DOMINGO X DEL TIEMPO ORDINARIO
«Esforcémonos
por conocer al Señor; tan cierta como la aurora es su aparición, y su juicio
surge como la luz». Son palabras recias y luminosas del profeta Oseas, que
encuentran eco en la afirmación igualmente decisiva del Evangelio:
«Misericordia quiero y no sacrificios». Ambas expresiones nos introducen en el
corazón de la voluntad divina y nos invitan a recorrer, con sinceridad, el
camino del verdadero encuentro con Dios. El Señor entra en la historia, sale al
paso del hombre y espera de cada uno una respuesta auténtica. No se complace en
gestos vacíos ni en prácticas exteriores desprovistas de verdad; desea un amor
fiel, vivo y perseverante. El profeta denuncia con claridad la fragilidad del
amor del pueblo, un amor que se disipa y se inclina hacia el provecho
inmediato. Y entonces surge inevitablemente la pregunta: ¿puede llamarse amor a
aquello que no permanece? Por su parte, el Evangelio nos conduce al centro de
esta enseñanza al poner ante nuestros ojos la misericordia, es decir, ese
corazón inclinado hacia la miseria y la necesidad del otro.
Este
amor se expresa en compasión, cercanía y solicitud concreta; significa
permanecer junto al que sufre, no para detenerse pasivamente ante su dolor,
sino para tenderle la mano y ayudarlo a levantarse. Bien podría surgir la
pregunta: ¿hasta cuándo hemos de acompañar? La experiencia humana y cristiana
nos enseña que este cuidado busca conducir al necesitado a recobrar su dignidad
y a sostenerse, en la medida de lo posible, por sí mismo. Sin embargo, también
sabemos que existen heridas hondas y situaciones complejas que exigen una
presencia paciente, generosa y prolongada. Los milagros de nuestro Señor
Jesucristo manifiestan precisamente esta verdad: a Jesús le importa
profundamente lo que acontece en la vida de las personas y, cuando interviene
con poder, lo hace para rescatarlas, restaurarlas y abrirles un horizonte
nuevo. Así se comprende también el llamado dirigido a Mateo. El Señor no lo
invita únicamente a abandonar un oficio que lo degradaba; lo llama, ante todo,
a una transformación radical de su existencia. Lo saca del lugar en que se
encuentra, lo conduce a una vida nueva y lo introduce en el camino del
discipulado. Mateo escucha, se levanta, sigue al Señor y, en ese seguimiento,
su vida queda renovada hasta llegar a ser Apóstol. Tal es la fuerza de la
misericordia: un amor constante, fiel y eficaz, capaz de sanar y de transformar
enteramente la vida del hombre.
No
basta, por tanto, con las buenas intenciones, con los buenos deseos o incluso
con ciertas obras aisladas. Lo que el profeta Oseas pone de relieve es, ante
todo, la acción de Dios, que fecunda y sostiene la actividad humana. El hombre,
abandonado a sus solas fuerzas, termina por desvanecerse, empobrecerse y perder
consistencia. En cambio, cuando se abre a la búsqueda sincera del Señor y acoge
su amor, entra en el verdadero conocimiento de Dios; y ese conocimiento no
permanece estéril, sino que se traduce necesariamente en amor al prójimo. Allí
donde Dios es conocido y amado de verdad, brota una existencia nueva, una vida
más plena, una caridad concreta y una misericordia que hace fecunda la
presencia cristiana en el mundo.
Pbro.
Carlos Felipe Lozano Lara.


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