Hermanos y hermanas: contemplemos con
atención estas dos narraciones tan profundamente contrastantes acerca de un
banquete. El capítulo 14 nos introduce, en primer lugar, en el banquete de
Herodes, donde se manifiestan con crudeza la muerte, la hipocresía y la maldad.
Allí se exhibe la inmoralidad y se ostenta el poder hasta pretender disponer de
la vida de un inocente: unos son culpables de manera directa, y otros lo son por
complicidad, al haber participado y consentido aquel banquete marcado por la
injusticia.
Después de aquel banquete ensombrecido
por la muerte, el evangelista nos conduce hacia otro banquete enteramente
distinto: la multiplicación de los panes. En él no prevalece el dominio del
poder, sino la compasión; no se arrebata la vida, sino que se entrega y se comparte.
Jesús contempla a la multitud hambrienta y no permite que sus discípulos se
desentiendan de ella. Con una palabra clara y exigente les dice: “Denles
ustedes de comer”. Esa misma palabra resuena también hoy para nosotros: no
podemos permanecer indiferentes ante el hambre, la necesidad y el sufrimiento
de nuestros hermanos.
Los discípulos cuentan apenas con
poco: unos panes y unos pescados. Sin embargo, cuando esa pobreza se coloca
confiadamente en las manos de Jesús, se convierte en abundancia para todos. Él eleva
la mirada al cielo, pronuncia la bendición, parte el pan y lo distribuye. Todos
comen, todos reciben vida; nadie queda excluido, nadie perece. Así obra Dios:
multiplica la vida cuando somos capaces de poner en sus manos lo que somos y lo
que poseemos.
Por ello, no pocos han contemplado en
la multiplicación de los panes una imagen profunda y luminosa de la Eucaristía.
Cada misa es el banquete del Señor, el banquete de la vida. Acudimos a recibir
su Cuerpo, pero también a dejarnos configurar interiormente por Él. Comulgar no
consiste únicamente en acercarse al altar; significa entrar en comunión con los
sentimientos de Cristo, con su modo de mirar, de amar, de servir y de entregar
la propia vida.
La Eucaristía, la santa misa, es vital
para nosotros, porque en ella participamos de la misma vida de Jesús, de la
vida de Dios. Su banquete jamás engendra muerte; siempre es fuente de gracia,
de comunión y de vida. Pero esa vida recibida no puede permanecer encerrada
únicamente en nosotros. Si comulgamos con Cristo, estamos llamados también a
comulgar con su proyecto: edificar una sociedad más fraterna, una Iglesia más
servidora y una comunidad capaz de partir y compartir el pan cotidiano.
Por eso, a quienes no participan de la
santa misa, los invito con sincero afecto a reconocer la grandeza del don que dejan
de recibir: el alimento que sostiene el alma, la fuerza que levanta el corazón
y la presencia viva de Cristo que acompaña nuestro peregrinar. Y a nuestros
hermanos enfermos, que reciben la Eucaristía en sus hogares, les recuerdo que el
Señor llega hasta su fragilidad para sostenerlos, consolarlos y comunicarles su
vida. Porque sin Él, nada podemos.
Pidamos, pues, al Señor que nos conceda
valorar con corazón sincero el inmenso don de la Eucaristía. Que cada santa misa
nos haga más humanos, más fraternos y dispuestos a compartir la vida, el consuelo,
la paz, la esperanza, el amor, la salud y tantas gracias que Dios derrama generosamente
sobre nosotros. Amén.
Pbro. Carlos Felipe Lozano Lara










