Hermanos y hermanas:
Parece difícil imaginar que
alguien rechace la invitación a un gran banquete. ¿Quién diría que no a una
fiesta preparada con generosidad? Sin embargo, eso es justamente lo que sucede
en el Evangelio. Jesús dirige esta parábola a los sumos sacerdotes y a los
ancianos del pueblo. Ellos habían sido llamados por Dios para guiar a su
pueblo, pero se alejaron de esa misión. En vez de acercar a las personas al
Señor, buscaron sus propios intereses y terminaron poniendo cargas sobre los
demás. Por eso, Jesús les hace una pregunta que también llega hasta nosotros:
¿qué estamos haciendo con la invitación de Dios?
En tiempos de Jesús, un banquete era
algo extraordinario. Solo una persona importante y con muchos recursos podía
organizarlo. Había comida abundante, música, alegría y convivencia; y, si se
trataba de una boda, la celebración podía durar varios días. Recibir la invitación
de un rey era un gran honor. Rechazarla no era solamente perderse una fiesta:
era despreciar al rey y todo lo que había preparado con tanta generosidad.
Hoy, el Señor también nos invita a su
banquete. Y no nos ofrece cualquier alimento: nos entrega a su propio Hijo.
Cada domingo, en la Eucaristía, Cristo muerto y resucitado se hace presente
entre nosotros. Él nos alimenta con su Cuerpo y con su Sangre, fortalece
nuestra fe y camina a nuestro lado. Venir a Misa no es simplemente cumplir una
obligación; es responder a una invitación de amor, encontrarnos con Aquel que
venció a la muerte y quiere darnos vida nueva.
Pero la invitación de Dios reclama
una respuesta; no admite indiferencia ni puede aplazarse indefinidamente. El
Señor nos llama hoy, en medio del trabajo, del cansancio y de las preocupaciones.
Cuántas veces respondemos: «No tengo tiempo», «estoy muy ocupado» o «será la
próxima semana». Y así, casi sin advertirlo, las excusas terminan ocupando el
lugar que solo a Dios le corresponde. Preguntémonos con verdad: ¿qué lugar ocupa
el Señor en mi vida?, ¿qué me impide acercarme a Él? No endurezcamos el corazón
ni despreciemos la gracia que hoy se nos ofrece. Volvamos a Cristo,
acerquémonos con fe a la Eucaristía y permitamos que su amor sane nuestras
heridas, levante nuestra esperanza y transforme nuestra vida. El banquete está
preparado, la mesa está servida y hay un lugar reservado para cada uno de
nosotros. Cristo nos espera. No hagamos oídos sordos a su llamada. Respondámosle
con una fe firme y un corazón decidido: «Señor, aquí estoy; acepto tu
invitación y quiero caminar contigo».
Pbro. Carlos Felipe Lozano Lara










