Hoy la
Iglesia, con espíritu de adoración y gratitud, celebra la Solemnidad del
Sagrado Corazón de Jesús. Después de haber contemplado a Cristo, Sumo y Eterno
Sacerdote; de haber profesado con gozo el misterio de la Santísima Trinidad; y
de haber adorado su presencia real en la solemnidad del Corpus Christi, nuestra
mirada vuelve una vez más al Señor Jesús, al misterio insondable de su amor y a
los frutos de su entrega redentora. El obrar de Dios en la historia de la
salvación y en la trama concreta de nuestra propia vida nos invita a
detenernos, a contemplar y a reconocer con humildad la grandeza de la gracia
que continuamente se nos concede.
A la
luz de la Palabra de Dios que la liturgia nos propone en este día, podemos
contemplar tres grandes verdades que iluminan profundamente nuestra vida
cristiana y nuestro caminar de fe:
1. En
primer lugar, la primera lectura nos revela la elección amorosa y gratuita de
Dios sobre su pueblo: “Él te ha elegido para que seas pueblo suyo entre
todos los pueblos de la tierra… El Señor se ha comprometido contigo… te ha
elegido no por ser tú el más numeroso…” Estas palabras nos recuerdan, con
admirable claridad, que la iniciativa siempre pertenece a Dios. No hay mérito
humano que pueda reclamar semejante predilección. Hemos sido elegidos por pura
gracia, consagrados por su misericordia y apartados para pertenecerle, no como
posesión vana, sino como pueblo santo llamado a reflejar su presencia en medio
del mundo.
2. En
segundo lugar, la segunda lectura nos introduce en el abismo del amor divino: “El
amor consiste no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó
primero…” He aquí el corazón mismo de nuestra fe: Dios toma la iniciativa,
Dios se adelanta, Dios nos ama primero. Y ese amor no ha quedado en palabras,
sino que ha sido sellado en la entrega pascual de Cristo, en su cruz gloriosa,
en su sangre derramada por la salvación del mundo. Por ello, en el misterio
pascual resuena para nosotros la certeza de que todo puede ser renovado: la
vida herida, la esperanza debilitada, el corazón cansado. En Cristo muerto y
resucitado se nos concede siempre una posibilidad nueva, una gracia renovadora,
un comienzo abierto a la misericordia.
3. En
tercer lugar, el Santo Evangelio nos presenta a Cristo como fuente de la
verdadera paz y del auténtico descanso del alma: “Vengan a mí todos los que
están fatigados y agobiados por la carga y yo les daré alivio…” En un mundo
tantas veces marcado por la agitación, la incertidumbre y el desaliento, sólo
en Él encontramos el reposo verdadero. No existe paz más firme, más honda y
duradera que aquella que brota del Corazón de Cristo. Esa paz sostiene al
creyente en la prueba, fortalece en la batalla espiritual, consuela en la
aflicción y da firmeza ante las decepciones, los rechazos y las cruces de cada
día. Él es, para nosotros, la paz que no pasa y la fortaleza que no se agota.
Esto
es, precisamente, lo que la tradición cristiana ha contemplado con profunda
veneración en la imagen del Sagrado Corazón: un corazón traspasado, coronado de
espinas, herido por amor y, al mismo tiempo, encendido en misericordia por la
humanidad. En ese Corazón divino y humano descubrimos el misterio de un Dios
que conoce nuestras penas, acoge nuestras luchas y se inclina con ternura sobre
nuestra fragilidad. Que esta solemnidad nos conceda la gracia de comprender,
con fe viva y corazón dócil, que en Jesucristo somos elegidos, consagrados,
amados, consolados y aliviados por Aquel que se nos manifiesta en la inmensidad
de su amor. Y que, al contemplar su Corazón santísimo, aprendamos también
nosotros a vivir con mayor fidelidad, mayor entrega y caridad.
Pbro.
Carlos Felipe Lozano Lara








