martes, 23 de junio de 2026

XIII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO 2026

La primera lectura de hoy nos abre una puerta para contemplar, con el corazón, una de las enseñanzas más hermosas que Jesús nos ofrece en el Evangelio. Allí aparece aquella mujer distinguida —de quien no conocemos el nombre—, pero cuyo gesto queda grabado como testimonio de un alma generosa. Ella supo mirar más allá de lo exterior y reconoció en el profeta Eliseo la presencia de Dios que pasaba por su casa. No lo recibió esperando una recompensa, ni calculó lo que podía obtener a cambio; simplemente abrió su hogar, su mesa y su corazón. Y cuando un corazón se abre así, sin egoísmo y sin medida, Dios no permanece indiferente. Eliseo, agradecido, anuncia para ella una bendición que parecía imposible: será madre. De este modo comprendemos con más fuerza las palabras de Jesús: “El que recibe a un profeta por ser profeta, recibirá recompensa de profeta; el que recibe a un justo por ser justo, recibirá recompensa de justo”. Dios mira con ternura esos gestos escondidos, esas obras silenciosas, ese amor que nadie aplaude pero que Él conoce profundamente.

Antes de esta enseñanza, el Señor habla a sus apóstoles con palabras que tocan lo más profundo del corazón. Les pide una entrega verdadera, una fidelidad que no se quede a medias, un amor capaz de ponerlo a Él por encima de todo. No se trata de despreciar los afectos ni de endurecer el alma, sino de reconocer que sólo cuando Cristo ocupa el primer lugar, todo lo demás encuentra su sentido. La misión que les confía será exigente; habrá cansancio, incomprensión, renuncias y momentos de prueba. Pero Jesús no llama para abandonar, sino para sostener; no exige por dureza, sino porque sabe que el amor auténtico puede llegar hasta el extremo. Por eso les pide no retroceder, no tener miedo, no permitir que nada apague la llama que Él mismo ha encendido en sus corazones.

También nosotros, al escuchar esta Palabra, podemos preguntarnos con sinceridad: ¿con qué corazón estamos viviendo, sirviendo y amando? El Señor nos invita a purificar nuestras intenciones, a dejar que nuestra generosidad nazca de un amor sencillo y verdadero. Cuántas veces un gesto pequeño, una palabra amable, una puerta abierta, una ayuda ofrecida en silencio, puede convertirse en signo de la presencia de Dios para alguien que lo necesita. Que no nos cansemos de amar sin esperar aplausos, de servir sin pedir recompensa, de permanecer fieles aun cuando el camino pese. Si Cristo está en el centro de nuestra vida, entonces cada entrega, cada renuncia y cada acto de amor se convierte en una ofrenda viva, humilde y preciosa ante los ojos de Dios.

Pbro. Carlos Felipe Lozano Lara

 



No hay comentarios:

Publicar un comentario

XIII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO 2026

La primera lectura de hoy nos abre una puerta para contemplar, con el corazón, una de las enseñanzas más hermosas que Jesús nos ofrece en el...