Hermanos, hace unos días, en nuestra
reunión de decanato, surgía una reflexión muy sencilla, pero muy profunda,
sobre lo que significa una misa de precepto. Y vale la pena preguntarnos: ¿qué
entendemos nosotros cuando escuchamos esa expresión? Muchas veces pensamos que
se trata solamente de una obligación, de algo que hay que hacer porque así está
mandado. Pero, si lo pensamos bien, es mucho más que eso. Venir a misa no es
sólo cumplir. Venir a misa es venir al encuentro del Señor. Es venir al
encuentro de Aquel que nos ama, que nos sostiene y que nunca nos abandona.
Venimos porque nuestro corazón necesita de Dios. Venimos porque, en medio del
cansancio de la vida, de las preocupaciones, de las luchas de cada día, pero
también en medio de nuestras alegrías, necesitamos escuchar su Palabra, sentir
su cercanía y alimentarnos de su presencia. Y la Palabra de Dios de este día
nos lo recuerda con mucha fuerza: no olvides lo que el Señor ha hecho por ti.
No olvides cuántas veces te ha acompañado en tu desierto. No olvides cuántas
veces te sostuvo en los momentos difíciles. No olvides que, cuando pensabas que
ya no podías más, Él estuvo ahí, te levantó y no te dejó solo. Y luego San
Pablo nos dice algo verdaderamente hermoso: cuando comulgamos, no hacemos un
gesto vacío, ni repetimos una costumbre sin sentido. No. Cuando comulgamos,
entramos en una unión profunda con Jesús. Él viene a nuestro corazón, nos
fortalece, nos consuela, nos da vida nueva y nos une también entre nosotros
como hermanos. Por eso, hermanos, esa comunión no puede quedarse solamente
dentro del templo. Tiene que notarse en la vida. Tiene que verse en nuestra
familia, en nuestra paciencia, en nuestra manera de trabajar, en la honestidad,
en el perdón, en la solidaridad, en la caridad con los demás. Porque si
recibimos al Señor, nuestra vida tiene que hablar de Él. Y el Evangelio de hoy
lo dice con palabras muy fuertes: “Si no comen la carne del Hijo del hombre y
no beben su sangre, no tendrán vida en ustedes”. Es una palabra fuerte, sí,
pero también es una palabra llena de verdad. Nos recuerda que esto no es algo
secundario. No es algo opcional para el alma. Es una necesidad profunda. Por
eso esta celebración no es solamente un precepto. Es una gracia. Es un regalo.
Es una necesidad para nuestra vida. Porque sin el Señor el corazón se cansa, la
esperanza se debilita y el camino se vuelve más pesado. Pero con Él, hermanos,
encontramos fuerza, consuelo, alegría y la certeza de que nunca caminamos
solos.
Por eso, hermanos, al celebrar hoy
esta solemnidad, no vengamos solamente a cumplir. Vengamos a abrir el corazón.
Vengamos a recordar, con humildad y con gratitud, todo lo que el Señor ha hecho
por nosotros. Recordemos cuántas veces nos ha levantado cuando hemos caído,
cuántas veces nos ha consolado en la tristeza, cuántas veces nos ha dado fuerza
cuando sentíamos que ya no podíamos más. Y si Él ha sido tan bueno con
nosotros, entonces no podemos vivir lejos de Él. No podemos acostumbrarnos a su
presencia como si fuera algo cualquiera. No podemos venir a la Eucaristía con
el corazón distraído o indiferente. Hoy el Señor nos vuelve a decir que Él
quiere ser nuestra vida, nuestra fuerza, nuestro alimento. Y por eso estamos
aquí: para darle gracias de corazón, para dejarnos abrazar por su amor, para
renovar nuestra esperanza y para decirle, una vez más, que lo necesitamos.
Porque sin Él nos faltará siempre algo; sin Él el alma se vacía, la esperanza
se apaga y el camino se hace más pesado. Pero con Él, hermanos, todo cambia.
Con Él vuelve la paz. Con Él renace la esperanza. Con Él el corazón encuentra
descanso. Que esta Eucaristía no pase de largo por nuestra vida. Que hoy, al
recibir al Señor, lo recibamos de verdad. Y que, al salir de aquí, salgamos más
fortalecidos, más agradecidos y decididos a vivir unidos a Él. Amén.
Pbro. Carlos Felipe Lozano Lara


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