Amados hermanos y hermanas en Cristo:
Hoy celebramos la
solemnidad de Todos los Santos. Al escuchar la primera lectura, elevamos nuestra
mirada hacia Dios, fuente de toda santidad, y contemplamos a quienes permanecieron
fieles a Cristo. Algunos sellaron su testimonio con la sangre del martirio;
otros consagraron su existencia a vivir y anunciar el Evangelio en las
circunstancias de cada día. También en nuestro tiempo hay cristianos que
padecen persecución por su fe. Su testimonio interpela nuestra conciencia y nos
invita a preguntarnos: ¿con qué fidelidad estamos viviendo nuestra fe?
El Evangelio nos
revela el camino de las bienaventuranzas. Jesús proclama dichosos a quienes
lloran, a los misericordiosos, a quienes trabajan por la paz y a quienes sufren
persecución por causa de la justicia. No presenta el dolor como un bien en sí
mismo, sino que nos asegura que, aun en medio de la tribulación, no estamos abandonados.
La vida cristiana no se reduce, por tanto, a afirmar que creemos en Jesús: nos
llama a seguir sus pasos, a amar, a obrar el bien y a permanecer fieles, incluso
cuando esa fidelidad exige sacrificio. Para algunos, este seguimiento culmina
en la entrega de la propia vida; para todos, comienza en las decisiones de cada
día.
Tal vez alguno
de nosotros considere que la santidad está lejos de su alcance. Sin embargo, el
llamado del Señor se dirige a todos. Dios nos ha concedido el don de la vida y,
por el bautismo, nos invita a permanecer unidos a él y a crecer en el amor. La
santidad no es un privilegio reservado a unos cuantos, sino una vocación que
cada uno puede acoger en su propia condición: en el matrimonio, en la familia,
en el trabajo, en el sacerdocio o en la vida consagrada.
Al contemplar el
santoral, encontramos madres y padres de familia, profesionistas, policías,
niños y niñas, religiosos y religiosas, sacerdotes, obispos y papas. Ninguna raza
ni color de piel queda excluido de este llamado: todos podemos responder a
Dios. Y para emprender este camino no es necesario realizar obras
extraordinarias. La santidad se hace presente cuando escuchamos con paciencia a
un familiar, cuidamos a quien está enfermo, trabajamos con honradez o tenemos
la humildad de pedir perdón. De estos pequeños detalles hemos hablado en los
últimos domingos. Son gestos sencillos que manifiestan el amor de Dios y dan sentido
y hondura a nuestra vida.
Los santos dan
testimonio de que el Evangelio puede vivirse con verdad. No los contemplemos
como figuras distantes cuyo ejemplo nos resulta inalcanzable. Permitamos que su
vida fortalezca nuestra esperanza y nos impulse a avanzar en el seguimiento de
Cristo. No aguardemos una ocasión extraordinaria: hoy mismo estamos llamados a
crecer en el amor, a servir con alegría y a hacer el bien a quienes el Señor
pone a nuestro lado.
Dirijamos
también nuestra mirada a la Santísima Virgen María, nuestra madre. Ella pronunció
su sí a Dios y permaneció fiel a esa entrega durante toda su vida, también en la
hora del dolor. Su ejemplo nos invita a perseverar junto al Señor cuando sobrevienen
las dificultades. Acudamos a su intercesión para que nos acompañe, fortalezca
nuestra confianza y nos enseñe a renovar cada día nuestra entrega a Dios.
Hermanos y
hermanas, al concluir esta celebración y regresar a nuestros hogares, asumamos
un propósito concreto: manifestar hoy el amor de Dios con nuestras obras.
Preguntémonos ante el Señor: ¿a quién puedo animar con una palabra de
esperanza?, ¿con quién puedo compartir lo que tengo?, ¿qué puedo hacer para que
haya paz en mi familia? Que este compromiso alcance también a nuestra sociedad:
rechacemos la corrupción, aunque nos ofrezca ventajas; tratemos con justicia a
quienes trabajan con nosotros; participemos en iniciativas que lleven alimento
y apoyo a las familias necesitadas; y no permanezcamos indiferentes ante la
discriminación o la violencia. Con estas obras contribuimos a una sociedad
donde se respete la dignidad de cada persona, se fortalezca la confianza y
nadie quede abandonado. No posterguemos nuestra respuesta a su llamado. Que el
Señor nos conceda la gracia de vivir nuestra fe con alegría y fidelidad, y de
perseverar, día tras día, en el camino de la santidad. Amén.
Pbro. Carlos
Felipe Lozano Lara

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