martes, 2 de junio de 2026

DOMINGO X DEL TIEMPO ORDINARIO 2026

DOMINGO X DEL TIEMPO ORDINARIO  


«Esforcémonos por conocer al Señor; tan cierta como la aurora es su aparición, y su juicio surge como la luz». Son palabras recias y luminosas del profeta Oseas, que encuentran eco en la afirmación igualmente decisiva del Evangelio: «Misericordia quiero y no sacrificios». Ambas expresiones nos introducen en el corazón de la voluntad divina y nos invitan a recorrer, con sinceridad, el camino del verdadero encuentro con Dios. El Señor entra en la historia, sale al paso del hombre y espera de cada uno una respuesta auténtica. No se complace en gestos vacíos ni en prácticas exteriores desprovistas de verdad; desea un amor fiel, vivo y perseverante. El profeta denuncia con claridad la fragilidad del amor del pueblo, un amor que se disipa y se inclina hacia el provecho inmediato. Y entonces surge inevitablemente la pregunta: ¿puede llamarse amor a aquello que no permanece? Por su parte, el Evangelio nos conduce al centro de esta enseñanza al poner ante nuestros ojos la misericordia, es decir, ese corazón inclinado hacia la miseria y la necesidad del otro.

Este amor se expresa en compasión, cercanía y solicitud concreta; significa permanecer junto al que sufre, no para detenerse pasivamente ante su dolor, sino para tenderle la mano y ayudarlo a levantarse. Bien podría surgir la pregunta: ¿hasta cuándo hemos de acompañar? La experiencia humana y cristiana nos enseña que este cuidado busca conducir al necesitado a recobrar su dignidad y a sostenerse, en la medida de lo posible, por sí mismo. Sin embargo, también sabemos que existen heridas hondas y situaciones complejas que exigen una presencia paciente, generosa y prolongada. Los milagros de nuestro Señor Jesucristo manifiestan precisamente esta verdad: a Jesús le importa profundamente lo que acontece en la vida de las personas y, cuando interviene con poder, lo hace para rescatarlas, restaurarlas y abrirles un horizonte nuevo. Así se comprende también el llamado dirigido a Mateo. El Señor no lo invita únicamente a abandonar un oficio que lo degradaba; lo llama, ante todo, a una transformación radical de su existencia. Lo saca del lugar en que se encuentra, lo conduce a una vida nueva y lo introduce en el camino del discipulado. Mateo escucha, se levanta, sigue al Señor y, en ese seguimiento, su vida queda renovada hasta llegar a ser Apóstol. Tal es la fuerza de la misericordia: un amor constante, fiel y eficaz, capaz de sanar y de transformar enteramente la vida del hombre.

No basta, por tanto, con las buenas intenciones, con los buenos deseos o incluso con ciertas obras aisladas. Lo que el profeta Oseas pone de relieve es, ante todo, la acción de Dios, que fecunda y sostiene la actividad humana. El hombre, abandonado a sus solas fuerzas, termina por desvanecerse, empobrecerse y perder consistencia. En cambio, cuando se abre a la búsqueda sincera del Señor y acoge su amor, entra en el verdadero conocimiento de Dios; y ese conocimiento no permanece estéril, sino que se traduce necesariamente en amor al prójimo. Allí donde Dios es conocido y amado de verdad, brota una existencia nueva, una vida más plena, una caridad concreta y una misericordia que hace fecunda la presencia cristiana en el mundo.

Pbro. Carlos Felipe Lozano Lara.

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