jueves, 25 de junio de 2026

SOLEMNIDAD DE SAN PEDRO Y SAN PABLO 2026

 


Queridos hermanos: hoy celebramos con gozo la solemnidad de San Pedro y San Pablo, a quienes la Iglesia reconoce como dos grandes columnas de nuestra fe. Pedro conoció personalmente al Señor Jesús; escuchó su llamado, fue elegido para ser cabeza visible de la Iglesia y recibió la misión de confirmar a sus hermanos en la fe. Pablo, por su parte, fue llamado en el camino a Damasco, cuando iba con la intención de apresar a quienes seguían la doctrina de Jesús. Allí, en la ceguera exterior y en el silencio profundo de su corazón, se dejó vencer por la gracia del Resucitado. Desde entonces comenzó para él una vida nueva, hasta poder afirmar: “Ya no soy yo quien vive, es Cristo quien vive en mí”. Todo lo entregó por anunciar el Evangelio.

Las dos primeras lecturas nos presentan momentos decisivos en la vida de Pedro y de Pablo. Es la hora en que ambos contemplan, de algún modo, el final de su camino. Podemos imaginar que, en ese momento, hicieron una profunda evaluación de su existencia: las experiencias luminosas, las pruebas difíciles, las persecuciones, los trabajos apostólicos y todo cuanto habían vivido por causa del Evangelio. Tal vez en su corazón surgieron preguntas semejantes a estas: ¿lo di todo? ¿No me reservé nada? ¿Por qué he llegado hasta aquí? ¿Hasta dónde fui capaz de ir para cumplir la encomienda recibida? ¿Hice verdaderamente lo que el Señor me pidió?

Las respuestas están contenidas en los mismos textos. Pedro, al experimentar la intervención del ángel, descubre que no está solo: el Señor permanece con él hasta el final. Aquella liberación no será el último episodio de prueba; vendrá después otro encarcelamiento, y finalmente la entrega definitiva de su vida. Sin embargo, ya no habrá temor, porque Pedro está seguro de Aquel a quien ha visto, amado y seguido.

Pablo, en la segunda carta a Timoteo, es consciente de que ha llegado el final de su carrera. Nada se ha reservado para sí; todo lo ha ofrecido por cumplir la misión recibida. Ha sufrido, sí, pero también ha sembrado con generosidad. La cosecha pertenece al Señor, y Él sabrá recogerla a su tiempo. Por eso Pablo anima a Timoteo a perseverar con la misma fidelidad. Está seguro de que el Señor le concederá la recompensa prometida. Pedro y Pablo son, así, dos apóstoles que pueden mirar su vida con serenidad, sabiendo que buscaron cumplir lo que el Señor les pidió y que estuvieron dispuestos a llegar hasta el final.

Hermanos, esta solemnidad no es solo memoria agradecida de dos grandes apóstoles; es también una llamada viva para cada uno de nosotros. El Señor sigue preguntándonos si estamos dispuestos a entregarle la vida sin reservas, a confesarlo con valentía como Pedro y a anunciarlo con ardor como Pablo. Que al final de nuestro camino podamos decir, con verdad y paz en el corazón: he combatido el buen combate, he conservado la fe y no me he apartado de la misión que el Señor me confió. Que San Pedro nos alcance firmeza en la fe; que San Pablo nos obtenga celo por el Evangelio; y que Cristo, Pastor eterno de la Iglesia, nos conceda permanecer fieles hasta el final. Amén.

Pbro. Carlos Felipe Lozano Lara

 

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