Retomamos el Tiempo Ordinario y, en
la serena sucesión de sus días, la Iglesia nos concede contemplar algunas
solemnidades y fiestas de singular grandeza: Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote;
la Santísima Trinidad; Corpus Christi y el Sagrado Corazón de Jesús. Este
tiempo, el más extenso del año litúrgico, es también, en cierto modo, el tiempo
de la vida cristiana, porque es en la sencillez de cada jornada donde la fe se
prueba, se purifica, madura y está llamada a dar fruto abundante.
La solemnidad de la Santísima
Trinidad nos introduce en el corazón mismo del misterio de Dios y nos permite
contemplar, con humilde asombro, el modo en que el Señor ha querido revelarse a
lo largo de la historia de la salvación. Ya en el Antiguo Testamento, por medio
de los profetas, se deja escuchar la voz entrañable de un Dios que ama con
ternura a su pueblo, aun cuando este se extravía. Jeremías y Oseas, entre
otros, nos permiten vislumbrar el latido del corazón divino ante la fragilidad
de sus hijos. Allí resuenan palabras de misericordia, de compasión y de
fidelidad; palabras de un Padre que no se cansa de esperar, de levantar y de
conducir nuevamente a los suyos. «Cuando Israel era niño, yo lo amé… yo le
enseñé a caminar». En esas expresiones se nos revela un Dios cercano, atento,
providente, un Dios que no abandona la obra de sus manos. Y cuando llegó la
plenitud de los tiempos, según enseña el Apóstol, el Padre envió a su Hijo,
nacido de mujer, para rescatarnos y concedernos la gracia incomparable de la
filiación divina. Eso es lo que hemos celebrado en la Pascua: el misterio santo
de su entrega, de su cruz gloriosa y de su resurrección victoriosa.
A lo largo de la cincuentena pascual,
la liturgia nos ha permitido escuchar el libro de los Hechos de los Apóstoles,
y en él hemos contemplado con claridad la fuerza transformadora del Espíritu
Santo. Lo hemos visto descender sobre los apóstoles, encender en ellos el fuego
del testimonio, convertir la vida de Saulo hasta hacerlo Pablo, apóstol de las
naciones, e impulsar a la Iglesia naciente por los caminos de la historia. No
faltaron persecuciones, contradicciones ni pruebas; sin embargo, allí donde parecía
levantarse el obstáculo, se manifestó con mayor fuerza la gracia de Dios. La
Iglesia avanzó, perseveró y dio testimonio. Y así, por obra del Espíritu, el
Evangelio rompió toda estrechez y alcanzó también a los gentiles, mostrando que
el designio salvador del Padre está abierto a todos los pueblos.
Todo esto manifiesta con elocuencia
la manera en que Dios obra en la historia; pero al mismo tiempo nos recuerda
que su acción nunca se agota, porque Él permanece siempre mayor que nuestro
entendimiento y más fecundo que toda esperanza humana. El Señor sigue actuando
hoy en la vida de su Iglesia, nuevo pueblo de Dios, y también en la historia
personal de cada creyente que, con docilidad, le abre el corazón. Por eso, en
medio de los trabajos, de las incertidumbres y de las luces de nuestro tiempo,
somos invitados a renovar la confianza en su presencia y a caminar con
esperanza. La historia de la humanidad no avanza hacia el vacío, sino hacia su
plenitud en Dios, que es principio, camino y consumación de todas las cosas.

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