miércoles, 29 de julio de 2026

 


Hermanos y hermanas: contemplemos con atención estas dos narraciones tan profundamente contrastantes acerca de un banquete. El capítulo 14 nos introduce, en primer lugar, en el banquete de Herodes, donde se manifiestan con crudeza la muerte, la hipocresía y la maldad. Allí se exhibe la inmoralidad y se ostenta el poder hasta pretender disponer de la vida de un inocente: unos son culpables de manera directa, y otros lo son por complicidad, al haber participado y consentido aquel banquete marcado por la injusticia.

Después de aquel banquete ensombrecido por la muerte, el evangelista nos conduce hacia otro banquete enteramente distinto: la multiplicación de los panes. En él no prevalece el dominio del poder, sino la compasión; no se arrebata la vida, sino que se entrega y se comparte. Jesús contempla a la multitud hambrienta y no permite que sus discípulos se desentiendan de ella. Con una palabra clara y exigente les dice: “Denles ustedes de comer”. Esa misma palabra resuena también hoy para nosotros: no podemos permanecer indiferentes ante el hambre, la necesidad y el sufrimiento de nuestros hermanos.

Los discípulos cuentan apenas con poco: unos panes y unos pescados. Sin embargo, cuando esa pobreza se coloca confiadamente en las manos de Jesús, se convierte en abundancia para todos. Él eleva la mirada al cielo, pronuncia la bendición, parte el pan y lo distribuye. Todos comen, todos reciben vida; nadie queda excluido, nadie perece. Así obra Dios: multiplica la vida cuando somos capaces de poner en sus manos lo que somos y lo que poseemos.

Por ello, no pocos han contemplado en la multiplicación de los panes una imagen profunda y luminosa de la Eucaristía. Cada misa es el banquete del Señor, el banquete de la vida. Acudimos a recibir su Cuerpo, pero también a dejarnos configurar interiormente por Él. Comulgar no consiste únicamente en acercarse al altar; significa entrar en comunión con los sentimientos de Cristo, con su modo de mirar, de amar, de servir y de entregar la propia vida.

La Eucaristía, la santa misa, es vital para nosotros, porque en ella participamos de la misma vida de Jesús, de la vida de Dios. Su banquete jamás engendra muerte; siempre es fuente de gracia, de comunión y de vida. Pero esa vida recibida no puede permanecer encerrada únicamente en nosotros. Si comulgamos con Cristo, estamos llamados también a comulgar con su proyecto: edificar una sociedad más fraterna, una Iglesia más servidora y una comunidad capaz de partir y compartir el pan cotidiano.

Por eso, a quienes no participan de la santa misa, los invito con sincero afecto a reconocer la grandeza del don que dejan de recibir: el alimento que sostiene el alma, la fuerza que levanta el corazón y la presencia viva de Cristo que acompaña nuestro peregrinar. Y a nuestros hermanos enfermos, que reciben la Eucaristía en sus hogares, les recuerdo que el Señor llega hasta su fragilidad para sostenerlos, consolarlos y comunicarles su vida. Porque sin Él, nada podemos.

Pidamos, pues, al Señor que nos conceda valorar con corazón sincero el inmenso don de la Eucaristía. Que cada santa misa nos haga más humanos, más fraternos y dispuestos a compartir la vida, el consuelo, la paz, la esperanza, el amor, la salud y tantas gracias que Dios derrama generosamente sobre nosotros. Amén.

Pbro. Carlos Felipe Lozano Lara

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