Hermanos, podríamos comenzar haciéndonos una pregunta sencilla, pero muy profunda: ¿qué es lo más importante en la vida? Todos, chicos y grandes, en algún momento tenemos que responderla, sobre todo cuando llegan decisiones importantes: elegir una carrera, aceptar un trabajo, casarnos, consagrarnos a Dios, buscar estabilidad económica o luchar por alcanzar una meta profesional, científica, artística o familiar.
Y precisamente desde esa pregunta
nace la reflexión de hoy. La Palabra de Dios nos invita a mirar con sinceridad nuestro
corazón y preguntarnos: ¿qué ocupa el primer lugar en mi vida? Porque sólo Dios
puede dar sentido pleno, dirección firme y un tesoro que no se pierde.
La primera lectura nos presenta a
Salomón, un joven rey descendiente de David. Dios mismo le dice: “Pídeme lo que
quieras”. ¡Qué momento tan importante! Salomón pudo haber pedido poder,
riqueza, fama o larga vida. Sin embargo, pide sabiduría para gobernar bien a su
pueblo. Y eso nos enseña mucho: cuando uno sabe pedir lo esencial, Dios no deja
de dar también lo necesario.
La respuesta de Salomón nos ayuda a
distinguir entre los bienes pasajeros y el Bien supremo. Claro que hay cosas
buenas en esta vida: disfrutar una buena comida, contemplar un atardecer, escuchar
música, admirar una obra de arte, descansar, convivir con la familia o cultivar
un pasatiempo. Todo eso puede ser bueno y también puede ser regalo de Dios.
Pero no podemos olvidar algo: todo eso pasa. Puede terminar, cambiar,
desgastarse o perderse. En cambio, Dios permanece. Él es el Bien que no se
acaba. Y cuando perdemos de vista esta verdad, empezamos a vivir con prisa, con
sobresaltos, sin rumbo claro, mirando sólo lo inmediato.
Por eso, hermanos, la invitación es
muy concreta: revisemos nuestra vida. Preguntémonos qué cosas no debemos
descuidar, qué valores no estamos dispuestos a negociar, qué decisiones
queremos tomar delante de Dios. Sería bueno que cada uno pensara cuáles son
esos cinco aspectos esenciales de su vida que no va a vender por nada ni por
nadie, pase lo que pase.
Y en esa misma línea, el Evangelio
nos habla del tesoro escondido y de la perla de gran valor. Quien los encuentra
descubre algo tan valioso que es capaz de venderlo todo con tal de adquirirlo. Entonces,
hermanos, preguntémonos con sinceridad: ¿cuál es mi tesoro? ¿Qué ocupa
realmente el centro de mi corazón? Que el Señor nos conceda la sabiduría de
Salomón para elegir lo esencial, la libertad para soltar lo que no permanece y
la alegría de poner a Dios en el primer lugar. Porque cuando Dios es nuestro
tesoro, nada nos falta y nada nos puede quitar la verdadera paz.
Pbro. Carlos Felipe Lozano Lara

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