Queridos hermanos y hermanas:
En el contexto del final del año
litúrgico, aparecen temas importantes: la vigilancia, el destino de los
difuntos y la sabiduría que el ser humano puede adquirir.
Resulta difícil pensar que la vida
consiste únicamente en pasar el momento y vivir el presente sin tomar en cuenta
el futuro. De ese modo, dejamos que se desgaste en cosas que no valen la pena y
que solo terminan por complicarla.
San Pablo es consciente de ello y
habla de un futuro que no depende del tiempo ni de la voluntad humana, sino del
Hijo de Dios. Su resurrección nos abre a un futuro eterno, que se presenta como
la meta hacia la cual orientar nuestra vida.
Pero ¿cómo tendría que ser esa vida?
¿Cómo orientarla? ¿Cuáles serían los criterios que la guían? La primera
lectura, tomada del libro de la Sabiduría, nos presenta el camino que debemos
seguir: una sabiduría que proviene de Dios. No se trata de una sabiduría
adquirida únicamente mediante el estudio y la lectura de libros, sino del
acercamiento a Dios mismo. Conocer sus preceptos y llevarlos a la práctica hará
nuestra vida más plena y santa.
Hoy se nos presentan muchas opciones
para alcanzar la paz y la plenitud. Algunas se centran en crear un ser humano
autosuficiente, pero la plenitud se encuentra en Dios Padre. La propuesta es
clara: vigila lo que sucede en tu vida y reconoce en quién depositas tu
confianza, tu esperanza y tu propia existencia. Es una tarea permanente, que
nos invita a no bajar la guardia.
Vivir la vigilancia en lo cotidiano
no significa permanecer con miedo ni sospechar de todo, sino prestar atención
al modo en que estamos viviendo. Detengámonos un momento y preguntémonos: ¿a
qué dedicamos nuestro tiempo?, ¿qué hábitos estamos alimentando?, ¿qué lugar
damos a las personas que nos rodean? No dejemos que las prisas y las
distracciones decidan por nosotros. Aprendamos a distinguir lo urgente de lo
importante y a elegir aquello que favorece una vida más honesta, responsable y
solidaria.
Esta atención se expresa en acciones
sencillas: escuchar sin interrumpir, cumplir los compromisos, cuidar nuestras
palabras y reconocer cuando hemos cometido un error. No esperemos una ocasión
extraordinaria para comenzar. Hoy podemos dedicar tiempo a alguien que necesita
compañía, retomar una responsabilidad pendiente o dar el primer paso para
reparar un daño. Que nuestras buenas intenciones no se queden solamente en
deseos: hagámoslas visibles en el trato diario, con respeto y consideración.
Por eso, mantengámonos atentos sin
exigirnos perfección. Al terminar el día, revisemos con serenidad lo que
hicimos: qué podemos agradecer, qué necesitamos corregir y qué queremos hacer
mejor mañana. Reconocer nuestras limitaciones no debe desanimarnos; puede
ayudarnos a aprender y a pedir apoyo cuando sea necesario. Comencemos con un
compromiso concreto y posible. Vivir la vigilancia es no pasar de largo ante
nuestra propia vida ni ante las necesidades de los demás: es estar presentes y
responder con responsabilidad a las oportunidades de cada día.
Sigamos adelante con ánimo y con
paciencia hacia nosotros mismos. No hace falta tener todas las respuestas para
escuchar con cariño, ofrecer compañía o agradecer lo que hoy tenemos. Que las
prisas no nos hagan olvidar a quienes caminan a nuestro lado, ni las
dificultades nos impidan reconocer lo bueno de cada día. Vivamos atentos, no
desde el temor, sino desde el cuidado: con tiempo para escuchar, disposición
para ayudar y humildad para volver a empezar. Que quien se encuentre con
nosotros pueda sentirse escuchado, respetado y acompañado.
Te invito a comenzar hoy con un gesto
sencillo: aparta por un momento las distracciones, escucha con atención a
alguien cercano y pregúntale cómo puedes acompañarlo. Elige una acción pequeña
que puedas realizar con cariño y responsabilidad. No esperemos a mañana para
estar presentes: hagamos de este día una oportunidad para cuidar la vida que
compartimos.
Que el Señor sea su fuerza y su paz.
Pbro. Carlos Felipe Lozano Lara

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