viernes, 12 de junio de 2026

DOMINGO XI DEL TIEMPO ORDINARIO 2026

 

“En aquel tiempo, al ver Jesús a las multitudes, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y desamparadas como ovejas sin pastor…” Así nos lo recuerda el Evangelio de este domingo. Y al escuchar esta Palabra, pensamos también en nuestra propia realidad. Hoy vemos a muchos jóvenes, matrimonios, niños y adolescentes que caminan desorientados, necesitados de luz, de consuelo y de una guía firme para sus vidas.

En nuestro estado, las heridas sociales son profundas y dolorosas. Las cifras de suicidio resultan alarmantes. También crecen los divorcios y la violencia intrafamiliar. Todo esto manifiesta un sufrimiento que toca de cerca a muchas familias. Vivimos tiempos de cambios acelerados que, con frecuencia, nos dejan sin respuestas sólidas y sin el sosiego necesario para discernir. A ello se añade, en no pocas ocasiones, la dificultad para reconocer una autoridad moral, para acoger un consejo sabio o para dejarnos acompañar. Como han señalado nuestros obispos, atravesamos un cambio de época en el que se difuminan con facilidad la identidad de la persona humana y sus responsabilidades en la familia y en la sociedad. También la violencia se ha vuelto una presencia cotidiana. Y duele constatar que aquello que debería conmovernos profundamente corre el riesgo de ser visto con resignación o costumbre.

Si, nuestro pueblo se encuentra desorientado, como ovejas sin pastor y sin un rumbo claro, también es verdad que el Señor no abandona a su pueblo. Él sigue pronunciando una palabra de esperanza. En tiempos de Jesús, muchos vivían heridos por la enfermedad, el pecado, la opresión y la injusticia. Sin embargo, el Hijo de Dios salió a su encuentro para devolverles la esperanza y abrirles un camino nuevo. También hoy resuena en nuestro corazón aquella invitación llena de ternura que escuchábamos en la Solemnidad del Sagrado Corazón: “Vengan a mí todos los que están fatigados y agobiados por la carga, y yo les daré alivio...”. El Señor, en su providencia, sigue llamando a hombres dispuestos a continuar su obra de salvación, a sanar heridas, a reconstruir vidas y a dispensar su gracia. Son pocos, y hacen falta más obreros para la misión que Él mismo ha confiado a su Iglesia. Los nombres de los apóstoles que menciona el Evangelio nos recuerdan que el Señor llama a hombres sencillos, de corazón disponible, capaces de tomar en serio su voz y de dejarlo todo por seguirlo. Ese llamado permanece vivo en nuestro tiempo. La mies sigue siendo mucha y los trabajadores pocos. Por eso, con fe y perseverancia, hemos de pedir al Dueño de la mies que envíe operarios a su campo. Que nuestra oración por las vocaciones sea constante, confiada y generosa, para que nunca falten pastores según el corazón de Cristo.

Pbro. Carlos Felipe Lozano Lara  

 

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