Queridos hermanos y hermanas:
La Palabra de Dios que hemos escuchado hoy nos invita
a contemplar una verdad que muchas veces nos cuesta aceptar: Dios no piensa
como nosotros, ni actúa según nuestros criterios. Lo dice el profeta Isaías con
claridad: «Mis pensamientos no son sus pensamientos, ni sus caminos son mis
caminos». Y esta afirmación, lejos de ser una simple reflexión, es una
llamada a la humildad. Con demasiada frecuencia queremos que Dios actúe según
nuestros cálculos, nuestros juicios y nuestras expectativas, olvidando que su
sabiduría supera infinitamente la nuestra.
Por eso, el Señor nos dirige una exhortación urgente: «Que
el malvado abandone su camino y el criminal sus planes; que regrese al Señor, y
Él tendrá piedad». No se trata solamente de abandonar grandes pecados.
También debemos dejar atrás nuestros egoísmos, resentimientos, indiferencias,
orgullos y comodidades espirituales. La conversión no consiste únicamente en
cambiar algunas conductas; consiste en permitir que Dios transforme nuestro
corazón.
Y aquí surge una pregunta que cada uno debería hacerse
con sinceridad: ¿qué es aquello que aún no le he entregado a Dios? ¿Qué camino
equivocado sigo justificando? ¿Qué llamada del Señor continúo ignorando?
El Evangelio nos presenta la parábola de los
trabajadores de la viña. Algunos fueron llamados al amanecer, otros a media
jornada y otros casi al final del día. Lo sorprendente no es solamente el
salario que reciben, sino la generosidad del dueño. Mientras los hombres
calculan méritos, Dios derrama misericordia. Mientras nosotros comparamos, Dios
ama. Mientras nosotros establecemos categorías entre quienes merecen más y
quienes merecen menos, Dios sigue buscando a todos y ofreciendo la misma
salvación.
Esta parábola es una advertencia para quienes han
respondido al Señor desde hace mucho tiempo, pero también una gran esperanza
para quienes han permanecido alejados. Nadie llega tarde mientras tenga vida.
Nadie está excluido de la misericordia de Dios. Nadie ha pecado tanto que el
Señor no pueda salir a su encuentro.
Sin embargo, tampoco debemos utilizar la misericordia
divina como excusa para posponer nuestra conversión. Hay quienes piensan:
"más adelante cambiaré", "más adelante me acercaré a Dios",
"más adelante dejaré aquello que me aparta de Él". Pero el Evangelio
nos recuerda que el momento favorable es hoy. El Señor sigue pasando por la
plaza de nuestra vida y sigue preguntando: «¿Por qué están aquí sin
trabajar?». Y espera una respuesta.
Muchas veces me han pedido oraciones por la conversión
de algún hijo, de un esposo, de una esposa o de algún familiar. Y suelo
responder que pidan primero al Señor que salga a su encuentro. Porque toda
conversión auténtica comienza cuando Dios toca el corazón de una persona.
Nosotros podemos insistir, aconsejar y acompañar; pero sólo Dios puede
transformar desde dentro.
Hermanos, no endurezcamos el corazón. No nos
acostumbremos a escuchar la Palabra sin dejar que nos cuestione. No permitamos
que la rutina espiritual apague la voz de Dios. El Señor sigue llamando, sigue
buscando, sigue esperando. La gran tragedia no es haber llegado tarde a la
viña; la gran tragedia sería escuchar su llamada y permanecer inmóviles.
Pidamos al Espíritu Santo la gracia de reconocer las
visitas de Dios en nuestra vida. Que nos haga sensibles a sus inspiraciones,
atentos a sus signos y dóciles a su voluntad. Que podamos descubrir su
presencia en los acontecimientos ordinarios, en las personas que encontramos y
en los pequeños detalles de cada día.
Y que, siguiendo el ejemplo de la Santísima Virgen
María, no respondamos con excusas ni con resistencia, sino con una fe humilde y
decidida, diciendo desde lo profundo del corazón: «Hágase en mí según tu
palabra».
Amén.
Pbro. Carlos Felipe Lozano Lara.










