martes, 16 de junio de 2026

XII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO 2026

 


Hermanos, al contemplar la realidad del mundo y las muchas contradicciones que nos rodean, puede surgir en nuestro corazón una pregunta profunda: ¿vale la pena vivir con rectitud?, ¿vale la pena mantenerse fieles a los valores del Evangelio?, ¿vale la pena seguir confesando nuestra fe cuando ello trae consigo burlas, incomprensiones y críticas? Y esta prueba se hace todavía más dolorosa cuando no viene de personas lejanas, sino de quienes están cerca de nosotros. Algo semejante experimentó el profeta Jeremías. Él conoció el peso de la incomprensión, el dolor del rechazo y la soledad que acompaña a quien ha sido llamado por Dios. Su corazón llegó a estremecerse, y por momentos pensó en callar, en no seguir anunciando la palabra del Señor. Pero, en medio de su sufrimiento, no se apartó de Dios; al contrario, le abrió su alma, le confió su causa y permaneció sostenido por la certeza de que el Señor jamás abandona a quienes esperan en Él.

Por eso, el Evangelio de hoy resuena con tanta fuerza en nuestra vida. El Señor Jesús dice a sus discípulos, y también a cada uno de nosotros: no tengan miedo. Él no les oculta las dificultades; no les promete un camino fácil ni una vida sin pruebas. Al contrario, les advierte que habrá persecuciones, contradicciones y sufrimientos. Pero, precisamente en medio de todo eso, les pide permanecer firmes. Así sucedió con los apóstoles, como nos lo narra el libro de los Hechos: tuvieron que soportar rechazos, humillaciones, amenazas y muchas tribulaciones por anunciar el nombre de Cristo. Y entre ellos sobresale san Pablo, que hizo de su vida una ofrenda total al Evangelio y aceptó padecerlo todo con tal de permanecer fiel al Señor que lo había llamado.

Y no pensemos, hermanos, que esta palabra pertenece solamente al pasado. También hoy hay muchos hombres y mujeres que sufren por mantenerse fieles a Cristo. Sufren obispos, sacerdotes, diáconos, religiosos, consagrados y tantos fieles laicos que sirven con generosidad en la Iglesia. Sufren también quienes, en medio de su familia, encuentran oposición, incomprensión o indiferencia hacia su fe. Y sufren nuestros jóvenes y adolescentes, cuando descubren que vivir según el Evangelio no siempre es bien recibido por sus compañeros. También hoy seguir a Cristo implica, muchas veces, ir contracorriente. También hoy la fidelidad tiene su precio. Pero también hoy el Señor permanece al lado de los suyos.

Por eso, hermanos, la palabra del Señor hoy debe quedar grabada en nuestro corazón: no tengan miedo. No tengan miedo de creer, no tengan miedo de dar testimonio, no tengan miedo de vivir con coherencia su fe. Encomienden su causa al Señor, pongan en sus manos sus luchas, sus cansancios, sus heridas y sus esperanzas. Tal vez a veces pensemos que nuestro esfuerzo no da fruto, porque no vemos resultados inmediatos; sin embargo, el Señor no nos pide medir el éxito, sino perseverar en la fidelidad. Nuestra tarea es sembrar, amar, servir, anunciar, permanecer. Quizá no nos toque contemplar la cosecha, pero Dios hará fecundo lo que hoy sembramos con fe. Y entonces comprenderemos que nada de lo vivido por amor a Cristo fue inútil, porque toda fidelidad sostenida por Dios termina dando fruto en el tiempo de su gracia.

Pbro. Carlos Felipe Lozano Lara

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