La primera lectura de hoy nos abre una puerta para contemplar, con el corazón, una de las enseñanzas más hermosas que Jesús nos ofrece en el Evangelio. Allí aparece aquella mujer distinguida —de quien no conocemos el nombre—, pero cuyo gesto queda grabado como testimonio de un alma generosa. Ella supo mirar más allá de lo exterior y reconoció en el profeta Eliseo la presencia de Dios que pasaba por su casa. No lo recibió esperando una recompensa, ni calculó lo que podía obtener a cambio; simplemente abrió su hogar, su mesa y su corazón. Y cuando un corazón se abre así, sin egoísmo y sin medida, Dios no permanece indiferente. Eliseo, agradecido, anuncia para ella una bendición que parecía imposible: será madre. De este modo comprendemos con más fuerza las palabras de Jesús: “El que recibe a un profeta por ser profeta, recibirá recompensa de profeta; el que recibe a un justo por ser justo, recibirá recompensa de justo”. Dios mira con ternura esos gestos escondidos, esas obras silenciosas, ese amor que nadie aplaude pero que Él conoce profundamente.
Antes de esta enseñanza, el Señor
habla a sus apóstoles con palabras que tocan lo más profundo del corazón. Les
pide una entrega verdadera, una fidelidad que no se quede a medias, un amor
capaz de ponerlo a Él por encima de todo. No se trata de despreciar los afectos
ni de endurecer el alma, sino de reconocer que sólo cuando Cristo ocupa el
primer lugar, todo lo demás encuentra su sentido. La misión que les confía será
exigente; habrá cansancio, incomprensión, renuncias y momentos de prueba. Pero
Jesús no llama para abandonar, sino para sostener; no exige por dureza, sino
porque sabe que el amor auténtico puede llegar hasta el extremo. Por eso les
pide no retroceder, no tener miedo, no permitir que nada apague la llama que Él
mismo ha encendido en sus corazones.
También nosotros, al escuchar esta
Palabra, podemos preguntarnos con sinceridad: ¿con qué corazón estamos
viviendo, sirviendo y amando? El Señor nos invita a purificar nuestras
intenciones, a dejar que nuestra generosidad nazca de un amor sencillo y verdadero.
Cuántas veces un gesto pequeño, una palabra amable, una puerta abierta, una
ayuda ofrecida en silencio, puede convertirse en signo de la presencia de Dios
para alguien que lo necesita. Que no nos cansemos de amar sin esperar aplausos,
de servir sin pedir recompensa, de permanecer fieles aun cuando el camino pese.
Si Cristo está en el centro de nuestra vida, entonces cada entrega, cada
renuncia y cada acto de amor se convierte en una ofrenda viva, humilde y
preciosa ante los ojos de Dios.
Pbro. Carlos Felipe Lozano Lara

No hay comentarios:
Publicar un comentario