Queridos
hermanos y hermanas:
Con frecuencia
algunas personas me comparten, e incluso lo presentan en la confesión, que han
experimentado enojo hacia alguien o que se sienten abrumadas y desesperadas
ante determinadas circunstancias de la vida. Conviene recordar que los
sentimientos, en sí mismos, no poseen una calificación moral. Son reacciones
espontáneas del corazón humano frente a lo que vivimos. Sentir tristeza, enojo
o desaliento no nos convierte automáticamente en personas buenas o malas, ni
constituye por sí mismo un pecado.
Lo que
verdaderamente manifiesta la calidad de nuestro corazón son las decisiones que
tomamos y las acciones que realizamos. No somos juzgados por aquello que
simplemente sentimos, sino por la manera en que respondemos a esos
sentimientos. Precisamente esto es lo que nos enseñan las lecturas que hoy
hemos escuchado. En la parábola del Evangelio, el siervo no es condenado por lo
que pudiera haber sentido respecto a su compañero, sino por su falta de
misericordia, por la dureza de sus actos y por haber sido incapaz de ofrecer el
mismo perdón que él mismo había recibido.
El perdón de Dios es
un don inmenso e inmerecido. Brota de su corazón misericordioso y es expresión
de un amor que no se cansa de esperar, de comprender y de levantar al pecador.
Sin embargo, ese don no está destinado a quedarse encerrado en nosotros. Quien
ha sido perdonado está llamado a convertirse también en instrumento de perdón
para los demás. La misericordia recibida debe transformarse en misericordia
compartida.
Por eso el Señor nos
invita a romper la lógica del resentimiento y a abrazar la lógica del amor. El
rencor encadena el alma, consume la paz interior y, poco a poco, roba la
alegría de vivir. El perdón, en cambio, engrandece a la persona; la hace más
libre, más fuerte y más semejante a Dios. Quien aprende a perdonar deja de ser
prisionero de sus heridas y descubre el gozo de caminar con un corazón
reconciliado.
Pidamos hoy la
gracia de un corazón misericordioso. Que, contemplando la paciencia infinita de
Dios para con nosotros, aprendamos también a ser pacientes con nuestros
hermanos. Y que, habiendo sido alcanzados por su perdón, sepamos convertirnos
en testigos vivos de esa misma misericordia en nuestras familias, comunidades y
ambientes de vida.
Que el Señor nos
conceda su gracia para asemejarnos cada día más a Él.
Y que la intercesión
de María Santísima, Madre de Misericordia, nos acompañe siempre en nuestro
peregrinar hacia la Casa del Padre.
Pbro. Carlos
Felipe Lozano Lara

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