Queridos hermanos: hoy celebramos con
gozo la solemnidad de San Pedro y San Pablo, a quienes la Iglesia reconoce como
dos grandes columnas de nuestra fe. Pedro conoció personalmente al Señor Jesús;
escuchó su llamado, fue elegido para ser cabeza visible de la Iglesia y recibió
la misión de confirmar a sus hermanos en la fe. Pablo, por su parte, fue
llamado en el camino a Damasco, cuando iba con la intención de apresar a quienes
seguían la doctrina de Jesús. Allí, en la ceguera exterior y en el silencio profundo
de su corazón, se dejó vencer por la gracia del Resucitado. Desde entonces comenzó
para él una vida nueva, hasta poder afirmar: “Ya no soy yo quien vive, es Cristo
quien vive en mí”. Todo lo entregó por anunciar el Evangelio.
Las dos primeras lecturas nos presentan
momentos decisivos en la vida de Pedro y de Pablo. Es la hora en que ambos
contemplan, de algún modo, el final de su camino. Podemos imaginar que, en ese
momento, hicieron una profunda evaluación de su existencia: las experiencias
luminosas, las pruebas difíciles, las persecuciones, los trabajos apostólicos y
todo cuanto habían vivido por causa del Evangelio. Tal vez en su corazón
surgieron preguntas semejantes a estas: ¿lo di todo? ¿No me reservé nada? ¿Por
qué he llegado hasta aquí? ¿Hasta dónde fui capaz de ir para cumplir la
encomienda recibida? ¿Hice verdaderamente lo que el Señor me pidió?
Las respuestas están contenidas en
los mismos textos. Pedro, al experimentar la intervención del ángel, descubre que
no está solo: el Señor permanece con él hasta el final. Aquella liberación no será
el último episodio de prueba; vendrá después otro encarcelamiento, y finalmente
la entrega definitiva de su vida. Sin embargo, ya no habrá temor, porque Pedro
está seguro de Aquel a quien ha visto, amado y seguido.
Pablo, en la segunda carta a Timoteo,
es consciente de que ha llegado el final de su carrera. Nada se ha reservado
para sí; todo lo ha ofrecido por cumplir la misión recibida. Ha sufrido, sí, pero
también ha sembrado con generosidad. La cosecha pertenece al Señor, y Él sabrá
recogerla a su tiempo. Por eso Pablo anima a Timoteo a perseverar con la misma
fidelidad. Está seguro de que el Señor le concederá la recompensa prometida.
Pedro y Pablo son, así, dos apóstoles que pueden mirar su vida con serenidad,
sabiendo que buscaron cumplir lo que el Señor les pidió y que estuvieron
dispuestos a llegar hasta el final.
Hermanos, esta solemnidad no es solo
memoria agradecida de dos grandes apóstoles; es también una llamada viva para
cada uno de nosotros. El Señor sigue preguntándonos si estamos dispuestos a
entregarle la vida sin reservas, a confesarlo con valentía como Pedro y a
anunciarlo con ardor como Pablo. Que al final de nuestro camino podamos decir,
con verdad y paz en el corazón: he combatido el buen combate, he conservado la
fe y no me he apartado de la misión que el Señor me confió. Que San Pedro nos
alcance firmeza en la fe; que San Pablo nos obtenga celo por el Evangelio; y
que Cristo, Pastor eterno de la Iglesia, nos conceda permanecer fieles hasta el
final. Amén.
Pbro. Carlos Felipe Lozano Lara










