En repetidas ocasiones surge la duda
sobre si realmente puede uno ser feliz, qué se necesita para lograrlo y cuáles
son los pasos a seguir para encontrarla. La respuesta, en gran medida, depende
de dónde ponemos nuestras esperanzas y deseos, y en qué fundamento queremos
edificar nuestra felicidad. El autor Carlos Castro señala que Jesús distingue
entre dos tipos de personas o dos situaciones humanas:
Por un lado, están quienes depositan
su corazón —en sentido bíblico— en una esperanza futura, en un mundo mejor.
Estas personas no se conforman con la realidad actual; sienten nostalgia por
una bondad que aún no existe y desean sinceramente una bondad que abarque tanto
el cuerpo como el espíritu, reconociendo la unidad del ser humano.
Por otro lado, existen aquellos que
aceptan la situación presente tal como es. Son los conformistas, quienes pactan
con el mal, la comodidad y el egoísmo, y permanecen atados a la imperfección,
la injusticia y el pecado.
L. Gracieta afirma que ser fiel a
Jesús y vivir como cristiano, siguiendo el Evangelio, inevitablemente trae
consigo ciertas consecuencias. Si estas consecuencias no se manifiestan en la
vida del creyente, su cristianismo es, como mínimo, dudoso. Los "bienaventurados"
—aquellos que viven según el Evangelio— suelen valorar lo que normalmente no se
aprecia: la fidelidad, la abnegación, la entrega, el servicio al prójimo, la
confianza en Dios, el compartir, la renuncia al afán de posesión y la
valoración de las personas por su humanidad y no por sus bienes, edad o
apariencia. En contraste, dejan en segundo plano aquello que la mayoría
considera esencial: el dinero, el poder, la superioridad, la presunción, la
obsesión por la belleza y el afán de destacar sobre los demás.
En definitiva, la clave para alcanzar
la felicidad radica en definir qué es lo que realmente queremos lograr, cuáles
son nuestras metas y dónde deseamos fundamentar nuestra vida.
Que el Señor sea su fuerza y su Paz.
Pbro. Carlos Felipe Lozano Lara.




