quien se cree superior o más poderoso, ha intentado imponer su voluntad sobre los demás. Así nacieron imperios, así se libraron guerras que, vistas con ojos sinceros, fueron inútiles, absurdas y profundamente dolorosas.

La primera lectura de hoy nos deja entrever el sufrimiento que el profeta contempló en su tiempo: madres recibiendo los cuerpos de sus hijos, jóvenes que murieron en guerras sin sentido, familias destruidas por la violencia de quienes buscaban imponer su poder. El profeta escuchó demasiados lamentos, demasiadas lágrimas, demasiados gritos de dolor. Y, sin embargo, los promotores de la guerra no cedían. Seguían derramando sangre inocente para alcanzar sus propósitos.

Pero el profeta es claro: ese no es el parecer del Dios de Israel. Ese no es el camino que Dios quiere para su pueblo. En las lecturas de la misa diaria hemos escuchado repetidamente el deseo de Dios: que resplandezca la justicia, que los sacrificios que le ofrecemos no estén vacíos, que nuestra relación con Él sea auténtica, sincera, coherente. Dios no quiere ritos sin corazón, ni ofrendas sin conversión. Dios quiere que la paz brote de la justicia y que la justicia nazca de un corazón transformado.

Hermanos, la paz verdadera no comienza en el exterior. No nace de acuerdos políticos, ni de tratados, ni de la ausencia de conflictos. La paz comienza en el interior del ser humano. Es un trabajo personal, profundo, que exige honestidad, humildad y valentía. Es mirar dentro de uno mismo, reconocer nuestras sombras, nuestras heridas, nuestros miedos, y permitir que Dios los toque y los sane. Sólo quien ha encontrado paz en su corazón puede irradiarla hacia los demás. Sólo quien ha sido sanado por Dios puede convertirse en instrumento de paz en su familia, en su comunidad, en su sociedad.

El Dios de Israel, aunque los hombres hayan desfigurado su rostro con violencia, injusticia y pecado, es un rey justo y humilde. Es un Dios que ama la paz y detesta toda forma de violencia. Es un Dios que se revela no en la fuerza, sino en la mansedumbre; no en la imposición, sino en la ternura;
no en la guerra, sino en la reconciliación. Este es el Dios en quien debemos poner nuestra confianza. Este es el Dios que nos presentan las Sagradas Escrituras. Este es el Dios que debe habitar en nuestros corazones y sobre el cual debe cimentarse toda paz auténtica.

El Evangelio de San Mateo nos presenta hoy un discurso profundamente consolador de Jesús. Sus oyentes están cansados, desmoralizados, oprimidos por tantas injusticias y violencias. Son personas que han perdido la esperanza, que sienten que la vida se les ha vuelto pesada, que ya no encuentran fuerzas para seguir adelante. Y Jesús, con una ternura infinita, les dice: “Vengan a mí… y yo los aliviaré.” Jesús no promete eliminar los problemas, pero sí promete caminar con nosotros, sostenernos, darnos descanso, darnos paz.

Quienes confían en su palabra descubren que su camino conduce a la paz interior. Y esa paz interior es indispensable para alcanzar la paz en la familia, en la comunidad y en la sociedad. No podemos construir paz afuera si no la hemos cultivado adentro. No podemos hablar de reconciliación si no hemos permitido que Dios nos reconcilie con nosotros mismos. No podemos pedir que el mundo cambie si no estamos dispuestos a cambiar nosotros primero.

Hermanos, hoy Dios nos invita a ser artesanos de paz. No espectadores, no críticos, no simples soñadores, sino artesanos: personas que trabajan, que moldean, que construyen, que siembran. La paz no es un sentimiento pasajero; es una obra que se edifica día a día con paciencia, con humildad, con perdón, con justicia, con amor.

Pidamos al Señor que nos conceda esa paz interior que tanto necesitamos. Que sane nuestras heridas, que calme nuestras tormentas, que fortalezca nuestra fe. Que podamos escuchar su voz que nos dice: “No tengas miedo, yo estoy contigo.” Y que, desde esa certeza, podamos convertirnos en instrumentos de paz para quienes nos rodean.

Que el Dios de la paz habite en nuestros corazones y nos haga constructores de un mundo más justo, más fraterno y más humano.

Pbro. Carlos Felipe Lozano Lara


jueves, 25 de junio de 2026

SOLEMNIDAD DE SAN PEDRO Y SAN PABLO 2026

 


Queridos hermanos: hoy celebramos con gozo la solemnidad de San Pedro y San Pablo, a quienes la Iglesia reconoce como dos grandes columnas de nuestra fe. Pedro conoció personalmente al Señor Jesús; escuchó su llamado, fue elegido para ser cabeza visible de la Iglesia y recibió la misión de confirmar a sus hermanos en la fe. Pablo, por su parte, fue llamado en el camino a Damasco, cuando iba con la intención de apresar a quienes seguían la doctrina de Jesús. Allí, en la ceguera exterior y en el silencio profundo de su corazón, se dejó vencer por la gracia del Resucitado. Desde entonces comenzó para él una vida nueva, hasta poder afirmar: “Ya no soy yo quien vive, es Cristo quien vive en mí”. Todo lo entregó por anunciar el Evangelio.

Las dos primeras lecturas nos presentan momentos decisivos en la vida de Pedro y de Pablo. Es la hora en que ambos contemplan, de algún modo, el final de su camino. Podemos imaginar que, en ese momento, hicieron una profunda evaluación de su existencia: las experiencias luminosas, las pruebas difíciles, las persecuciones, los trabajos apostólicos y todo cuanto habían vivido por causa del Evangelio. Tal vez en su corazón surgieron preguntas semejantes a estas: ¿lo di todo? ¿No me reservé nada? ¿Por qué he llegado hasta aquí? ¿Hasta dónde fui capaz de ir para cumplir la encomienda recibida? ¿Hice verdaderamente lo que el Señor me pidió?

Las respuestas están contenidas en los mismos textos. Pedro, al experimentar la intervención del ángel, descubre que no está solo: el Señor permanece con él hasta el final. Aquella liberación no será el último episodio de prueba; vendrá después otro encarcelamiento, y finalmente la entrega definitiva de su vida. Sin embargo, ya no habrá temor, porque Pedro está seguro de Aquel a quien ha visto, amado y seguido.

Pablo, en la segunda carta a Timoteo, es consciente de que ha llegado el final de su carrera. Nada se ha reservado para sí; todo lo ha ofrecido por cumplir la misión recibida. Ha sufrido, sí, pero también ha sembrado con generosidad. La cosecha pertenece al Señor, y Él sabrá recogerla a su tiempo. Por eso Pablo anima a Timoteo a perseverar con la misma fidelidad. Está seguro de que el Señor le concederá la recompensa prometida. Pedro y Pablo son, así, dos apóstoles que pueden mirar su vida con serenidad, sabiendo que buscaron cumplir lo que el Señor les pidió y que estuvieron dispuestos a llegar hasta el final.

Hermanos, esta solemnidad no es solo memoria agradecida de dos grandes apóstoles; es también una llamada viva para cada uno de nosotros. El Señor sigue preguntándonos si estamos dispuestos a entregarle la vida sin reservas, a confesarlo con valentía como Pedro y a anunciarlo con ardor como Pablo. Que al final de nuestro camino podamos decir, con verdad y paz en el corazón: he combatido el buen combate, he conservado la fe y no me he apartado de la misión que el Señor me confió. Que San Pedro nos alcance firmeza en la fe; que San Pablo nos obtenga celo por el Evangelio; y que Cristo, Pastor eterno de la Iglesia, nos conceda permanecer fieles hasta el final. Amén.

Pbro. Carlos Felipe Lozano Lara

 

martes, 23 de junio de 2026

XIII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO 2026

La primera lectura de hoy nos abre una puerta para contemplar, con el corazón, una de las enseñanzas más hermosas que Jesús nos ofrece en el Evangelio. Allí aparece aquella mujer distinguida —de quien no conocemos el nombre—, pero cuyo gesto queda grabado como testimonio de un alma generosa. Ella supo mirar más allá de lo exterior y reconoció en el profeta Eliseo la presencia de Dios que pasaba por su casa. No lo recibió esperando una recompensa, ni calculó lo que podía obtener a cambio; simplemente abrió su hogar, su mesa y su corazón. Y cuando un corazón se abre así, sin egoísmo y sin medida, Dios no permanece indiferente. Eliseo, agradecido, anuncia para ella una bendición que parecía imposible: será madre. De este modo comprendemos con más fuerza las palabras de Jesús: “El que recibe a un profeta por ser profeta, recibirá recompensa de profeta; el que recibe a un justo por ser justo, recibirá recompensa de justo”. Dios mira con ternura esos gestos escondidos, esas obras silenciosas, ese amor que nadie aplaude pero que Él conoce profundamente.

Antes de esta enseñanza, el Señor habla a sus apóstoles con palabras que tocan lo más profundo del corazón. Les pide una entrega verdadera, una fidelidad que no se quede a medias, un amor capaz de ponerlo a Él por encima de todo. No se trata de despreciar los afectos ni de endurecer el alma, sino de reconocer que sólo cuando Cristo ocupa el primer lugar, todo lo demás encuentra su sentido. La misión que les confía será exigente; habrá cansancio, incomprensión, renuncias y momentos de prueba. Pero Jesús no llama para abandonar, sino para sostener; no exige por dureza, sino porque sabe que el amor auténtico puede llegar hasta el extremo. Por eso les pide no retroceder, no tener miedo, no permitir que nada apague la llama que Él mismo ha encendido en sus corazones.

También nosotros, al escuchar esta Palabra, podemos preguntarnos con sinceridad: ¿con qué corazón estamos viviendo, sirviendo y amando? El Señor nos invita a purificar nuestras intenciones, a dejar que nuestra generosidad nazca de un amor sencillo y verdadero. Cuántas veces un gesto pequeño, una palabra amable, una puerta abierta, una ayuda ofrecida en silencio, puede convertirse en signo de la presencia de Dios para alguien que lo necesita. Que no nos cansemos de amar sin esperar aplausos, de servir sin pedir recompensa, de permanecer fieles aun cuando el camino pese. Si Cristo está en el centro de nuestra vida, entonces cada entrega, cada renuncia y cada acto de amor se convierte en una ofrenda viva, humilde y preciosa ante los ojos de Dios.

Pbro. Carlos Felipe Lozano Lara

 



martes, 16 de junio de 2026

XII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO 2026

 


Hermanos, al contemplar la realidad del mundo y las muchas contradicciones que nos rodean, puede surgir en nuestro corazón una pregunta profunda: ¿vale la pena vivir con rectitud?, ¿vale la pena mantenerse fieles a los valores del Evangelio?, ¿vale la pena seguir confesando nuestra fe cuando ello trae consigo burlas, incomprensiones y críticas? Y esta prueba se hace todavía más dolorosa cuando no viene de personas lejanas, sino de quienes están cerca de nosotros. Algo semejante experimentó el profeta Jeremías. Él conoció el peso de la incomprensión, el dolor del rechazo y la soledad que acompaña a quien ha sido llamado por Dios. Su corazón llegó a estremecerse, y por momentos pensó en callar, en no seguir anunciando la palabra del Señor. Pero, en medio de su sufrimiento, no se apartó de Dios; al contrario, le abrió su alma, le confió su causa y permaneció sostenido por la certeza de que el Señor jamás abandona a quienes esperan en Él.

Por eso, el Evangelio de hoy resuena con tanta fuerza en nuestra vida. El Señor Jesús dice a sus discípulos, y también a cada uno de nosotros: no tengan miedo. Él no les oculta las dificultades; no les promete un camino fácil ni una vida sin pruebas. Al contrario, les advierte que habrá persecuciones, contradicciones y sufrimientos. Pero, precisamente en medio de todo eso, les pide permanecer firmes. Así sucedió con los apóstoles, como nos lo narra el libro de los Hechos: tuvieron que soportar rechazos, humillaciones, amenazas y muchas tribulaciones por anunciar el nombre de Cristo. Y entre ellos sobresale san Pablo, que hizo de su vida una ofrenda total al Evangelio y aceptó padecerlo todo con tal de permanecer fiel al Señor que lo había llamado.

Y no pensemos, hermanos, que esta palabra pertenece solamente al pasado. También hoy hay muchos hombres y mujeres que sufren por mantenerse fieles a Cristo. Sufren obispos, sacerdotes, diáconos, religiosos, consagrados y tantos fieles laicos que sirven con generosidad en la Iglesia. Sufren también quienes, en medio de su familia, encuentran oposición, incomprensión o indiferencia hacia su fe. Y sufren nuestros jóvenes y adolescentes, cuando descubren que vivir según el Evangelio no siempre es bien recibido por sus compañeros. También hoy seguir a Cristo implica, muchas veces, ir contracorriente. También hoy la fidelidad tiene su precio. Pero también hoy el Señor permanece al lado de los suyos.

Por eso, hermanos, la palabra del Señor hoy debe quedar grabada en nuestro corazón: no tengan miedo. No tengan miedo de creer, no tengan miedo de dar testimonio, no tengan miedo de vivir con coherencia su fe. Encomienden su causa al Señor, pongan en sus manos sus luchas, sus cansancios, sus heridas y sus esperanzas. Tal vez a veces pensemos que nuestro esfuerzo no da fruto, porque no vemos resultados inmediatos; sin embargo, el Señor no nos pide medir el éxito, sino perseverar en la fidelidad. Nuestra tarea es sembrar, amar, servir, anunciar, permanecer. Quizá no nos toque contemplar la cosecha, pero Dios hará fecundo lo que hoy sembramos con fe. Y entonces comprenderemos que nada de lo vivido por amor a Cristo fue inútil, porque toda fidelidad sostenida por Dios termina dando fruto en el tiempo de su gracia.

Pbro. Carlos Felipe Lozano Lara

viernes, 12 de junio de 2026

DOMINGO XI DEL TIEMPO ORDINARIO 2026

 

“En aquel tiempo, al ver Jesús a las multitudes, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y desamparadas como ovejas sin pastor…” Así nos lo recuerda el Evangelio de este domingo. Y al escuchar esta Palabra, pensamos también en nuestra propia realidad. Hoy vemos a muchos jóvenes, matrimonios, niños y adolescentes que caminan desorientados, necesitados de luz, de consuelo y de una guía firme para sus vidas.

En nuestro estado, las heridas sociales son profundas y dolorosas. Las cifras de suicidio resultan alarmantes. También crecen los divorcios y la violencia intrafamiliar. Todo esto manifiesta un sufrimiento que toca de cerca a muchas familias. Vivimos tiempos de cambios acelerados que, con frecuencia, nos dejan sin respuestas sólidas y sin el sosiego necesario para discernir. A ello se añade, en no pocas ocasiones, la dificultad para reconocer una autoridad moral, para acoger un consejo sabio o para dejarnos acompañar. Como han señalado nuestros obispos, atravesamos un cambio de época en el que se difuminan con facilidad la identidad de la persona humana y sus responsabilidades en la familia y en la sociedad. También la violencia se ha vuelto una presencia cotidiana. Y duele constatar que aquello que debería conmovernos profundamente corre el riesgo de ser visto con resignación o costumbre.

Si, nuestro pueblo se encuentra desorientado, como ovejas sin pastor y sin un rumbo claro, también es verdad que el Señor no abandona a su pueblo. Él sigue pronunciando una palabra de esperanza. En tiempos de Jesús, muchos vivían heridos por la enfermedad, el pecado, la opresión y la injusticia. Sin embargo, el Hijo de Dios salió a su encuentro para devolverles la esperanza y abrirles un camino nuevo. También hoy resuena en nuestro corazón aquella invitación llena de ternura que escuchábamos en la Solemnidad del Sagrado Corazón: “Vengan a mí todos los que están fatigados y agobiados por la carga, y yo les daré alivio...”. El Señor, en su providencia, sigue llamando a hombres dispuestos a continuar su obra de salvación, a sanar heridas, a reconstruir vidas y a dispensar su gracia. Son pocos, y hacen falta más obreros para la misión que Él mismo ha confiado a su Iglesia. Los nombres de los apóstoles que menciona el Evangelio nos recuerdan que el Señor llama a hombres sencillos, de corazón disponible, capaces de tomar en serio su voz y de dejarlo todo por seguirlo. Ese llamado permanece vivo en nuestro tiempo. La mies sigue siendo mucha y los trabajadores pocos. Por eso, con fe y perseverancia, hemos de pedir al Dueño de la mies que envíe operarios a su campo. Que nuestra oración por las vocaciones sea constante, confiada y generosa, para que nunca falten pastores según el corazón de Cristo.

Pbro. Carlos Felipe Lozano Lara  

 

SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS 2026

 


Hoy la Iglesia, con espíritu de adoración y gratitud, celebra la Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús. Después de haber contemplado a Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote; de haber profesado con gozo el misterio de la Santísima Trinidad; y de haber adorado su presencia real en la solemnidad del Corpus Christi, nuestra mirada vuelve una vez más al Señor Jesús, al misterio insondable de su amor y a los frutos de su entrega redentora. El obrar de Dios en la historia de la salvación y en la trama concreta de nuestra propia vida nos invita a detenernos, a contemplar y a reconocer con humildad la grandeza de la gracia que continuamente se nos concede.

A la luz de la Palabra de Dios que la liturgia nos propone en este día, podemos contemplar tres grandes verdades que iluminan profundamente nuestra vida cristiana y nuestro caminar de fe:

1.    En primer lugar, la primera lectura nos revela la elección amorosa y gratuita de Dios sobre su pueblo: “Él te ha elegido para que seas pueblo suyo entre todos los pueblos de la tierra… El Señor se ha comprometido contigo… te ha elegido no por ser tú el más numeroso…” Estas palabras nos recuerdan, con admirable claridad, que la iniciativa siempre pertenece a Dios. No hay mérito humano que pueda reclamar semejante predilección. Hemos sido elegidos por pura gracia, consagrados por su misericordia y apartados para pertenecerle, no como posesión vana, sino como pueblo santo llamado a reflejar su presencia en medio del mundo.

2.    En segundo lugar, la segunda lectura nos introduce en el abismo del amor divino: “El amor consiste no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó primero…” He aquí el corazón mismo de nuestra fe: Dios toma la iniciativa, Dios se adelanta, Dios nos ama primero. Y ese amor no ha quedado en palabras, sino que ha sido sellado en la entrega pascual de Cristo, en su cruz gloriosa, en su sangre derramada por la salvación del mundo. Por ello, en el misterio pascual resuena para nosotros la certeza de que todo puede ser renovado: la vida herida, la esperanza debilitada, el corazón cansado. En Cristo muerto y resucitado se nos concede siempre una posibilidad nueva, una gracia renovadora, un comienzo abierto a la misericordia.

3.    En tercer lugar, el Santo Evangelio nos presenta a Cristo como fuente de la verdadera paz y del auténtico descanso del alma: “Vengan a mí todos los que están fatigados y agobiados por la carga y yo les daré alivio…” En un mundo tantas veces marcado por la agitación, la incertidumbre y el desaliento, sólo en Él encontramos el reposo verdadero. No existe paz más firme, más honda y duradera que aquella que brota del Corazón de Cristo. Esa paz sostiene al creyente en la prueba, fortalece en la batalla espiritual, consuela en la aflicción y da firmeza ante las decepciones, los rechazos y las cruces de cada día. Él es, para nosotros, la paz que no pasa y la fortaleza que no se agota.

Esto es, precisamente, lo que la tradición cristiana ha contemplado con profunda veneración en la imagen del Sagrado Corazón: un corazón traspasado, coronado de espinas, herido por amor y, al mismo tiempo, encendido en misericordia por la humanidad. En ese Corazón divino y humano descubrimos el misterio de un Dios que conoce nuestras penas, acoge nuestras luchas y se inclina con ternura sobre nuestra fragilidad. Que esta solemnidad nos conceda la gracia de comprender, con fe viva y corazón dócil, que en Jesucristo somos elegidos, consagrados, amados, consolados y aliviados por Aquel que se nos manifiesta en la inmensidad de su amor. Y que, al contemplar su Corazón santísimo, aprendamos también nosotros a vivir con mayor fidelidad, mayor entrega y caridad.

Pbro. Carlos Felipe Lozano Lara

miércoles, 3 de junio de 2026

CORPUS CHRISTI 2026

 


Hermanos, hace unos días, en nuestra reunión de decanato, surgía una reflexión muy sencilla, pero muy profunda, sobre lo que significa una misa de precepto. Y vale la pena preguntarnos: ¿qué entendemos nosotros cuando escuchamos esa expresión? Muchas veces pensamos que se trata solamente de una obligación, de algo que hay que hacer porque así está mandado. Pero, si lo pensamos bien, es mucho más que eso. Venir a misa no es sólo cumplir. Venir a misa es venir al encuentro del Señor. Es venir al encuentro de Aquel que nos ama, que nos sostiene y que nunca nos abandona. Venimos porque nuestro corazón necesita de Dios. Venimos porque, en medio del cansancio de la vida, de las preocupaciones, de las luchas de cada día, pero también en medio de nuestras alegrías, necesitamos escuchar su Palabra, sentir su cercanía y alimentarnos de su presencia. Y la Palabra de Dios de este día nos lo recuerda con mucha fuerza: no olvides lo que el Señor ha hecho por ti. No olvides cuántas veces te ha acompañado en tu desierto. No olvides cuántas veces te sostuvo en los momentos difíciles. No olvides que, cuando pensabas que ya no podías más, Él estuvo ahí, te levantó y no te dejó solo. Y luego San Pablo nos dice algo verdaderamente hermoso: cuando comulgamos, no hacemos un gesto vacío, ni repetimos una costumbre sin sentido. No. Cuando comulgamos, entramos en una unión profunda con Jesús. Él viene a nuestro corazón, nos fortalece, nos consuela, nos da vida nueva y nos une también entre nosotros como hermanos. Por eso, hermanos, esa comunión no puede quedarse solamente dentro del templo. Tiene que notarse en la vida. Tiene que verse en nuestra familia, en nuestra paciencia, en nuestra manera de trabajar, en la honestidad, en el perdón, en la solidaridad, en la caridad con los demás. Porque si recibimos al Señor, nuestra vida tiene que hablar de Él. Y el Evangelio de hoy lo dice con palabras muy fuertes: “Si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán vida en ustedes”. Es una palabra fuerte, sí, pero también es una palabra llena de verdad. Nos recuerda que esto no es algo secundario. No es algo opcional para el alma. Es una necesidad profunda. Por eso esta celebración no es solamente un precepto. Es una gracia. Es un regalo. Es una necesidad para nuestra vida. Porque sin el Señor el corazón se cansa, la esperanza se debilita y el camino se vuelve más pesado. Pero con Él, hermanos, encontramos fuerza, consuelo, alegría y la certeza de que nunca caminamos solos.

Por eso, hermanos, al celebrar hoy esta solemnidad, no vengamos solamente a cumplir. Vengamos a abrir el corazón. Vengamos a recordar, con humildad y con gratitud, todo lo que el Señor ha hecho por nosotros. Recordemos cuántas veces nos ha levantado cuando hemos caído, cuántas veces nos ha consolado en la tristeza, cuántas veces nos ha dado fuerza cuando sentíamos que ya no podíamos más. Y si Él ha sido tan bueno con nosotros, entonces no podemos vivir lejos de Él. No podemos acostumbrarnos a su presencia como si fuera algo cualquiera. No podemos venir a la Eucaristía con el corazón distraído o indiferente. Hoy el Señor nos vuelve a decir que Él quiere ser nuestra vida, nuestra fuerza, nuestro alimento. Y por eso estamos aquí: para darle gracias de corazón, para dejarnos abrazar por su amor, para renovar nuestra esperanza y para decirle, una vez más, que lo necesitamos. Porque sin Él nos faltará siempre algo; sin Él el alma se vacía, la esperanza se apaga y el camino se hace más pesado. Pero con Él, hermanos, todo cambia. Con Él vuelve la paz. Con Él renace la esperanza. Con Él el corazón encuentra descanso. Que esta Eucaristía no pase de largo por nuestra vida. Que hoy, al recibir al Señor, lo recibamos de verdad. Y que, al salir de aquí, salgamos más fortalecidos, más agradecidos y decididos a vivir unidos a Él. Amén.

Pbro. Carlos Felipe Lozano Lara

 

 

 

 

 

martes, 2 de junio de 2026

DOMINGO X DEL TIEMPO ORDINARIO 2026

DOMINGO X DEL TIEMPO ORDINARIO  


«Esforcémonos por conocer al Señor; tan cierta como la aurora es su aparición, y su juicio surge como la luz». Son palabras recias y luminosas del profeta Oseas, que encuentran eco en la afirmación igualmente decisiva del Evangelio: «Misericordia quiero y no sacrificios». Ambas expresiones nos introducen en el corazón de la voluntad divina y nos invitan a recorrer, con sinceridad, el camino del verdadero encuentro con Dios. El Señor entra en la historia, sale al paso del hombre y espera de cada uno una respuesta auténtica. No se complace en gestos vacíos ni en prácticas exteriores desprovistas de verdad; desea un amor fiel, vivo y perseverante. El profeta denuncia con claridad la fragilidad del amor del pueblo, un amor que se disipa y se inclina hacia el provecho inmediato. Y entonces surge inevitablemente la pregunta: ¿puede llamarse amor a aquello que no permanece? Por su parte, el Evangelio nos conduce al centro de esta enseñanza al poner ante nuestros ojos la misericordia, es decir, ese corazón inclinado hacia la miseria y la necesidad del otro.

Este amor se expresa en compasión, cercanía y solicitud concreta; significa permanecer junto al que sufre, no para detenerse pasivamente ante su dolor, sino para tenderle la mano y ayudarlo a levantarse. Bien podría surgir la pregunta: ¿hasta cuándo hemos de acompañar? La experiencia humana y cristiana nos enseña que este cuidado busca conducir al necesitado a recobrar su dignidad y a sostenerse, en la medida de lo posible, por sí mismo. Sin embargo, también sabemos que existen heridas hondas y situaciones complejas que exigen una presencia paciente, generosa y prolongada. Los milagros de nuestro Señor Jesucristo manifiestan precisamente esta verdad: a Jesús le importa profundamente lo que acontece en la vida de las personas y, cuando interviene con poder, lo hace para rescatarlas, restaurarlas y abrirles un horizonte nuevo. Así se comprende también el llamado dirigido a Mateo. El Señor no lo invita únicamente a abandonar un oficio que lo degradaba; lo llama, ante todo, a una transformación radical de su existencia. Lo saca del lugar en que se encuentra, lo conduce a una vida nueva y lo introduce en el camino del discipulado. Mateo escucha, se levanta, sigue al Señor y, en ese seguimiento, su vida queda renovada hasta llegar a ser Apóstol. Tal es la fuerza de la misericordia: un amor constante, fiel y eficaz, capaz de sanar y de transformar enteramente la vida del hombre.

No basta, por tanto, con las buenas intenciones, con los buenos deseos o incluso con ciertas obras aisladas. Lo que el profeta Oseas pone de relieve es, ante todo, la acción de Dios, que fecunda y sostiene la actividad humana. El hombre, abandonado a sus solas fuerzas, termina por desvanecerse, empobrecerse y perder consistencia. En cambio, cuando se abre a la búsqueda sincera del Señor y acoge su amor, entra en el verdadero conocimiento de Dios; y ese conocimiento no permanece estéril, sino que se traduce necesariamente en amor al prójimo. Allí donde Dios es conocido y amado de verdad, brota una existencia nueva, una vida más plena, una caridad concreta y una misericordia que hace fecunda la presencia cristiana en el mundo.

Pbro. Carlos Felipe Lozano Lara.

sábado, 30 de mayo de 2026

SOLEMNIDAD DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD 2026

 


Retomamos el Tiempo Ordinario y, en la serena sucesión de sus días, la Iglesia nos concede contemplar algunas solemnidades y fiestas de singular grandeza: Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote; la Santísima Trinidad; Corpus Christi y el Sagrado Corazón de Jesús. Este tiempo, el más extenso del año litúrgico, es también, en cierto modo, el tiempo de la vida cristiana, porque es en la sencillez de cada jornada donde la fe se prueba, se purifica, madura y está llamada a dar fruto abundante.

La solemnidad de la Santísima Trinidad nos introduce en el corazón mismo del misterio de Dios y nos permite contemplar, con humilde asombro, el modo en que el Señor ha querido revelarse a lo largo de la historia de la salvación. Ya en el Antiguo Testamento, por medio de los profetas, se deja escuchar la voz entrañable de un Dios que ama con ternura a su pueblo, aun cuando este se extravía. Jeremías y Oseas, entre otros, nos permiten vislumbrar el latido del corazón divino ante la fragilidad de sus hijos. Allí resuenan palabras de misericordia, de compasión y de fidelidad; palabras de un Padre que no se cansa de esperar, de levantar y de conducir nuevamente a los suyos. «Cuando Israel era niño, yo lo amé… yo le enseñé a caminar». En esas expresiones se nos revela un Dios cercano, atento, providente, un Dios que no abandona la obra de sus manos. Y cuando llegó la plenitud de los tiempos, según enseña el Apóstol, el Padre envió a su Hijo, nacido de mujer, para rescatarnos y concedernos la gracia incomparable de la filiación divina. Eso es lo que hemos celebrado en la Pascua: el misterio santo de su entrega, de su cruz gloriosa y de su resurrección victoriosa.

A lo largo de la cincuentena pascual, la liturgia nos ha permitido escuchar el libro de los Hechos de los Apóstoles, y en él hemos contemplado con claridad la fuerza transformadora del Espíritu Santo. Lo hemos visto descender sobre los apóstoles, encender en ellos el fuego del testimonio, convertir la vida de Saulo hasta hacerlo Pablo, apóstol de las naciones, e impulsar a la Iglesia naciente por los caminos de la historia. No faltaron persecuciones, contradicciones ni pruebas; sin embargo, allí donde parecía levantarse el obstáculo, se manifestó con mayor fuerza la gracia de Dios. La Iglesia avanzó, perseveró y dio testimonio. Y así, por obra del Espíritu, el Evangelio rompió toda estrechez y alcanzó también a los gentiles, mostrando que el designio salvador del Padre está abierto a todos los pueblos.

Todo esto manifiesta con elocuencia la manera en que Dios obra en la historia; pero al mismo tiempo nos recuerda que su acción nunca se agota, porque Él permanece siempre mayor que nuestro entendimiento y más fecundo que toda esperanza humana. El Señor sigue actuando hoy en la vida de su Iglesia, nuevo pueblo de Dios, y también en la historia personal de cada creyente que, con docilidad, le abre el corazón. Por eso, en medio de los trabajos, de las incertidumbres y de las luces de nuestro tiempo, somos invitados a renovar la confianza en su presencia y a caminar con esperanza. La historia de la humanidad no avanza hacia el vacío, sino hacia su plenitud en Dios, que es principio, camino y consumación de todas las cosas.

Pbro. Carlos Felipe Lozano Lara 

DOMINGO XVI DEL TIEMPO ORDINARIO 2026

  Hermanos y hermanas: la Palabra del Señor nos invita hoy a contemplar, con fe y humildad, el misterio del Reino de los cielos. Jesús nos h...