Hermanos y hermanas, hoy Jesús nos
habla con una imagen muy sencilla y muy conocida para quienes trabajan la
tierra: la semilla. Todos sabemos que una semilla necesita buena tierra, agua,
cuidado y tiempo para poder crecer. Si la tierra está dura, si tiene muchas
piedras o si está llena de maleza, la semilla no puede dar buen fruto. Así pasa
también con la Palabra de Dios en nuestro corazón.
En la parábola del sembrador, Jesús
nos enseña que Dios siembra su Palabra con generosidad. Él no se cansa de
hablarnos. Nos habla en la misa, en la Biblia, en la oración, en los consejos
buenos, en la familia y también en los acontecimientos de cada día. Pero la
pregunta es: ¿cómo está nuestra tierra?, ¿cómo está nuestro corazón para
recibir lo que Dios quiere sembrar en nosotros?
A veces nuestro corazón está duro,
como la tierra que no se ha trabajado. Escuchamos la Palabra, pero no la
dejamos entrar. Otras veces somos como la tierra con piedras: nos animamos un
rato, pero pronto se nos olvida. También puede pasar que nuestro corazón esté
lleno de preocupaciones, problemas, enojos o intereses, como un terreno lleno
de hierba mala que no deja crecer la semilla.
Pero Jesús también nos dice que hay
tierra buena. Esa tierra buena es la persona que escucha con fe, guarda la
Palabra en el corazón y trata de vivirla cada día. No se trata de saber muchas
cosas, sino de dejar que Dios vaya cambiando nuestra vida poco a poco: en la
casa, en el trabajo, en el trato con los vecinos, en la familia y en la
comunidad.
Hoy escuchamos muchas voces: lo que
dice la gente, lo que se comenta en el pueblo, lo que llega por el teléfono,
las noticias y tantas opiniones. Pero no todo nos ayuda. Por eso necesitamos
aprender a escuchar primero la voz de Dios. Su voz no confunde, no destruye y
no quita la paz. La voz de Dios nos invita al bien, al perdón, al trabajo
honrado, a la unidad y al amor entre nosotros.
También necesitamos aprender a
escucharnos unos a otros. En la familia, muchas dificultades nacen porque no
nos escuchamos con paciencia. En la comunidad, a veces hay divisiones porque
hablamos mucho y escuchamos poco. Si escuchamos a Dios, también aprenderemos a
escuchar al hermano, a comprenderlo, a perdonarlo y a caminar juntos.
Pidámosle al Señor que prepare
nuestro corazón como se prepara la tierra antes de sembrar. Que quite de
nosotros la dureza, las piedras y la maleza que no dejan crecer su Palabra. Que
nos haga tierra buena, para que nuestra vida dé frutos de fe, de esperanza, de
paz, de servicio y de amor. Porque cuando la Palabra de Dios cae en un corazón
sencillo y dispuesto, siempre da fruto.
Pbro. Carlos Felipe Lozano Lara










