viernes, 11 de septiembre de 2026

DOMINGO XXIV DEL TIEMPO ORDINARIO 2026

 


 

Queridos hermanos y hermanas:

Con frecuencia algunas personas me comparten, e incluso lo presentan en la confesión, que han experimentado enojo hacia alguien o que se sienten abrumadas y desesperadas ante determinadas circunstancias de la vida. Conviene recordar que los sentimientos, en sí mismos, no poseen una calificación moral. Son reacciones espontáneas del corazón humano frente a lo que vivimos. Sentir tristeza, enojo o desaliento no nos convierte automáticamente en personas buenas o malas, ni constituye por sí mismo un pecado.

Lo que verdaderamente manifiesta la calidad de nuestro corazón son las decisiones que tomamos y las acciones que realizamos. No somos juzgados por aquello que simplemente sentimos, sino por la manera en que respondemos a esos sentimientos. Precisamente esto es lo que nos enseñan las lecturas que hoy hemos escuchado. En la parábola del Evangelio, el siervo no es condenado por lo que pudiera haber sentido respecto a su compañero, sino por su falta de misericordia, por la dureza de sus actos y por haber sido incapaz de ofrecer el mismo perdón que él mismo había recibido.

El perdón de Dios es un don inmenso e inmerecido. Brota de su corazón misericordioso y es expresión de un amor que no se cansa de esperar, de comprender y de levantar al pecador. Sin embargo, ese don no está destinado a quedarse encerrado en nosotros. Quien ha sido perdonado está llamado a convertirse también en instrumento de perdón para los demás. La misericordia recibida debe transformarse en misericordia compartida.

Por eso el Señor nos invita a romper la lógica del resentimiento y a abrazar la lógica del amor. El rencor encadena el alma, consume la paz interior y, poco a poco, roba la alegría de vivir. El perdón, en cambio, engrandece a la persona; la hace más libre, más fuerte y más semejante a Dios. Quien aprende a perdonar deja de ser prisionero de sus heridas y descubre el gozo de caminar con un corazón reconciliado.

Pidamos hoy la gracia de un corazón misericordioso. Que, contemplando la paciencia infinita de Dios para con nosotros, aprendamos también a ser pacientes con nuestros hermanos. Y que, habiendo sido alcanzados por su perdón, sepamos convertirnos en testigos vivos de esa misma misericordia en nuestras familias, comunidades y ambientes de vida.

Que el Señor nos conceda su gracia para asemejarnos cada día más a Él.

Y que la intercesión de María Santísima, Madre de Misericordia, nos acompañe siempre en nuestro peregrinar hacia la Casa del Padre.

Pbro. Carlos Felipe Lozano Lara

 

 

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