viernes, 21 de agosto de 2026

DOMINGO XXI DEL TIEMPO ORDINARIO 2026

 


 

Hermanos y hermanas: la Palabra de Dios que hoy se proclama nos conduce a una verdad sencilla y, al mismo tiempo, profundamente exigente: nada nos pertenece de manera absoluta. La vida, los dones, las responsabilidades y aun los cargos que ejercemos son gracia recibida; no son motivo de vanagloria, sino llamada al servicio. La primera lectura nos presenta, con gran fuerza, el contraste entre la soberbia de quien se apropia del poder y la humildad de quien reconoce que toda autoridad viene de Dios. El poder confiado a Eleacín —abrir y que nadie pueda cerrar, cerrar y que nadie pueda abrir— no brota de la fuerza humana ni del mérito personal, sino de la voluntad del Señor, que llama y sostiene a quien Él elige.

Por eso, nadie puede colocarse por encima de los demás como dueño de sus vidas. Nadie puede decidir con ligereza sobre el destino de una persona, ni asumir como propio un poder que pertenece solo a Dios. Esta verdad no es una idea antigua ni una simple afirmación religiosa; es un principio que custodia la dignidad humana y nos recuerda que, cuando el hombre pretende ocupar el lugar de Dios, termina hiriéndose a sí mismo y destruyendo a los demás. Lo comprendí de manera muy concreta en la enfermedad de uno de mis hermanos, ya fallecido. En medio del dolor y de la incertidumbre, cuando surgió la posibilidad de intubarlo, tuvimos que discernir con seriedad, escuchando a los médicos y reconociendo que no éramos dueños de su vida. Decidimos actuar no desde el miedo ni desde la comodidad, sino desde la responsabilidad y el respeto sagrado por la vida confiada a nuestras manos.

San Pablo lo canta con palabras llenas de asombro: «¡Qué inmensa y rica es la sabiduría y la ciencia de Dios! ¡Qué impenetrables son sus designios e incomprensibles sus caminos!». Ante el misterio de Dios, la actitud del creyente no es la autosuficiencia, sino la adoración humilde. Todo proviene de Él, todo subsiste por Él y todo camina hacia Él. La liturgia de este día nos invita, por tanto, a reconocer que nuestra vida entera está sostenida por la misericordia y la sabiduría del Señor.

Desde esta luz comprendemos mejor la pregunta de Jesús en el Evangelio: «Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?». No se trata de una pregunta dirigida solo a Pedro y a los discípulos de aquel tiempo; es una pregunta que atraviesa la historia y llega hoy a cada uno de nosotros. Pedro, iluminado por el Padre, confiesa: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo». En esa confesión se revela el centro de nuestra fe: Cristo no es un maestro más ni un profeta entre otros; es el Señor, el Hijo amado, aquel a quien pertenecen el cielo y la tierra. Y a Pedro, no por sus solas fuerzas, sino por la gracia recibida, Jesús le confía la autoridad de atar y desatar al servicio de la comunión y de la salvación.

Que esta Palabra nos enseñe a vivir con humildad, a ejercer toda responsabilidad como servicio y a reconocer que ninguna autoridad humana es absoluta. Solo Dios es Señor; solo Él tiene la última palabra sobre la vida, la historia y el destino de sus hijos. Ante Él, nuestra grandeza consiste en confiar, servir y permanecer fieles.

Pbro. Carlos Felipe Lozano Lara

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