Queridos hermanos y hermanas:
La Palabra de Dios nos coloca hoy
ante una realidad decisiva para la vida cristiana: la obediencia. No una
obediencia ciega, nacida del temor, sino una respuesta libre, consciente y
confiada al Dios que nos llama por nuestro nombre y nos conduce por caminos de
vida. Obedecer al Señor significa escuchar su voz con el corazón dispuesto y
dejar que esa voz ilumine nuestras decisiones. Por eso, la primera lectura nos
advierte con claridad: “Si el justo se aparta de su justicia, comete la maldad
y muere; muere por la maldad que cometió”. La Escritura no busca sembrar miedo,
sino despertar la conciencia. Nos recuerda que cada elección va trazando un
camino y que nadie puede seguir verdaderamente a Cristo sin disciplina
interior, sacrificio y perseverancia. La vida de fe exige una ascesis
cotidiana: aprender a combatir la tentación, llamar al pecado por su nombre y
no disfrazar de bien aquello que, en el fondo, nos aleja de Dios. Conviene
preguntarnos: ¿estamos tomando en serio nuestra respuesta al Señor?, ¿o vivimos
como si nuestras decisiones no tuvieran consecuencias, como si nadie viera lo
que hacemos o como si nunca hubiéramos de rendir cuentas?
La segunda lectura nos muestra el
rostro más alto y luminoso de la obediencia: Jesucristo. Él no se aferró a las
prerrogativas de su condición divina, sino que se despojó de sí mismo, asumió
la condición de siervo y se hizo semejante a nosotros. Su obediencia no fue
debilidad ni resignación; fue la expresión más plena de su amor al Padre y de
su entrega por la humanidad. Jesús no eligió el camino fácil ni buscó un
triunfo sin cruz. Descendió hasta lo más hondo de nuestra condición y aceptó
las consecuencias de su misión: la muerte, y una muerte de cruz. Allí
comprendemos que obedecer a Dios no empequeñece al ser humano; por el
contrario, lo conduce a la verdad de sí mismo y lo hace capaz de amar hasta el
extremo.
El Evangelio ilumina esta llamada
mediante la parábola de los dos hijos (Mt 21, 28-32). Uno responde al padre con
palabras correctas, pero no va a trabajar a la viña; el otro se niega al
principio, pero después recapacita y cumple su voluntad. Jesús nos enseña así
que la verdadera obediencia no se mide por promesas, apariencias o discursos
piadosos, sino por una conversión que se hace concreta en las obras. También
nos revela que ningún “no” tiene que ser definitivo: quien reconoce su error y
cambia de camino puede adelantarse en el Reino a quien se considera justo, pero
permanece cerrado a la voz de Dios. La fe auténtica consiste, por tanto, en
permitir que el arrepentimiento transforme nuestras decisiones y en pasar del
“Señor, Señor” de los labios al servicio generoso en la viña de cada día.
Esta Palabra toca también una
realidad muy cercana: la formación de nuestros jóvenes. Educar no consiste
únicamente en protegerlos del sufrimiento, sino en prepararlos para vivir con
libertad, madurez y responsabilidad. A veces, movidos por un amor sincero, pero
poco iluminado, algunos padres evitan que sus hijos afronten las consecuencias
de lo que hicieron o dejaron de hacer. Resuelven sus dificultades escolares,
cumplen por ellos las obligaciones familiares o encubren sus faltas para
ahorrarles una vergüenza. Sin embargo, cuando impedimos que una persona
responda por sus actos, también podemos impedirle crecer. El amor verdadero
acompaña, corrige, sostiene y perdona, pero no sustituye al otro en aquello que
le corresponde asumir.
Muchos de los problemas que
contemplamos en nuestras familias, en la sociedad e incluso en la Iglesia nacen,
al menos en parte, de una libertad separada de la responsabilidad. Queremos
elegir, pero no siempre aceptar las consecuencias; deseamos ser escuchados,
pero no siempre estamos dispuestos a escuchar; pedimos comprensión, pero con
frecuencia nos cuesta reconocer nuestros errores. La Palabra de hoy nos invita
a unir nuevamente libertad y verdad, decisión y responsabilidad, fe y vida.
Pidamos, pues, al Señor la gracia de
una conciencia recta y humilde: una conciencia capaz de discernir el bien, de
asumir con serenidad las propias decisiones y de regresar a la casa del Padre
cuando se haya apartado del camino. Que nuestras familias sean escuelas de
responsabilidad y de misericordia, donde se eduque no solo con palabras, sino
con el testimonio de una vida coherente. Y que, contemplando a Cristo obediente
hasta la cruz, aprendamos también nosotros a decir cada día, con confianza y
generosidad: “Señor, aquí estoy; enséñame a hacer tu voluntad”.
Pbro Carlos Felipe Lozano Lara










