Hermanos, el deseo de paz es un anhelo que atraviesa toda la historia de la humanidad. No es algo exclusivo de nuestra época; es una necesidad que ha acompañado al ser humano desde que comenzó la vida en sociedad. Desde los primeros pueblos y civilizaciones, los conflictos han surgido como consecuencia de la ambición, del deseo de dominio, de la búsqueda de poder. Quien posee mayor fuerza económica, quien se cree superior o más poderoso, ha intentado imponer su voluntad sobre los demás. Así nacieron imperios, así se libraron guerras que, vistas con ojos sinceros, fueron inútiles, absurdas y profundamente dolorosas.
La primera lectura de hoy nos deja entrever el sufrimiento que el profeta contempló en su tiempo: madres recibiendo los cuerpos de sus hijos, jóvenes que murieron en guerras sin sentido, familias destruidas por la violencia de quienes buscaban imponer su poder. El profeta escuchó demasiados lamentos, demasiadas lágrimas, demasiados gritos de dolor. Y, sin embargo, los promotores de la guerra no cedían. Seguían derramando sangre inocente para alcanzar sus propósitos.
Pero el profeta es claro: ese no es el parecer del Dios de Israel. Ese no es el camino que Dios quiere para su pueblo. En las lecturas de la misa diaria hemos escuchado repetidamente el deseo de Dios: que resplandezca la justicia, que los sacrificios que le ofrecemos no estén vacíos, que nuestra relación con Él sea auténtica, sincera, coherente. Dios no quiere ritos sin corazón, ni ofrendas sin conversión. Dios quiere que la paz brote de la justicia y que la justicia nazca de un corazón transformado.
Hermanos, la paz verdadera no comienza en el exterior. No nace de acuerdos políticos, ni de tratados, ni de la ausencia de conflictos. La paz comienza en el interior del ser humano. Es un trabajo personal, profundo, que exige honestidad, humildad y valentía. Es mirar dentro de uno mismo, reconocer nuestras sombras, nuestras heridas, nuestros miedos, y permitir que Dios los toque y los sane. Sólo quien ha encontrado paz en su corazón puede irradiarla hacia los demás. Sólo quien ha sido sanado por Dios puede convertirse en instrumento de paz en su familia, en su comunidad, en su sociedad.
El Dios de Israel, aunque los hombres hayan desfigurado su rostro con violencia, injusticia y pecado, es un rey justo y humilde. Es un Dios que ama la paz y detesta toda forma de violencia. Es un Dios que se revela no en la fuerza, sino en la mansedumbre; no en la imposición, sino en la ternura;
no en la guerra, sino en la reconciliación. Este es el Dios en quien debemos poner nuestra confianza. Este es el Dios que nos presentan las Sagradas Escrituras. Este es el Dios que debe habitar en nuestros corazones y sobre el cual debe cimentarse toda paz auténtica.
El Evangelio de San Mateo nos presenta hoy un discurso profundamente consolador de Jesús. Sus oyentes están cansados, desmoralizados, oprimidos por tantas injusticias y violencias. Son personas que han perdido la esperanza, que sienten que la vida se les ha vuelto pesada, que ya no encuentran fuerzas para seguir adelante. Y Jesús, con una ternura infinita, les dice: “Vengan a mí… y yo los aliviaré.” Jesús no promete eliminar los problemas, pero sí promete caminar con nosotros, sostenernos, darnos descanso, darnos paz.
Quienes confían en su palabra descubren que su camino conduce a la paz interior. Y esa paz interior es indispensable para alcanzar la paz en la familia, en la comunidad y en la sociedad. No podemos construir paz afuera si no la hemos cultivado adentro. No podemos hablar de reconciliación si no hemos permitido que Dios nos reconcilie con nosotros mismos. No podemos pedir que el mundo cambie si no estamos dispuestos a cambiar nosotros primero.
Hermanos, hoy Dios nos invita a ser artesanos de paz. No espectadores, no críticos, no simples soñadores, sino artesanos: personas que trabajan, que moldean, que construyen, que siembran. La paz no es un sentimiento pasajero; es una obra que se edifica día a día con paciencia, con humildad, con perdón, con justicia, con amor.
Pidamos al Señor que nos conceda esa paz interior que tanto necesitamos. Que sane nuestras heridas, que calme nuestras tormentas, que fortalezca nuestra fe. Que podamos escuchar su voz que nos dice: “No tengas miedo, yo estoy contigo.” Y que, desde esa certeza, podamos convertirnos en instrumentos de paz para quienes nos rodean.
Que el Dios de la paz habite en nuestros corazones y nos haga constructores de un mundo más justo, más fraterno y más humano.
Pbro. Carlos Felipe Lozano Lara










