Queridos
hermanos:
Hoy la Palabra de Dios nos hace una
pregunta muy sencilla, pero también muy seria: ¿qué estamos haciendo con lo que
Dios nos ha confiado? En el Evangelio, un propietario entrega su viña a unos
trabajadores para que la cuiden y la hagan producir. En la primera lectura, el
dueño prepara con cariño su viña y espera buenos frutos. Así actúa Dios con
nosotros: nos confía la vida, la familia, el trabajo, la fe y muchas
oportunidades. No somos dueños absolutos de todo eso; somos responsables de
cuidarlo y hacerlo fructificar.
La viña se parece mucho a nuestra
vida. Todos sabemos que nada bueno se consigue sin cuidado: una familia
necesita tiempo y diálogo; un empleo exige responsabilidad; una amistad se
cultiva con presencia y sinceridad; la fe crece con oración y obras buenas.
Quien siembra espera cosechar. Quien cuida con paciencia espera ver frutos. Así
también Dios espera que su amor, sembrado en nosotros, se convierta en algo
bueno para los demás.
Por eso, la cosecha no se refiere
solamente al final de la vida. Cada día recogemos algo de lo que sembramos. Si
en casa sembramos respeto, paciencia y perdón, habrá más unión. Si en el
trabajo actuamos con honestidad y servicio, ayudamos a construir una sociedad
mejor. Si sembramos indiferencia, egoísmo o violencia, también aparecerán sus
consecuencias. Dios bendice nuestro esfuerzo, pero espera que pongamos de
nuestra parte.
Las lecturas también hablan del dolor
de Dios cuando no encuentra esos frutos. En la primera lectura pregunta: «¿Qué
más podía hacer por mi viña que yo no lo hiciera? ¿Por qué, cuando esperaba que
diera uvas buenas, las dio agrias?». Y en el Evangelio se pregunta qué hará el
dueño con quienes traicionaron su confianza. No se trata de un Dios que busca
castigarnos a la primera, sino de un Padre que nos ha dado mucho y se
entristece cuando desperdiciamos sus dones o hacemos daño a los demás.
Pero la Palabra de hoy no quiere
dejarnos con miedo ni desánimo. Dios sigue creyendo en nosotros. Si nos muestra
lo que está mal, es porque todavía podemos cambiar. Él quiere que nuestra vida
dé frutos de justicia, bondad, reconciliación y servicio. Siempre nos ofrece
una nueva oportunidad para volver a empezar y trabajar mejor en la viña que nos
ha confiado.
Hermanos, llevemos esta pregunta al
corazón: ¿qué fruto espera Dios de mí esta semana? Tal vez me pide escuchar con
más paciencia a mi familia, reconciliarme con alguien, cumplir con honradez mi
trabajo, ayudar a una persona necesitada o dedicarle un momento a la oración.
Cada uno sabe cuál es la parte de la viña que debe cuidar. Pidamos al Señor que
no nos contentemos con buenas intenciones, sino que nuestra fe produzca frutos
concretos. Que al final de cada día podamos decirle: «Señor, cuidé lo que me
confiaste y procuré compartir tus dones con los demás». Amén.
Pbro. Carlos Felipe Lozano Lara.










