miércoles, 28 de octubre de 2026

SOLEMNIDAD DE TODOS LOS SANTOS 2026

 


Amados hermanos y hermanas en Cristo:

Hoy celebramos la solemnidad de Todos los Santos. Al escuchar la primera lectura, elevamos nuestra mirada hacia Dios, fuente de toda santidad, y contemplamos a quienes permanecieron fieles a Cristo. Algunos sellaron su testimonio con la sangre del martirio; otros consagraron su existencia a vivir y anunciar el Evangelio en las circunstancias de cada día. También en nuestro tiempo hay cristianos que padecen persecución por su fe. Su testimonio interpela nuestra conciencia y nos invita a preguntarnos: ¿con qué fidelidad estamos viviendo nuestra fe?

El Evangelio nos revela el camino de las bienaventuranzas. Jesús proclama dichosos a quienes lloran, a los misericordiosos, a quienes trabajan por la paz y a quienes sufren persecución por causa de la justicia. No presenta el dolor como un bien en sí mismo, sino que nos asegura que, aun en medio de la tribulación, no estamos abandonados. La vida cristiana no se reduce, por tanto, a afirmar que creemos en Jesús: nos llama a seguir sus pasos, a amar, a obrar el bien y a permanecer fieles, incluso cuando esa fidelidad exige sacrificio. Para algunos, este seguimiento culmina en la entrega de la propia vida; para todos, comienza en las decisiones de cada día.

Tal vez alguno de nosotros considere que la santidad está lejos de su alcance. Sin embargo, el llamado del Señor se dirige a todos. Dios nos ha concedido el don de la vida y, por el bautismo, nos invita a permanecer unidos a él y a crecer en el amor. La santidad no es un privilegio reservado a unos cuantos, sino una vocación que cada uno puede acoger en su propia condición: en el matrimonio, en la familia, en el trabajo, en el sacerdocio o en la vida consagrada.

Al contemplar el santoral, encontramos madres y padres de familia, profesionistas, policías, niños y niñas, religiosos y religiosas, sacerdotes, obispos y papas. Ninguna raza ni color de piel queda excluido de este llamado: todos podemos responder a Dios. Y para emprender este camino no es necesario realizar obras extraordinarias. La santidad se hace presente cuando escuchamos con paciencia a un familiar, cuidamos a quien está enfermo, trabajamos con honradez o tenemos la humildad de pedir perdón. De estos pequeños detalles hemos hablado en los últimos domingos. Son gestos sencillos que manifiestan el amor de Dios y dan sentido y hondura a nuestra vida.

Los santos dan testimonio de que el Evangelio puede vivirse con verdad. No los contemplemos como figuras distantes cuyo ejemplo nos resulta inalcanzable. Permitamos que su vida fortalezca nuestra esperanza y nos impulse a avanzar en el seguimiento de Cristo. No aguardemos una ocasión extraordinaria: hoy mismo estamos llamados a crecer en el amor, a servir con alegría y a hacer el bien a quienes el Señor pone a nuestro lado.

Dirijamos también nuestra mirada a la Santísima Virgen María, nuestra madre. Ella pronunció su sí a Dios y permaneció fiel a esa entrega durante toda su vida, también en la hora del dolor. Su ejemplo nos invita a perseverar junto al Señor cuando sobrevienen las dificultades. Acudamos a su intercesión para que nos acompañe, fortalezca nuestra confianza y nos enseñe a renovar cada día nuestra entrega a Dios.

Hermanos y hermanas, al concluir esta celebración y regresar a nuestros hogares, asumamos un propósito concreto: manifestar hoy el amor de Dios con nuestras obras. Preguntémonos ante el Señor: ¿a quién puedo animar con una palabra de esperanza?, ¿con quién puedo compartir lo que tengo?, ¿qué puedo hacer para que haya paz en mi familia? Que este compromiso alcance también a nuestra sociedad: rechacemos la corrupción, aunque nos ofrezca ventajas; tratemos con justicia a quienes trabajan con nosotros; participemos en iniciativas que lleven alimento y apoyo a las familias necesitadas; y no permanezcamos indiferentes ante la discriminación o la violencia. Con estas obras contribuimos a una sociedad donde se respete la dignidad de cada persona, se fortalezca la confianza y nadie quede abandonado. No posterguemos nuestra respuesta a su llamado. Que el Señor nos conceda la gracia de vivir nuestra fe con alegría y fidelidad, y de perseverar, día tras día, en el camino de la santidad. Amén.

Que el Señor sea su fuerza y su Paz

Pbro. Carlos Felipe Lozano Lara

 

 

martes, 20 de octubre de 2026

DOMINGO XXX DEL TIEMPO ORDINARIO 2026

 


Queridos hermanos y hermanas:

Al acercarnos al final del año litúrgico, la Palabra de Dios nos invita a hacer una pausa y mirar con sinceridad nuestro corazón. En estas semanas, el Señor nos ha llamado a permanecer atentos, a darle el lugar que le corresponde, a ofrecer buenos frutos y a responder con alegría a su invitación. Hoy vuelve a recordarnos algo muy sencillo y muy importante: la fe que celebramos en el templo debe acompañarnos también en la casa, en el trabajo y en cada encuentro de nuestra vida diaria.

En el Evangelio de hoy, un doctor de la Ley se acerca a Jesús y le pregunta: «¿Cuál es el mandamiento más grande de la Ley?». Aunque busca ponerlo a prueba, Jesús le responde con serenidad y nos conduce al corazón de la vida cristiana: amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma y con toda la mente. Y enseguida añade un segundo mandamiento que no puede separarse del primero: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo».

Jesús nos enseña así que el amor a Dios y el amor al prójimo caminan siempre juntos. Nuestro amor a Dios se hace visible en la paciencia con la familia, en la atención al enfermo, en la escucha de quien está solo, en el perdón que ofrecemos y en la ayuda que prestamos sin esperar recompensa. Y, al mismo tiempo, ese amor se fortalece cuando oramos, escuchamos su Palabra y participamos en la Eucaristía. Allí el Señor renueva nuestras fuerzas para amar, incluso cuando hacerlo nos cuesta.

Por eso, hermanos, dejemos que esta Palabra nos hable personalmente. Podemos preguntarnos: ¿qué lugar ocupa Dios en mis decisiones? ¿Cómo trato a las personas con quienes comparto cada día? ¿Hay alguien que necesita de mi tiempo, de una llamada, de una palabra de consuelo o de mi perdón? No pensemos solamente en grandes obras. A veces, el amor comienza con un gesto pequeño: escuchar sin prisa, ayudar en casa, visitar a alguien, pedir perdón o acercarnos a quien se siente olvidado.

Jesús no se limitó a enseñarnos estos mandamientos; los vivió hasta el extremo. Amó al Padre con total fidelidad y recibió con misericordia a cada persona, especialmente a los pobres, a los enfermos, a los pecadores y a quienes los demás rechazaban. A nadie cerró la puerta. También nosotros, con nuestras limitaciones, estamos llamados a seguir sus pasos y a comenzar por las personas que el Señor ha puesto hoy a nuestro lado.

Pidamos al Señor que nos regale un corazón sencillo y disponible: un corazón que sepa buscarlo en la oración y reconocerlo en cada hermano. Que su Palabra no pase de largo, sino que transforme nuestra manera de hablar, de mirar y de actuar. Y que, al terminar este año litúrgico, podamos presentarle no solo buenos deseos, sino pequeños frutos de amor sembrados cada día en nuestra familia y en nuestra comunidad.

Que María, nuestra Madre, nos acompañe y nos enseñe a decirle sí a Dios y a servir con alegría a nuestros hermanos. Que así sea.

Pbro. Carlos Felipe Lozano Lara

sábado, 17 de octubre de 2026

DOMINGO XXIX DEL TIEMPO ORDINARIO 2026

 


Queridos hermanos y hermanas:

El Evangelio de hoy pone ante nosotros una pregunta que no podemos eludir: ¿qué es de Dios y qué es del César? Con frecuencia hemos entendido estas palabras como si Jesús dividiera la vida en dos mundos: por un lado, lo espiritual y religioso; por otro, lo político y social. Así, la fe quedaría encerrada en el templo, sin tocar nuestras decisiones, nuestras relaciones ni nuestro compromiso con los demás. Pero Jesús no nos permite vivir una fe dividida. Sus adversarios le preguntan no para conocer la verdad, sino para tenderle una trampa y encontrar un motivo para acusarlo. Sin embargo, Él transforma aquella trampa en una llamada que también hoy alcanza nuestra conciencia.

“Den al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”. Pero preguntémonos seriamente: ¿qué no le pertenece a Dios? La primera lectura proclama: “Yo soy el Señor y no hay otro; fuera de mí no hay Dios, te hago poderoso aunque tú no me conoces”. Todo viene de Él, todo existe por Él y todo está llamado a volver a Él. Nuestra inteligencia, nuestras capacidades, nuestro trabajo, nuestra familia, nuestros bienes, nuestro tiempo y aun nuestra propia vida son dones recibidos de sus manos. El salmo 139 lo expresa con profunda belleza: “¿Adónde iré lejos de tu espíritu? ¿Adónde huiré de tu presencia?”. No existe un rincón de nuestra existencia donde Dios no esté presente. Por eso, no podemos entregarle solamente una hora el domingo y reservarnos para nosotros el resto de la semana.

El papa Francisco nos recuerda que pertenecer a Dios no significa huir de las realidades humanas, sino comprometernos con ellas e iluminarlas con la luz del Evangelio. El cristiano no puede desentenderse del sufrimiento de su pueblo, guardar silencio ante la injusticia ni aceptar como normal la corrupción, la mentira o la indiferencia. Nuestra fe debe hacerse visible en la honradez con que trabajamos, en la justicia con que tratamos a los demás, en el cuidado de los más débiles, en la defensa de la dignidad humana y en la búsqueda sincera del bien común. Una fe que no transforma nuestra conducta corre el riesgo de convertirse en palabras vacías.

Hermanos y hermanas, hoy el Señor nos pide que dejemos de vivir una fe cómoda, reducida a costumbres o devociones que no cambian el corazón. Es tiempo de devolverle a Dios lo que le pertenece: nuestra vida entera. Démosle nuestros pensamientos para que sean limpios; nuestras palabras para que construyan y no destruyan; nuestras manos para que sirvan; nuestros bienes para que sean compartidos; y nuestras decisiones para que estén guiadas por la verdad y la justicia. No tengamos miedo de llevar el Evangelio a la familia, al trabajo, a la escuela, a la sociedad y a la vida pública. Allí donde haya mentira, sembremos verdad; donde haya división, construyamos fraternidad; donde haya indiferencia, hagamos presente la misericordia.

Que al salir de esta celebración nadie pueda decir que nuestra fe se quedó dentro del templo. Que nuestras obras proclamen que pertenecemos a Dios. Preguntémonos con valentía: ¿qué parte de mi vida todavía no le he entregado al Señor? Hoy es el momento de ponerla en sus manos y comenzar de nuevo. Demos al César lo que le corresponde; pero a Dios, hermanos, démosle todo el corazón, toda la vida y todo nuestro compromiso. Amén.

Pbro. Carlos Felipe Lozano

 

 

jueves, 8 de octubre de 2026

DOMINGO XXVIII DEL TIEMPO ORDINARIO 2026


 

Hermanos y hermanas:

 Parece difícil imaginar que alguien rechace la invitación a un gran banquete. ¿Quién diría que no a una fiesta preparada con generosidad? Sin embargo, eso es justamente lo que sucede en el Evangelio. Jesús dirige esta parábola a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo. Ellos habían sido llamados por Dios para guiar a su pueblo, pero se alejaron de esa misión. En vez de acercar a las personas al Señor, buscaron sus propios intereses y terminaron poniendo cargas sobre los demás. Por eso, Jesús les hace una pregunta que también llega hasta nosotros: ¿qué estamos haciendo con la invitación de Dios?

En tiempos de Jesús, un banquete era algo extraordinario. Solo una persona importante y con muchos recursos podía organizarlo. Había comida abundante, música, alegría y convivencia; y, si se trataba de una boda, la celebración podía durar varios días. Recibir la invitación de un rey era un gran honor. Rechazarla no era solamente perderse una fiesta: era despreciar al rey y todo lo que había preparado con tanta generosidad.

Hoy, el Señor también nos invita a su banquete. Y no nos ofrece cualquier alimento: nos entrega a su propio Hijo. Cada domingo, en la Eucaristía, Cristo muerto y resucitado se hace presente entre nosotros. Él nos alimenta con su Cuerpo y con su Sangre, fortalece nuestra fe y camina a nuestro lado. Venir a Misa no es simplemente cumplir una obligación; es responder a una invitación de amor, encontrarnos con Aquel que venció a la muerte y quiere darnos vida nueva.

Pero la invitación de Dios reclama una respuesta; no admite indiferencia ni puede aplazarse indefinidamente. El Señor nos llama hoy, en medio del trabajo, del cansancio y de las preocupaciones. Cuántas veces respondemos: «No tengo tiempo», «estoy muy ocupado» o «será la próxima semana». Y así, casi sin advertirlo, las excusas terminan ocupando el lugar que solo a Dios le corresponde. Preguntémonos con verdad: ¿qué lugar ocupa el Señor en mi vida?, ¿qué me impide acercarme a Él? No endurezcamos el corazón ni despreciemos la gracia que hoy se nos ofrece. Volvamos a Cristo, acerquémonos con fe a la Eucaristía y permitamos que su amor sane nuestras heridas, levante nuestra esperanza y transforme nuestra vida. El banquete está preparado, la mesa está servida y hay un lugar reservado para cada uno de nosotros. Cristo nos espera. No hagamos oídos sordos a su llamada. Respondámosle con una fe firme y un corazón decidido: «Señor, aquí estoy; acepto tu invitación y quiero caminar contigo».

Pbro. Carlos Felipe Lozano Lara

 

sábado, 3 de octubre de 2026

DOMINGO XXVII DEL TIEMPO ORDINARIO 2026

 


Queridos hermanos:

Hoy la Palabra de Dios nos hace una pregunta muy sencilla, pero también muy seria: ¿qué estamos haciendo con lo que Dios nos ha confiado? En el Evangelio, un propietario entrega su viña a unos trabajadores para que la cuiden y la hagan producir. En la primera lectura, el dueño prepara con cariño su viña y espera buenos frutos. Así actúa Dios con nosotros: nos confía la vida, la familia, el trabajo, la fe y muchas oportunidades. No somos dueños absolutos de todo eso; somos responsables de cuidarlo y hacerlo fructificar.

La viña se parece mucho a nuestra vida. Todos sabemos que nada bueno se consigue sin cuidado: una familia necesita tiempo y diálogo; un empleo exige responsabilidad; una amistad se cultiva con presencia y sinceridad; la fe crece con oración y obras buenas. Quien siembra espera cosechar. Quien cuida con paciencia espera ver frutos. Así también Dios espera que su amor, sembrado en nosotros, se convierta en algo bueno para los demás.

Por eso, la cosecha no se refiere solamente al final de la vida. Cada día recogemos algo de lo que sembramos. Si en casa sembramos respeto, paciencia y perdón, habrá más unión. Si en el trabajo actuamos con honestidad y servicio, ayudamos a construir una sociedad mejor. Si sembramos indiferencia, egoísmo o violencia, también aparecerán sus consecuencias. Dios bendice nuestro esfuerzo, pero espera que pongamos de nuestra parte.

Las lecturas también hablan del dolor de Dios cuando no encuentra esos frutos. En la primera lectura pregunta: «¿Qué más podía hacer por mi viña que yo no lo hiciera? ¿Por qué, cuando esperaba que diera uvas buenas, las dio agrias?». Y en el Evangelio se pregunta qué hará el dueño con quienes traicionaron su confianza. No se trata de un Dios que busca castigarnos a la primera, sino de un Padre que nos ha dado mucho y se entristece cuando desperdiciamos sus dones o hacemos daño a los demás.

Pero la Palabra de hoy no quiere dejarnos con miedo ni desánimo. Dios sigue creyendo en nosotros. Si nos muestra lo que está mal, es porque todavía podemos cambiar. Él quiere que nuestra vida dé frutos de justicia, bondad, reconciliación y servicio. Siempre nos ofrece una nueva oportunidad para volver a empezar y trabajar mejor en la viña que nos ha confiado.

Hermanos, llevemos esta pregunta al corazón: ¿qué fruto espera Dios de mí esta semana? Tal vez me pide escuchar con más paciencia a mi familia, reconciliarme con alguien, cumplir con honradez mi trabajo, ayudar a una persona necesitada o dedicarle un momento a la oración. Cada uno sabe cuál es la parte de la viña que debe cuidar. Pidamos al Señor que no nos contentemos con buenas intenciones, sino que nuestra fe produzca frutos concretos. Que al final de cada día podamos decirle: «Señor, cuidé lo que me confiaste y procuré compartir tus dones con los demás». Amén.

Pbro. Carlos Felipe Lozano Lara.

 

miércoles, 23 de septiembre de 2026

DOMINGO XXVI DEL TIEMPO ORDINARIO 2026

 


 


Queridos hermanos y hermanas:

La Palabra de Dios nos coloca hoy ante una realidad decisiva para la vida cristiana: la obediencia. No una obediencia ciega, nacida del temor, sino una respuesta libre, consciente y confiada al Dios que nos llama por nuestro nombre y nos conduce por caminos de vida. Obedecer al Señor significa escuchar su voz con el corazón dispuesto y dejar que esa voz ilumine nuestras decisiones. Por eso, la primera lectura nos advierte con claridad: “Si el justo se aparta de su justicia, comete la maldad y muere; muere por la maldad que cometió”. La Escritura no busca sembrar miedo, sino despertar la conciencia. Nos recuerda que cada elección va trazando un camino y que nadie puede seguir verdaderamente a Cristo sin disciplina interior, sacrificio y perseverancia. La vida de fe exige una ascesis cotidiana: aprender a combatir la tentación, llamar al pecado por su nombre y no disfrazar de bien aquello que, en el fondo, nos aleja de Dios. Conviene preguntarnos: ¿estamos tomando en serio nuestra respuesta al Señor?, ¿o vivimos como si nuestras decisiones no tuvieran consecuencias, como si nadie viera lo que hacemos o como si nunca hubiéramos de rendir cuentas?

La segunda lectura nos muestra el rostro más alto y luminoso de la obediencia: Jesucristo. Él no se aferró a las prerrogativas de su condición divina, sino que se despojó de sí mismo, asumió la condición de siervo y se hizo semejante a nosotros. Su obediencia no fue debilidad ni resignación; fue la expresión más plena de su amor al Padre y de su entrega por la humanidad. Jesús no eligió el camino fácil ni buscó un triunfo sin cruz. Descendió hasta lo más hondo de nuestra condición y aceptó las consecuencias de su misión: la muerte, y una muerte de cruz. Allí comprendemos que obedecer a Dios no empequeñece al ser humano; por el contrario, lo conduce a la verdad de sí mismo y lo hace capaz de amar hasta el extremo.

El Evangelio ilumina esta llamada mediante la parábola de los dos hijos (Mt 21, 28-32). Uno responde al padre con palabras correctas, pero no va a trabajar a la viña; el otro se niega al principio, pero después recapacita y cumple su voluntad. Jesús nos enseña así que la verdadera obediencia no se mide por promesas, apariencias o discursos piadosos, sino por una conversión que se hace concreta en las obras. También nos revela que ningún “no” tiene que ser definitivo: quien reconoce su error y cambia de camino puede adelantarse en el Reino a quien se considera justo, pero permanece cerrado a la voz de Dios. La fe auténtica consiste, por tanto, en permitir que el arrepentimiento transforme nuestras decisiones y en pasar del “Señor, Señor” de los labios al servicio generoso en la viña de cada día.

Esta Palabra toca también una realidad muy cercana: la formación de nuestros jóvenes. Educar no consiste únicamente en protegerlos del sufrimiento, sino en prepararlos para vivir con libertad, madurez y responsabilidad. A veces, movidos por un amor sincero, pero poco iluminado, algunos padres evitan que sus hijos afronten las consecuencias de lo que hicieron o dejaron de hacer. Resuelven sus dificultades escolares, cumplen por ellos las obligaciones familiares o encubren sus faltas para ahorrarles una vergüenza. Sin embargo, cuando impedimos que una persona responda por sus actos, también podemos impedirle crecer. El amor verdadero acompaña, corrige, sostiene y perdona, pero no sustituye al otro en aquello que le corresponde asumir.

Muchos de los problemas que contemplamos en nuestras familias, en la sociedad e incluso en la Iglesia nacen, al menos en parte, de una libertad separada de la responsabilidad. Queremos elegir, pero no siempre aceptar las consecuencias; deseamos ser escuchados, pero no siempre estamos dispuestos a escuchar; pedimos comprensión, pero con frecuencia nos cuesta reconocer nuestros errores. La Palabra de hoy nos invita a unir nuevamente libertad y verdad, decisión y responsabilidad, fe y vida.

Pidamos, pues, al Señor la gracia de una conciencia recta y humilde: una conciencia capaz de discernir el bien, de asumir con serenidad las propias decisiones y de regresar a la casa del Padre cuando se haya apartado del camino. Que nuestras familias sean escuelas de responsabilidad y de misericordia, donde se eduque no solo con palabras, sino con el testimonio de una vida coherente. Y que, contemplando a Cristo obediente hasta la cruz, aprendamos también nosotros a decir cada día, con confianza y generosidad: “Señor, aquí estoy; enséñame a hacer tu voluntad”.

Pbro Carlos Felipe Lozano Lara

 

jueves, 17 de septiembre de 2026

DOMINGO XXV DEL TIEMPO ORDINARIO 2026


 

 

Queridos hermanos y hermanas:

La Palabra de Dios que hemos escuchado hoy nos invita a contemplar una verdad que muchas veces nos cuesta aceptar: Dios no piensa como nosotros, ni actúa según nuestros criterios. Lo dice el profeta Isaías con claridad: «Mis pensamientos no son sus pensamientos, ni sus caminos son mis caminos». Y esta afirmación, lejos de ser una simple reflexión, es una llamada a la humildad. Con demasiada frecuencia queremos que Dios actúe según nuestros cálculos, nuestros juicios y nuestras expectativas, olvidando que su sabiduría supera infinitamente la nuestra.

Por eso, el Señor nos dirige una exhortación urgente: «Que el malvado abandone su camino y el criminal sus planes; que regrese al Señor, y Él tendrá piedad». No se trata solamente de abandonar grandes pecados. También debemos dejar atrás nuestros egoísmos, resentimientos, indiferencias, orgullos y comodidades espirituales. La conversión no consiste únicamente en cambiar algunas conductas; consiste en permitir que Dios transforme nuestro corazón.

Y aquí surge una pregunta que cada uno debería hacerse con sinceridad: ¿qué es aquello que aún no le he entregado a Dios? ¿Qué camino equivocado sigo justificando? ¿Qué llamada del Señor continúo ignorando?

El Evangelio nos presenta la parábola de los trabajadores de la viña. Algunos fueron llamados al amanecer, otros a media jornada y otros casi al final del día. Lo sorprendente no es solamente el salario que reciben, sino la generosidad del dueño. Mientras los hombres calculan méritos, Dios derrama misericordia. Mientras nosotros comparamos, Dios ama. Mientras nosotros establecemos categorías entre quienes merecen más y quienes merecen menos, Dios sigue buscando a todos y ofreciendo la misma salvación.

Esta parábola es una advertencia para quienes han respondido al Señor desde hace mucho tiempo, pero también una gran esperanza para quienes han permanecido alejados. Nadie llega tarde mientras tenga vida. Nadie está excluido de la misericordia de Dios. Nadie ha pecado tanto que el Señor no pueda salir a su encuentro.

Sin embargo, tampoco debemos utilizar la misericordia divina como excusa para posponer nuestra conversión. Hay quienes piensan: "más adelante cambiaré", "más adelante me acercaré a Dios", "más adelante dejaré aquello que me aparta de Él". Pero el Evangelio nos recuerda que el momento favorable es hoy. El Señor sigue pasando por la plaza de nuestra vida y sigue preguntando: «¿Por qué están aquí sin trabajar?». Y espera una respuesta.

Muchas veces me han pedido oraciones por la conversión de algún hijo, de un esposo, de una esposa o de algún familiar. Y suelo responder que pidan primero al Señor que salga a su encuentro. Porque toda conversión auténtica comienza cuando Dios toca el corazón de una persona. Nosotros podemos insistir, aconsejar y acompañar; pero sólo Dios puede transformar desde dentro.

Hermanos, no endurezcamos el corazón. No nos acostumbremos a escuchar la Palabra sin dejar que nos cuestione. No permitamos que la rutina espiritual apague la voz de Dios. El Señor sigue llamando, sigue buscando, sigue esperando. La gran tragedia no es haber llegado tarde a la viña; la gran tragedia sería escuchar su llamada y permanecer inmóviles.

Pidamos al Espíritu Santo la gracia de reconocer las visitas de Dios en nuestra vida. Que nos haga sensibles a sus inspiraciones, atentos a sus signos y dóciles a su voluntad. Que podamos descubrir su presencia en los acontecimientos ordinarios, en las personas que encontramos y en los pequeños detalles de cada día.

Y que, siguiendo el ejemplo de la Santísima Virgen María, no respondamos con excusas ni con resistencia, sino con una fe humilde y decidida, diciendo desde lo profundo del corazón: «Hágase en mí según tu palabra».

Amén.

Pbro. Carlos Felipe Lozano Lara.

 

viernes, 11 de septiembre de 2026

DOMINGO XXIV DEL TIEMPO ORDINARIO 2026

 


 

Queridos hermanos y hermanas:

Con frecuencia algunas personas me comparten, e incluso lo presentan en la confesión, que han experimentado enojo hacia alguien o que se sienten abrumadas y desesperadas ante determinadas circunstancias de la vida. Conviene recordar que los sentimientos, en sí mismos, no poseen una calificación moral. Son reacciones espontáneas del corazón humano frente a lo que vivimos. Sentir tristeza, enojo o desaliento no nos convierte automáticamente en personas buenas o malas, ni constituye por sí mismo un pecado.

Lo que verdaderamente manifiesta la calidad de nuestro corazón son las decisiones que tomamos y las acciones que realizamos. No somos juzgados por aquello que simplemente sentimos, sino por la manera en que respondemos a esos sentimientos. Precisamente esto es lo que nos enseñan las lecturas que hoy hemos escuchado. En la parábola del Evangelio, el siervo no es condenado por lo que pudiera haber sentido respecto a su compañero, sino por su falta de misericordia, por la dureza de sus actos y por haber sido incapaz de ofrecer el mismo perdón que él mismo había recibido.

El perdón de Dios es un don inmenso e inmerecido. Brota de su corazón misericordioso y es expresión de un amor que no se cansa de esperar, de comprender y de levantar al pecador. Sin embargo, ese don no está destinado a quedarse encerrado en nosotros. Quien ha sido perdonado está llamado a convertirse también en instrumento de perdón para los demás. La misericordia recibida debe transformarse en misericordia compartida.

Por eso el Señor nos invita a romper la lógica del resentimiento y a abrazar la lógica del amor. El rencor encadena el alma, consume la paz interior y, poco a poco, roba la alegría de vivir. El perdón, en cambio, engrandece a la persona; la hace más libre, más fuerte y más semejante a Dios. Quien aprende a perdonar deja de ser prisionero de sus heridas y descubre el gozo de caminar con un corazón reconciliado.

Pidamos hoy la gracia de un corazón misericordioso. Que, contemplando la paciencia infinita de Dios para con nosotros, aprendamos también a ser pacientes con nuestros hermanos. Y que, habiendo sido alcanzados por su perdón, sepamos convertirnos en testigos vivos de esa misma misericordia en nuestras familias, comunidades y ambientes de vida.

Que el Señor nos conceda su gracia para asemejarnos cada día más a Él.

Y que la intercesión de María Santísima, Madre de Misericordia, nos acompañe siempre en nuestro peregrinar hacia la Casa del Padre.

Pbro. Carlos Felipe Lozano Lara

 

 

miércoles, 2 de septiembre de 2026

DOMINGO XXIII 2026



Queridos hermanos y hermanas:

La Palabra de Dios de este domingo nos invita a tomar conciencia de una hermosa responsabilidad: cuidar unos de otros en el camino de la fe. La comunidad cristiana no es simplemente un grupo de personas que comparten unas mismas creencias; es una familia en la que el bien de cada uno repercute en el bien de todos. Por eso, ninguno puede ser indiferente ante la vida y el caminar de sus hermanos. La fidelidad, el testimonio y el compromiso de cada miembro fortalecen a toda la comunidad, mientras que nuestras omisiones o faltas también la afectan.

En este contexto comprendemos mejor las palabras del Evangelio. Jesús nos recuerda que la corrección fraterna no nace del deseo de juzgar ni de señalar los errores ajenos. Su verdadero sentido es el amor que busca rescatar, sanar y reconciliar. Corregir al hermano es un acto de caridad cuando brota de un corazón que desea sinceramente su bien; cuando busca que nadie se pierda, que nadie se aleje de Dios ni quede excluido de la comunidad. La meta no es demostrar que tenemos razón, sino ayudar al otro a reencontrar el camino de la comunión con Dios y con sus hermanos.

Por su parte, san Pablo nos recuerda el fundamento de toda auténtica vida cristiana: el amor mutuo. Solo el amor hace verdadera la corrección, da sentido al servicio y sostiene la vida comunitaria. Allí donde el amor es la medida de nuestras palabras y acciones, florecen la unidad, la comprensión y la paz. Que este amor sea siempre la regla que inspire nuestro actuar en la comunidad, en nuestras familias y en nuestros lugares de trabajo.

Que la Santísima Virgen María, Madre de la Iglesia y Reina de los Apóstoles, nos acompañe con su intercesión maternal para que aprendamos a vivir la caridad que nace del Evangelio. Que ella, que permaneció fiel junto a su Hijo y fue signo de comunión para la primera comunidad cristiana, nos enseñe a cuidar unos de otros con paciencia, prudencia y amor sincero. Y así, fortalecidos por su ejemplo y protección, hagamos de nuestras familias y comunidades verdaderas escuelas de fraternidad, donde nadie se pierda, donde todos encuentren acogida y donde Cristo sea el centro de nuestra vida. A Ella confiamos nuestro camino de fe, para que un día podamos participar, junto con todos los santos, de la alegría eterna del Reino de Dios. Amén.

Pbro. Carlos Felipe Lozano Lara

 

 

lunes, 24 de agosto de 2026

DOMINGO XXII DEL TIEMPO ORDINARIO 2026

 

Queridos hermano


s y hermanas:

Las palabras del profeta Jeremías que hemos escuchado hoy: «Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir», nos permiten asomarnos al misterio de una vocación vivida en medio de la lucha. Jeremías no habla desde la comodidad, sino desde la experiencia de quien ha descubierto que seguir a Dios no siempre es fácil. La misión que recibió no le trajo aplausos ni reconocimientos; le atrajo incomprensiones, burlas y sufrimientos. Por momentos, incluso sintió la tentación de abandonar el camino y huir de la tarea que le había sido confiada.

Cuando exclama: «Fuiste más fuerte que yo», parece describir el combate interior de quien quiso resistirse, pero terminó conquistado por el amor de Dios. Hubo un momento en que escuchó la llamada del Señor y respondió generosamente, quizás sin imaginar todas las exigencias que aquella respuesta implicaba.

Así ha sucedido también con muchos hombres y mujeres a lo largo de la historia de la salvación: Pedro, los apóstoles, san Pablo y todos los santos. Sacerdotes, religiosos, religiosas y fieles laicos han respondido al llamado de Dios no porque les asegurara ventajas humanas, sino porque descubrieron que servir al Señor vale más que cualquier ganancia terrenal.

En el Evangelio encontramos a Jesús anunciando con claridad su pasión y su muerte. A Pedro, aquel mismo a quien poco antes había llamado roca sobre la que edificaría su Iglesia, le cuesta aceptar este mensaje. En su mente, el Mesías no podía terminar en el sufrimiento y en la cruz. Sin embargo, los pensamientos de Dios no siempre coinciden con los nuestros. Mientras el hombre busca el éxito, el prestigio y el triunfo inmediato, Dios muestra el camino de la entrega, del servicio y del amor llevado hasta el extremo.

Por eso Jesús enseña una verdad que sigue siendo desafiante para todos los tiempos: «El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, cargue con su cruz y me siga». La obra de Cristo sólo puede ser continuada por aquellos que están dispuestos a dejar en segundo plano sus propios intereses para asumir los intereses del Reino de Dios.

Hermanos, esta llamada no pertenece únicamente al pasado. Es una invitación actual para cada uno de nosotros. El Señor sigue pasando por nuestra vida, sigue llamándonos por nuestro nombre y sigue pidiendo una respuesta generosa. La pregunta es inevitable: ¿estamos dispuestos a seguirlo incluso cuando el camino se vuelve exigente? ¿Estamos dispuestos a cargar con nuestra cruz y confiar en Él?

Que la Eucaristía que celebramos fortalezca nuestra fe y nos conceda la valentía de Jeremías, la fidelidad de los santos y el amor de Cristo, para responder con generosidad al llamado que Dios nos hace cada día.

Pbro. Carlos Felipe Lozano Lara

viernes, 21 de agosto de 2026

DOMINGO XXI DEL TIEMPO ORDINARIO 2026

 


 

Hermanos y hermanas: la Palabra de Dios que hoy se proclama nos conduce a una verdad sencilla y, al mismo tiempo, profundamente exigente: nada nos pertenece de manera absoluta. La vida, los dones, las responsabilidades y aun los cargos que ejercemos son gracia recibida; no son motivo de vanagloria, sino llamada al servicio. La primera lectura nos presenta, con gran fuerza, el contraste entre la soberbia de quien se apropia del poder y la humildad de quien reconoce que toda autoridad viene de Dios. El poder confiado a Eleacín —abrir y que nadie pueda cerrar, cerrar y que nadie pueda abrir— no brota de la fuerza humana ni del mérito personal, sino de la voluntad del Señor, que llama y sostiene a quien Él elige.

Por eso, nadie puede colocarse por encima de los demás como dueño de sus vidas. Nadie puede decidir con ligereza sobre el destino de una persona, ni asumir como propio un poder que pertenece solo a Dios. Esta verdad no es una idea antigua ni una simple afirmación religiosa; es un principio que custodia la dignidad humana y nos recuerda que, cuando el hombre pretende ocupar el lugar de Dios, termina hiriéndose a sí mismo y destruyendo a los demás. Lo comprendí de manera muy concreta en la enfermedad de uno de mis hermanos, ya fallecido. En medio del dolor y de la incertidumbre, cuando surgió la posibilidad de intubarlo, tuvimos que discernir con seriedad, escuchando a los médicos y reconociendo que no éramos dueños de su vida. Decidimos actuar no desde el miedo ni desde la comodidad, sino desde la responsabilidad y el respeto sagrado por la vida confiada a nuestras manos.

San Pablo lo canta con palabras llenas de asombro: «¡Qué inmensa y rica es la sabiduría y la ciencia de Dios! ¡Qué impenetrables son sus designios e incomprensibles sus caminos!». Ante el misterio de Dios, la actitud del creyente no es la autosuficiencia, sino la adoración humilde. Todo proviene de Él, todo subsiste por Él y todo camina hacia Él. La liturgia de este día nos invita, por tanto, a reconocer que nuestra vida entera está sostenida por la misericordia y la sabiduría del Señor.

Desde esta luz comprendemos mejor la pregunta de Jesús en el Evangelio: «Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?». No se trata de una pregunta dirigida solo a Pedro y a los discípulos de aquel tiempo; es una pregunta que atraviesa la historia y llega hoy a cada uno de nosotros. Pedro, iluminado por el Padre, confiesa: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo». En esa confesión se revela el centro de nuestra fe: Cristo no es un maestro más ni un profeta entre otros; es el Señor, el Hijo amado, aquel a quien pertenecen el cielo y la tierra. Y a Pedro, no por sus solas fuerzas, sino por la gracia recibida, Jesús le confía la autoridad de atar y desatar al servicio de la comunión y de la salvación.

Que esta Palabra nos enseñe a vivir con humildad, a ejercer toda responsabilidad como servicio y a reconocer que ninguna autoridad humana es absoluta. Solo Dios es Señor; solo Él tiene la última palabra sobre la vida, la historia y el destino de sus hijos. Ante Él, nuestra grandeza consiste en confiar, servir y permanecer fieles.

Pbro. Carlos Felipe Lozano Lara

miércoles, 12 de agosto de 2026

DOMINGO XX DEL TIEMPO ORDINARIO 2026

 



Queridos hermanos: La Palabra de Dios que hoy se proclama ante nosotros ensancha la mirada del corazón y nos sitúa frente al horizonte universal de la misericordia divina. La ayuda a los más necesitados y el anuncio del Evangelio no pueden quedar encerrados en fronteras estrechas, ni condicionarse por pertenencias, simpatías o distinciones humanas. La caridad cristiana y la predicación de la Palabra no son privilegio de unos cuantos, ni patrimonio de un grupo cerrado; nacen del corazón de Dios y, por eso mismo, están destinadas a todos.

Viene a nuestra memoria el testimonio luminoso de Santa Teresa de Calcuta. Ella se acercaba a cada persona sin preguntar primero por su religión, su procedencia o su condición, sino reconociendo en cada rostro la dignidad sagrada de una creatura amada por Dios. Su servicio no buscaba aplausos, recompensa ni conquista humana; era una ofrenda silenciosa de amor, especialmente para quienes necesitaban morir con dignidad o recibir una atención que el mundo muchas veces negaba. Ciertamente, también muchas organizaciones realizan obras nobles en favor de los pobres; pero el creyente está llamado a imprimir en toda obra de servicio una caridad más alta: humilde, delicada, perseverante, libre de discriminación y animada por la presencia de Cristo en el hermano.

Lo mismo acontece con el anuncio del Evangelio. La Iglesia no predica para sí misma, ni habla únicamente a quienes ya han recibido la fe o participan de la vida sacramental. Su misión es sembrar, con paciencia y esperanza, la semilla viva de la Palabra en todos los corazones. A nosotros nos corresponde sembrar; a Dios, hacer crecer. Pero no por eso podemos descuidar la forma de sembrar. Por ello, desde hace tiempo, los Sucesores de Pedro nos han llamado a una nueva evangelización: nueva en su ardor, en sus métodos y en sus expresiones, aunque siempre fiel en su contenido, porque Cristo es el mismo ayer, hoy y siempre.

Por eso, todos los grupos parroquiales, movimientos eclesiales, instituciones y escuelas estamos llamados a ofrecer lo mejor de nosotros mismos. No basta conservar lo que ya existe; es necesario dejarnos encender por el celo apostólico, ser audaces sin perder la humildad, creativos sin apartarnos de la verdad, firmes sin dejar de ser compasivos. Las heridas de nuestras comunidades, las pobrezas visibles y ocultas, las soledades, las divisiones y las necesidades urgentes no pueden encontrarnos indiferentes. La fe que no se hace servicio corre el riesgo de volverse estéril.

El Evangelio nos presenta a Jesús en diálogo con la mujer cananea. A primera vista, sus palabras parecen marcar una distancia, pues aquella mujer no pertenece al pueblo al que inicialmente se dirige el anuncio del Reino. Sin embargo, en su humildad perseverante y en su audacia confiada, ella permanece ante el Señor. No se retira, no se amarga, no abandona la súplica. Y entonces resplandece la grandeza de su fe. Jesús la reconoce y concede el milagro que implora. Aquella mujer nos enseña que la fe verdadera no se cansa de acudir a Cristo, aun cuando el camino parezca difícil.

También nosotros, sostenidos por esa fe, estamos llamados a ser instrumentos de transformación en medio del mundo. Allí donde hay oscuridad, llevemos la luz de Cristo; donde el camino es pedregoso, ayudemos a allanarlo; donde se ha instalado la desesperanza, sembremos esperanza; donde crecen el odio y la división, respondamos con amor y unidad. No esperemos ocasiones extraordinarias para practicar el Evangelio. Manos a la obra: cada uno puede ofrecer una palabra que consuele, un gesto que levante, una ayuda que dignifique y un testimonio que acerque a otros al corazón misericordioso de Dios.

Pbro. Carlos Felipe Lozano Lara

 

viernes, 7 de agosto de 2026

DOMINGO XIX DEL TIEMPO ORDINARIO 2026

 


Hay una palabra del Señor en el Evangelio de san Juan que ilumina profundamente nuestra vida de fe. Jesús le dice a Tomás, después de que este ha visto las señales del Resucitado: «Tú crees porque me has visto; dichosos los que creen sin haber visto» (Jn 20,29). Esta frase nos coloca ante una pregunta muy importante: ¿qué necesitamos para creer verdaderamente en Dios?, ¿qué esperamos para reconocer su presencia en nuestra vida?

Muchas veces quisiéramos que Dios se manifestara de manera evidente. Algunos esperan un milagro, otros una señal clara, otros desean que se resuelva de inmediato aquello que les preocupa. Incluso, en ciertos momentos, podemos llegar a poner a prueba a Dios, como si su presencia dependiera de que Él responda exactamente como nosotros queremos.

Sin embargo, la Palabra de Dios nos enseña que el Señor no siempre se manifiesta en lo extraordinario. En la primera lectura escuchamos que Dios no estaba en el viento huracanado, ni en el terremoto, ni en el fuego, sino en la suave brisa. Es decir, Dios se hace presente muchas veces en el silencio, en lo sencillo, en aquello que casi pasa desapercibido. Por eso, para reconocerlo, necesitamos un corazón atento, una fe despierta y una mirada espiritual capaz de descubrir su paso por nuestra historia.

Vivimos rodeados de preocupaciones. Hay problemas en la casa, en el trabajo, en la familia y en la sociedad. Tenemos tantas cosas que resolver que, sin darnos cuenta, vamos perdiendo la capacidad de detenernos, de guardar silencio y de estar a solas con Dios. Y, sin embargo, ese encuentro es necesario. No solo para pedirle algo, sino para permanecer delante de Él, para dejarnos mirar por Él, para recordar que Dios conoce nuestras necesidades, nuestras tristezas, nuestras angustias, nuestras alegrías, nuestros fracasos y nuestras esperanzas.

El Evangelio también nos muestra a los discípulos avanzando con dificultad en la barca, golpeados por el viento y por las olas. En medio de esa situación, Jesús se acerca caminando sobre el mar. Ellos tienen miedo, pero Él les dice: «Soy yo, no teman». Esta palabra del Señor sigue siendo actual para nosotros. También nosotros atravesamos tempestades; también nosotros sentimos miedo; también nosotros, como Pedro, damos algunos pasos de fe, pero luego dudamos cuando sentimos la fuerza del viento.

Cuántas veces pensamos que todo está perdido. Cuántas veces creemos que Dios no nos escucha, que está lejos o que no somos dignos de su presencia. Pero el Señor no abandona. Él camina hacia nosotros en medio de la dificultad. Él se acerca precisamente cuando la noche parece más oscura. Él nos tiende la mano cuando comenzamos a hundirnos.

Por eso, hermanos, necesitamos aprender a reconocer la presencia silenciosa de Dios. A veces no la veremos de inmediato. A veces no la sentiremos como quisiéramos. Pero Él está. Está en su Palabra, que ilumina y consuela; está en la oración humilde y perseverante; está en la comunidad que camina unida; y está, de manera especial, en la Eucaristía.

La Eucaristía es una presencia humilde y silenciosa. A los ojos humanos parece solo pan y vino, pero por la acción del Espíritu Santo se convierten en el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Allí está el Señor: vivo, real y presente. Allí nos escucha, nos consuela, nos fortalece, nos sana y nos recuerda que no estamos solos.

Por eso, quisiera invitarlos a un ejercicio sencillo de fe. Cada día, en un momento de silencio, digámosle al Señor, como Samuel: «Habla, Señor, que tu siervo escucha». Digámoselo con humildad, con perseverancia, aunque al principio no sintamos nada. Porque Dios habla, Dios acompaña y Dios se hace presente, muchas veces, en la suave brisa de cada día.

Es cierto: muchas veces quisiéramos ver para creer. Pero el Señor nos invita a creer para aprender a ver. Que esta Eucaristía fortalezca nuestra fe y nos conceda descubrir su presencia en medio de nuestras dificultades, confiando siempre en que Él camina con nosotros, nos sostiene con su mano y nunca nos abandona.

Pbro. Carlos Felipe Lozano Lara

miércoles, 29 de julio de 2026

DOMINGO XVIII DEL TIEMPO ORDINARIO 2026

 


Hermanos y hermanas: contemplemos con atención estas dos narraciones tan profundamente contrastantes acerca de un banquete. El capítulo 14 nos introduce, en primer lugar, en el banquete de Herodes, donde se manifiestan con crudeza la muerte, la hipocresía y la maldad. Allí se exhibe la inmoralidad y se ostenta el poder hasta pretender disponer de la vida de un inocente: unos son culpables de manera directa, y otros lo son por complicidad, al haber participado y consentido aquel banquete marcado por la injusticia.

Después de aquel banquete ensombrecido por la muerte, el evangelista nos conduce hacia otro banquete enteramente distinto: la multiplicación de los panes. En él no prevalece el dominio del poder, sino la compasión; no se arrebata la vida, sino que se entrega y se comparte. Jesús contempla a la multitud hambrienta y no permite que sus discípulos se desentiendan de ella. Con una palabra clara y exigente les dice: “Denles ustedes de comer”. Esa misma palabra resuena también hoy para nosotros: no podemos permanecer indiferentes ante el hambre, la necesidad y el sufrimiento de nuestros hermanos.

Los discípulos cuentan apenas con poco: unos panes y unos pescados. Sin embargo, cuando esa pobreza se coloca confiadamente en las manos de Jesús, se convierte en abundancia para todos. Él eleva la mirada al cielo, pronuncia la bendición, parte el pan y lo distribuye. Todos comen, todos reciben vida; nadie queda excluido, nadie perece. Así obra Dios: multiplica la vida cuando somos capaces de poner en sus manos lo que somos y lo que poseemos.

Por ello, no pocos han contemplado en la multiplicación de los panes una imagen profunda y luminosa de la Eucaristía. Cada misa es el banquete del Señor, el banquete de la vida. Acudimos a recibir su Cuerpo, pero también a dejarnos configurar interiormente por Él. Comulgar no consiste únicamente en acercarse al altar; significa entrar en comunión con los sentimientos de Cristo, con su modo de mirar, de amar, de servir y de entregar la propia vida.

La Eucaristía, la santa misa, es vital para nosotros, porque en ella participamos de la misma vida de Jesús, de la vida de Dios. Su banquete jamás engendra muerte; siempre es fuente de gracia, de comunión y de vida. Pero esa vida recibida no puede permanecer encerrada únicamente en nosotros. Si comulgamos con Cristo, estamos llamados también a comulgar con su proyecto: edificar una sociedad más fraterna, una Iglesia más servidora y una comunidad capaz de partir y compartir el pan cotidiano.

Por eso, a quienes no participan de la santa misa, los invito con sincero afecto a reconocer la grandeza del don que dejan de recibir: el alimento que sostiene el alma, la fuerza que levanta el corazón y la presencia viva de Cristo que acompaña nuestro peregrinar. Y a nuestros hermanos enfermos, que reciben la Eucaristía en sus hogares, les recuerdo que el Señor llega hasta su fragilidad para sostenerlos, consolarlos y comunicarles su vida. Porque sin Él, nada podemos.

Pidamos, pues, al Señor que nos conceda valorar con corazón sincero el inmenso don de la Eucaristía. Que cada santa misa nos haga más humanos, más fraternos y dispuestos a compartir la vida, el consuelo, la paz, la esperanza, el amor, la salud y tantas gracias que Dios derrama generosamente sobre nosotros. Amén.

Pbro. Carlos Felipe Lozano Lara

sábado, 25 de julio de 2026

DOMINGO XVII DEL TIEMPO ORDINARIO 2026


Hermanos, podríamos comenzar haciéndonos una pregunta sencilla, pero muy profunda: ¿qué es lo más importante en la vida? Todos, chicos y grandes, en algún momento tenemos que responderla, sobre todo cuando llegan decisiones importantes: elegir una carrera, aceptar un trabajo, casarnos, consagrarnos a Dios, buscar estabilidad económica o luchar por alcanzar una meta profesional, científica, artística o familiar.

Y precisamente desde esa pregunta nace la reflexión de hoy. La Palabra de Dios nos invita a mirar con sinceridad nuestro corazón y preguntarnos: ¿qué ocupa el primer lugar en mi vida? Porque sólo Dios puede dar sentido pleno, dirección firme y un tesoro que no se pierde.

La primera lectura nos presenta a Salomón, un joven rey descendiente de David. Dios mismo le dice: “Pídeme lo que quieras”. ¡Qué momento tan importante! Salomón pudo haber pedido poder, riqueza, fama o larga vida. Sin embargo, pide sabiduría para gobernar bien a su pueblo. Y eso nos enseña mucho: cuando uno sabe pedir lo esencial, Dios no deja de dar también lo necesario.

La respuesta de Salomón nos ayuda a distinguir entre los bienes pasajeros y el Bien supremo. Claro que hay cosas buenas en esta vida: disfrutar una buena comida, contemplar un atardecer, escuchar música, admirar una obra de arte, descansar, convivir con la familia o cultivar un pasatiempo. Todo eso puede ser bueno y también puede ser regalo de Dios. Pero no podemos olvidar algo: todo eso pasa. Puede terminar, cambiar, desgastarse o perderse. En cambio, Dios permanece. Él es el Bien que no se acaba. Y cuando perdemos de vista esta verdad, empezamos a vivir con prisa, con sobresaltos, sin rumbo claro, mirando sólo lo inmediato.

Por eso, hermanos, la invitación es muy concreta: revisemos nuestra vida. Preguntémonos qué cosas no debemos descuidar, qué valores no estamos dispuestos a negociar, qué decisiones queremos tomar delante de Dios. Sería bueno que cada uno pensara cuáles son esos cinco aspectos esenciales de su vida que no va a vender por nada ni por nadie, pase lo que pase.

Y en esa misma línea, el Evangelio nos habla del tesoro escondido y de la perla de gran valor. Quien los encuentra descubre algo tan valioso que es capaz de venderlo todo con tal de adquirirlo. Entonces, hermanos, preguntémonos con sinceridad: ¿cuál es mi tesoro? ¿Qué ocupa realmente el centro de mi corazón? Que el Señor nos conceda la sabiduría de Salomón para elegir lo esencial, la libertad para soltar lo que no permanece y la alegría de poner a Dios en el primer lugar. Porque cuando Dios es nuestro tesoro, nada nos falta y nada nos puede quitar la verdadera paz.

Pbro. Carlos Felipe Lozano Lara

 

 

 

 

 

 

 

 

  

miércoles, 15 de julio de 2026

DOMINGO XVI DEL TIEMPO ORDINARIO 2026

 


Hermanos y hermanas: la Palabra del Señor nos invita hoy a contemplar, con fe y humildad, el misterio del Reino de los cielos. Jesús nos habla por medio de imágenes sencillas y profundas: una semilla sembrada en el campo, un grano de mostaza pequeño a los ojos humanos y una levadura escondida en la masa. Con ellas, el Señor nos revela que el Reino de Dios no siempre comienza en lo grande, ni en lo visible, ni en lo que llama la atención, sino en lo pequeño que se entrega a su gracia, en lo humilde que se deja transformar y en lo escondido que, silenciosamente, va renovando la vida desde dentro.

Esta enseñanza toca el corazón de nuestra vida cristiana. Dios no desprecia los comienzos pequeños. Muchas veces deseamos frutos inmediatos, respuestas rápidas y cambios visibles; sin embargo, el Evangelio nos recuerda que el Reino crece con el ritmo de Dios. Crece en el corazón que se convierte poco a poco. Crece en la familia que vuelve a orar. Crece en la comunidad que aprende a perdonar. Crece en la persona que decide hacer el bien, aun cuando nadie la vea. Allí, en lo sencillo y cotidiano, Cristo comienza a reinar. Allí trabaja la gracia. Allí el Espíritu Santo hace brotar frutos de conversión: amor verdadero, paz, paciencia, bondad, mansedumbre y fidelidad.

Pero el mismo Evangelio nos advierte que junto a la buena semilla puede crecer la cizaña; junto al bien, la tentación; junto a la gracia, la resistencia del corazón. Por eso, esta Palabra nos llama a mirar con sinceridad nuestra propia vida. ¿Qué estamos dejando crecer dentro de nosotros? ¿La semilla del Reino o la cizaña del egoísmo? ¿La humildad de Cristo o la dureza del pecado? La paciencia de Dios no es indiferencia; es misericordia que espera y llama a la conversión. Por eso, el discípulo del Señor no se desespera, pero tampoco se duerme. Permanece vigilante, ora con confianza, discierne con humildad y vuelve a comenzar cuantas veces sea necesario.

También hoy, ante un mundo herido por la violencia, las adicciones, la trata de personas, las divisiones familiares, el cansancio y la pérdida del sentido de la vida, el Señor no nos llama únicamente a lamentarnos, sino a convertirnos. El cambio que deseamos para el mundo debe comenzar en el corazón de cada uno. Si Cristo reina en mí, algo comienza a cambiar a mi alrededor. Si Cristo reina en la familia, el hogar se convierte en escuela de amor. Si Cristo reina en la comunidad, la Iglesia se vuelve signo vivo de esperanza. Pidamos, pues, al Señor, que nos conceda ser tierra buena para su semilla, levadura humilde en medio del mundo y testigos fieles del Reino que ya crece entre nosotros. Amén.

Pbro. Carlos Felipe Lozano Lara

                                                                                                           

miércoles, 8 de julio de 2026

DOMINGO XV DEL TIEMPO ORDINARIO 2026

 


Hermanos y hermanas, hoy Jesús nos habla con una imagen muy sencilla y muy conocida para quienes trabajan la tierra: la semilla. Todos sabemos que una semilla necesita buena tierra, agua, cuidado y tiempo para poder crecer. Si la tierra está dura, si tiene muchas piedras o si está llena de maleza, la semilla no puede dar buen fruto. Así pasa también con la Palabra de Dios en nuestro corazón.

En la parábola del sembrador, Jesús nos enseña que Dios siembra su Palabra con generosidad. Él no se cansa de hablarnos. Nos habla en la misa, en la Biblia, en la oración, en los consejos buenos, en la familia y también en los acontecimientos de cada día. Pero la pregunta es: ¿cómo está nuestra tierra?, ¿cómo está nuestro corazón para recibir lo que Dios quiere sembrar en nosotros?

A veces nuestro corazón está duro, como la tierra que no se ha trabajado. Escuchamos la Palabra, pero no la dejamos entrar. Otras veces somos como la tierra con piedras: nos animamos un rato, pero pronto se nos olvida. También puede pasar que nuestro corazón esté lleno de preocupaciones, problemas, enojos o intereses, como un terreno lleno de hierba mala que no deja crecer la semilla.

Pero Jesús también nos dice que hay tierra buena. Esa tierra buena es la persona que escucha con fe, guarda la Palabra en el corazón y trata de vivirla cada día. No se trata de saber muchas cosas, sino de dejar que Dios vaya cambiando nuestra vida poco a poco: en la casa, en el trabajo, en el trato con los vecinos, en la familia y en la comunidad.

Hoy escuchamos muchas voces: lo que dice la gente, lo que se comenta en el pueblo, lo que llega por el teléfono, las noticias y tantas opiniones. Pero no todo nos ayuda. Por eso necesitamos aprender a escuchar primero la voz de Dios. Su voz no confunde, no destruye y no quita la paz. La voz de Dios nos invita al bien, al perdón, al trabajo honrado, a la unidad y al amor entre nosotros.

También necesitamos aprender a escucharnos unos a otros. En la familia, muchas dificultades nacen porque no nos escuchamos con paciencia. En la comunidad, a veces hay divisiones porque hablamos mucho y escuchamos poco. Si escuchamos a Dios, también aprenderemos a escuchar al hermano, a comprenderlo, a perdonarlo y a caminar juntos.

Pidámosle al Señor que prepare nuestro corazón como se prepara la tierra antes de sembrar. Que quite de nosotros la dureza, las piedras y la maleza que no dejan crecer su Palabra. Que nos haga tierra buena, para que nuestra vida dé frutos de fe, de esperanza, de paz, de servicio y de amor. Porque cuando la Palabra de Dios cae en un corazón sencillo y dispuesto, siempre da fruto.

Pbro. Carlos Felipe Lozano Lara

miércoles, 1 de julio de 2026

DOMINGO XIV DEL TIEMPO ORDINARIO 2026


Hermanos, el deseo de paz es un anhelo que atraviesa toda la historia de la humanidad. No es algo exclusivo de nuestra época; es una necesidad que ha acompañado al ser humano desde que comenzó la vida en sociedad. Desde los primeros pueblos y civilizaciones, los conflictos han surgido como consecuencia de la ambición, del deseo de dominio, de la búsqueda de poder. Quien posee mayor fuerza económica, quien se cree superior o más poderoso, ha intentado imponer su voluntad sobre los demás. Así nacieron imperios, así se libraron guerras que, vistas con ojos sinceros, fueron inútiles, absurdas y profundamente dolorosas.

La primera lectura de hoy nos deja entrever el sufrimiento que el profeta contempló en su tiempo: madres recibiendo los cuerpos de sus hijos, jóvenes que murieron en guerras sin sentido, familias destruidas por la violencia de quienes buscaban imponer su poder. El profeta escuchó demasiados lamentos, demasiadas lágrimas, demasiados gritos de dolor. Y, sin embargo, los promotores de la guerra no cedían. Seguían derramando sangre inocente para alcanzar sus propósitos.

Pero el profeta es claro: ese no es el parecer del Dios de Israel. Ese no es el camino que Dios quiere para su pueblo. En las lecturas de la misa diaria hemos escuchado repetidamente el deseo de Dios: que resplandezca la justicia, que los sacrificios que le ofrecemos no estén vacíos, que nuestra relación con Él sea auténtica, sincera, coherente. Dios no quiere ritos sin corazón, ni ofrendas sin conversión. Dios quiere que la paz brote de la justicia y que la justicia nazca de un corazón transformado.

Hermanos, la paz verdadera no comienza en el exterior. No nace de acuerdos políticos, ni de tratados, ni de la ausencia de conflictos. La paz comienza en el interior del ser humano. Es un trabajo personal, profundo, que exige honestidad, humildad y valentía. Es mirar dentro de uno mismo, reconocer nuestras sombras, nuestras heridas, nuestros miedos, y permitir que Dios los toque y los sane. Sólo quien ha encontrado paz en su corazón puede irradiarla hacia los demás. Sólo quien ha sido sanado por Dios puede convertirse en instrumento de paz en su familia, en su comunidad, en su sociedad.

El Dios de Israel, aunque los hombres hayan desfigurado su rostro con violencia, injusticia y pecado, es un rey justo y humilde. Es un Dios que ama la paz y detesta toda forma de violencia. Es un Dios que se revela no en la fuerza, sino en la mansedumbre; no en la imposición, sino en la ternura;
no en la guerra, sino en la reconciliación. Este es el Dios en quien debemos poner nuestra confianza. Este es el Dios que nos presentan las Sagradas Escrituras. Este es el Dios que debe habitar en nuestros corazones y sobre el cual debe cimentarse toda paz auténtica.

El Evangelio de San Mateo nos presenta hoy un discurso profundamente consolador de Jesús. Sus oyentes están cansados, desmoralizados, oprimidos por tantas injusticias y violencias. Son personas que han perdido la esperanza, que sienten que la vida se les ha vuelto pesada, que ya no encuentran fuerzas para seguir adelante. Y Jesús, con una ternura infinita, les dice: “Vengan a mí… y yo los aliviaré.” Jesús no promete eliminar los problemas, pero sí promete caminar con nosotros, sostenernos, darnos descanso, darnos paz.

Quienes confían en su palabra descubren que su camino conduce a la paz interior. Y esa paz interior es indispensable para alcanzar la paz en la familia, en la comunidad y en la sociedad. No podemos construir paz afuera si no la hemos cultivado adentro. No podemos hablar de reconciliación si no hemos permitido que Dios nos reconcilie con nosotros mismos. No podemos pedir que el mundo cambie si no estamos dispuestos a cambiar nosotros primero.

Hermanos, hoy Dios nos invita a ser artesanos de paz. No espectadores, no críticos, no simples soñadores, sino artesanos: personas que trabajan, que moldean, que construyen, que siembran. La paz no es un sentimiento pasajero; es una obra que se edifica día a día con paciencia, con humildad, con perdón, con justicia, con amor.

Pidamos al Señor que nos conceda esa paz interior que tanto necesitamos. Que sane nuestras heridas, que calme nuestras tormentas, que fortalezca nuestra fe. Que podamos escuchar su voz que nos dice: “No tengas miedo, yo estoy contigo.” Y que, desde esa certeza, podamos convertirnos en instrumentos de paz para quienes nos rodean.

Que el Dios de la paz habite en nuestros corazones y nos haga constructores de un mundo más justo, más fraterno y más humano.

Pbro. Carlos Felipe Lozano Lara


jueves, 25 de junio de 2026

SOLEMNIDAD DE SAN PEDRO Y SAN PABLO 2026

 


Queridos hermanos: hoy celebramos con gozo la solemnidad de San Pedro y San Pablo, a quienes la Iglesia reconoce como dos grandes columnas de nuestra fe. Pedro conoció personalmente al Señor Jesús; escuchó su llamado, fue elegido para ser cabeza visible de la Iglesia y recibió la misión de confirmar a sus hermanos en la fe. Pablo, por su parte, fue llamado en el camino a Damasco, cuando iba con la intención de apresar a quienes seguían la doctrina de Jesús. Allí, en la ceguera exterior y en el silencio profundo de su corazón, se dejó vencer por la gracia del Resucitado. Desde entonces comenzó para él una vida nueva, hasta poder afirmar: “Ya no soy yo quien vive, es Cristo quien vive en mí”. Todo lo entregó por anunciar el Evangelio.

Las dos primeras lecturas nos presentan momentos decisivos en la vida de Pedro y de Pablo. Es la hora en que ambos contemplan, de algún modo, el final de su camino. Podemos imaginar que, en ese momento, hicieron una profunda evaluación de su existencia: las experiencias luminosas, las pruebas difíciles, las persecuciones, los trabajos apostólicos y todo cuanto habían vivido por causa del Evangelio. Tal vez en su corazón surgieron preguntas semejantes a estas: ¿lo di todo? ¿No me reservé nada? ¿Por qué he llegado hasta aquí? ¿Hasta dónde fui capaz de ir para cumplir la encomienda recibida? ¿Hice verdaderamente lo que el Señor me pidió?

Las respuestas están contenidas en los mismos textos. Pedro, al experimentar la intervención del ángel, descubre que no está solo: el Señor permanece con él hasta el final. Aquella liberación no será el último episodio de prueba; vendrá después otro encarcelamiento, y finalmente la entrega definitiva de su vida. Sin embargo, ya no habrá temor, porque Pedro está seguro de Aquel a quien ha visto, amado y seguido.

Pablo, en la segunda carta a Timoteo, es consciente de que ha llegado el final de su carrera. Nada se ha reservado para sí; todo lo ha ofrecido por cumplir la misión recibida. Ha sufrido, sí, pero también ha sembrado con generosidad. La cosecha pertenece al Señor, y Él sabrá recogerla a su tiempo. Por eso Pablo anima a Timoteo a perseverar con la misma fidelidad. Está seguro de que el Señor le concederá la recompensa prometida. Pedro y Pablo son, así, dos apóstoles que pueden mirar su vida con serenidad, sabiendo que buscaron cumplir lo que el Señor les pidió y que estuvieron dispuestos a llegar hasta el final.

Hermanos, esta solemnidad no es solo memoria agradecida de dos grandes apóstoles; es también una llamada viva para cada uno de nosotros. El Señor sigue preguntándonos si estamos dispuestos a entregarle la vida sin reservas, a confesarlo con valentía como Pedro y a anunciarlo con ardor como Pablo. Que al final de nuestro camino podamos decir, con verdad y paz en el corazón: he combatido el buen combate, he conservado la fe y no me he apartado de la misión que el Señor me confió. Que San Pedro nos alcance firmeza en la fe; que San Pablo nos obtenga celo por el Evangelio; y que Cristo, Pastor eterno de la Iglesia, nos conceda permanecer fieles hasta el final. Amén.

Pbro. Carlos Felipe Lozano Lara