Hermanos y hermanas: la Palabra del
Señor nos invita hoy a contemplar, con fe y humildad, el misterio del Reino de
los cielos. Jesús nos habla por medio de imágenes sencillas y profundas: una
semilla sembrada en el campo, un grano de mostaza pequeño a los ojos humanos y
una levadura escondida en la masa. Con ellas, el Señor nos revela que el Reino de
Dios no siempre comienza en lo grande, ni en lo visible, ni en lo que llama la
atención, sino en lo pequeño que se entrega a su gracia, en lo humilde que se
deja transformar y en lo escondido que, silenciosamente, va renovando la vida desde
dentro.
Esta enseñanza toca el corazón de nuestra
vida cristiana. Dios no desprecia los comienzos pequeños. Muchas veces deseamos
frutos inmediatos, respuestas rápidas y cambios visibles; sin embargo, el
Evangelio nos recuerda que el Reino crece con el ritmo de Dios. Crece en el
corazón que se convierte poco a poco. Crece en la familia que vuelve a orar.
Crece en la comunidad que aprende a perdonar. Crece en la persona que decide
hacer el bien, aun cuando nadie la vea. Allí, en lo sencillo y cotidiano,
Cristo comienza a reinar. Allí trabaja la gracia. Allí el Espíritu Santo hace
brotar frutos de conversión: amor verdadero, paz, paciencia, bondad, mansedumbre
y fidelidad.
Pero el mismo Evangelio nos advierte
que junto a la buena semilla puede crecer la cizaña; junto al bien, la tentación; junto a
la gracia, la resistencia del corazón. Por eso, esta Palabra nos llama a mirar
con sinceridad nuestra propia vida. ¿Qué estamos dejando crecer dentro de
nosotros? ¿La semilla del Reino o la cizaña del egoísmo? ¿La humildad de Cristo
o la dureza del pecado? La paciencia de Dios no es indiferencia; es
misericordia que espera y llama a la conversión. Por eso, el discípulo del
Señor no se desespera, pero tampoco se duerme. Permanece vigilante, ora con
confianza, discierne con humildad y vuelve a comenzar cuantas veces sea
necesario.
También hoy, ante un mundo herido por
la violencia, las adicciones, la trata de personas, las divisiones familiares,
el cansancio y la pérdida del sentido de la vida, el Señor no nos llama únicamente
a lamentarnos, sino a convertirnos. El cambio que deseamos para el mundo debe
comenzar en el corazón de cada uno. Si Cristo reina en mí, algo comienza a
cambiar a mi alrededor. Si Cristo reina en la familia, el hogar se convierte en
escuela de amor. Si Cristo reina en la comunidad, la Iglesia se vuelve signo
vivo de esperanza. Pidamos, pues, al Señor, que nos conceda ser tierra buena
para su semilla, levadura humilde en medio del mundo y testigos fieles del
Reino que ya crece entre nosotros. Amén.
Pbro. Carlos Felipe Lozano Lara










