lunes, 24 de agosto de 2026

DOMINGO XXII DEL TIEMPO ORDINARIO 2026

 

Queridos hermano


s y hermanas:

Las palabras del profeta Jeremías que hemos escuchado hoy: «Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir», nos permiten asomarnos al misterio de una vocación vivida en medio de la lucha. Jeremías no habla desde la comodidad, sino desde la experiencia de quien ha descubierto que seguir a Dios no siempre es fácil. La misión que recibió no le trajo aplausos ni reconocimientos; le atrajo incomprensiones, burlas y sufrimientos. Por momentos, incluso sintió la tentación de abandonar el camino y huir de la tarea que le había sido confiada.

Cuando exclama: «Fuiste más fuerte que yo», parece describir el combate interior de quien quiso resistirse, pero terminó conquistado por el amor de Dios. Hubo un momento en que escuchó la llamada del Señor y respondió generosamente, quizás sin imaginar todas las exigencias que aquella respuesta implicaba.

Así ha sucedido también con muchos hombres y mujeres a lo largo de la historia de la salvación: Pedro, los apóstoles, san Pablo y todos los santos. Sacerdotes, religiosos, religiosas y fieles laicos han respondido al llamado de Dios no porque les asegurara ventajas humanas, sino porque descubrieron que servir al Señor vale más que cualquier ganancia terrenal.

En el Evangelio encontramos a Jesús anunciando con claridad su pasión y su muerte. A Pedro, aquel mismo a quien poco antes había llamado roca sobre la que edificaría su Iglesia, le cuesta aceptar este mensaje. En su mente, el Mesías no podía terminar en el sufrimiento y en la cruz. Sin embargo, los pensamientos de Dios no siempre coinciden con los nuestros. Mientras el hombre busca el éxito, el prestigio y el triunfo inmediato, Dios muestra el camino de la entrega, del servicio y del amor llevado hasta el extremo.

Por eso Jesús enseña una verdad que sigue siendo desafiante para todos los tiempos: «El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, cargue con su cruz y me siga». La obra de Cristo sólo puede ser continuada por aquellos que están dispuestos a dejar en segundo plano sus propios intereses para asumir los intereses del Reino de Dios.

Hermanos, esta llamada no pertenece únicamente al pasado. Es una invitación actual para cada uno de nosotros. El Señor sigue pasando por nuestra vida, sigue llamándonos por nuestro nombre y sigue pidiendo una respuesta generosa. La pregunta es inevitable: ¿estamos dispuestos a seguirlo incluso cuando el camino se vuelve exigente? ¿Estamos dispuestos a cargar con nuestra cruz y confiar en Él?

Que la Eucaristía que celebramos fortalezca nuestra fe y nos conceda la valentía de Jeremías, la fidelidad de los santos y el amor de Cristo, para responder con generosidad al llamado que Dios nos hace cada día.

Pbro. Carlos Felipe Lozano Lara

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