Queridos hermano
s y hermanas:
Las palabras del profeta Jeremías que hemos escuchado hoy:
«Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir», nos permiten asomarnos al misterio de
una vocación vivida en medio de la lucha. Jeremías no habla desde la comodidad,
sino desde la experiencia de quien ha descubierto que seguir a Dios no siempre
es fácil. La misión que recibió no le trajo aplausos ni reconocimientos; le
atrajo incomprensiones, burlas y sufrimientos. Por momentos, incluso sintió la
tentación de abandonar el camino y huir de la tarea que le había sido confiada.
Cuando exclama: «Fuiste más fuerte que yo», parece describir
el combate interior de quien quiso resistirse, pero terminó conquistado por el
amor de Dios. Hubo un momento en que escuchó la llamada del Señor y respondió
generosamente, quizás sin imaginar todas las exigencias que aquella respuesta
implicaba.
Así ha sucedido también con muchos hombres y mujeres a lo
largo de la historia de la salvación: Pedro, los apóstoles, san Pablo y todos
los santos. Sacerdotes, religiosos, religiosas y fieles laicos han respondido
al llamado de Dios no porque les asegurara ventajas humanas, sino porque
descubrieron que servir al Señor vale más que cualquier ganancia terrenal.
En el Evangelio encontramos a Jesús anunciando con claridad
su pasión y su muerte. A Pedro, aquel mismo a quien poco antes había llamado
roca sobre la que edificaría su Iglesia, le cuesta aceptar este mensaje. En su
mente, el Mesías no podía terminar en el sufrimiento y en la cruz. Sin embargo,
los pensamientos de Dios no siempre coinciden con los nuestros. Mientras el
hombre busca el éxito, el prestigio y el triunfo inmediato, Dios muestra el
camino de la entrega, del servicio y del amor llevado hasta el extremo.
Por eso Jesús enseña una verdad que sigue siendo desafiante
para todos los tiempos: «El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí
mismo, cargue con su cruz y me siga». La obra de Cristo sólo puede ser
continuada por aquellos que están dispuestos a dejar en segundo plano sus
propios intereses para asumir los intereses del Reino de Dios.
Hermanos, esta llamada no pertenece únicamente al pasado. Es
una invitación actual para cada uno de nosotros. El Señor sigue pasando por
nuestra vida, sigue llamándonos por nuestro nombre y sigue pidiendo una
respuesta generosa. La pregunta es inevitable: ¿estamos dispuestos a seguirlo
incluso cuando el camino se vuelve exigente? ¿Estamos dispuestos a cargar con
nuestra cruz y confiar en Él?
Que la Eucaristía que celebramos fortalezca nuestra fe y nos
conceda la valentía de Jeremías, la fidelidad de los santos y el amor de
Cristo, para responder con generosidad al llamado que Dios nos hace cada día.
Pbro. Carlos Felipe Lozano Lara

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