jueves, 21 de mayo de 2026

 


Hay un lenguaje que no nace de la tierra, sino del cielo; un lenguaje que no divide, sino que congrega; un lenguaje que todos pueden comprender porque brota del amor mismo de Dios derramado en los corazones. Ese es el prodigio que acontece cuando el Espíritu Santo desciende sobre los discípulos reunidos, como nos lo narran los Hechos de los Apóstoles. No se trata solamente de un hecho admirable, sino del signo luminoso de una verdad más honda: donde irrumpe el Espíritu de Dios, nace la unidad, florece la comunión y se abre para la humanidad un camino nuevo de reconciliación y de esperanza. La Iglesia, enriquecida con la diversidad de carismas y dones, prolonga desde entonces la obra confiada por su Señor: anunciar la Buena Nueva de la salvación, llamar a los hombres a la conversión del corazón y restaurar, en Cristo, la fraternidad herida entre los seres humanos. Verdaderamente, las maravillas del Señor son inagotables, y su misericordia no conoce ocaso.

Pentecostés, solemnidad grande en la tradición de Israel, evocaba la memoria santa de la alianza sellada por Dios con su pueblo y, según antigua tradición, la entrega de la Ley a Moisés en el monte Sinaí. Aquella fiesta, nacida primero al compás de la siega y de los frutos de la tierra, fue adquiriendo con el paso del tiempo una resonancia más alta: la de un pueblo convocado para recordar que pertenece al Señor. Y es precisamente en ese marco sagrado donde acontece la nueva efusión del Espíritu Santo, no ya grabando la Ley en tablas de piedra, sino inscribiéndola en lo más íntimo del corazón humano. El Espíritu derramado en Pentecostés suscita en el creyente una moción interior, delicada y poderosa, que lo introduce en la inteligencia amorosa de la voluntad divina. Ninguna renovación será auténtica, ninguna conversión será duradera, si no es sostenida por ese soplo decisivo que viene de Dios. Él regenera el corazón, purifica las intenciones, fortalece la fe y hace posible que el discípulo viva en consonancia con la verdad que profesa. Quien acoge al Espíritu Santo permanece en la Iglesia, Madre y Maestra, que alza su voz para hablar a todos los pueblos y hacerse cercana a todas las lenguas.

Pentecostés marca, en el libro de los Hechos de los Apóstoles, el amanecer visible de la Iglesia. Desde aquel momento santo, la comunidad naciente, fortalecida por el fuego del Espíritu, se levanta para emprender su peregrinación por la historia como el nuevo Pueblo de Dios. Ya no encerrada en el temor, sino impulsada por la fuerza de lo alto, la Iglesia se sabe enviada a proclamar el Evangelio hasta los confines de la tierra, a convocar a todos los pueblos a la obediencia de la fe y a reunir, en una sola familia, a cuantos el Padre llama por medio de su Hijo.

Y esta acción santificadora no pertenece solamente al pasado, como si fuese memoria de un tiempo irrepetible. El Espíritu Santo sigue obrando hoy con la misma fuerza silenciosa y fecunda: anima a la Iglesia en su misión evangelizadora, sostiene a los pastores en su ministerio, consuela a los afligidos, ilumina a quienes buscan la verdad y transforma profundamente el corazón de aquellos que se abren con fe a su presencia. Allí donde un alma se deja tocar por Dios, allí donde renace la esperanza, allí donde el amor vence al egoísmo, el Espíritu continúa realizando sus maravillas.

Ven, Espíritu Santo; llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego santo de tu amor. Renueva la faz de la tierra y haz de tu Iglesia un signo vivo de comunión, de verdad y de salvación.

Pbro. Carlos Felipe Lozano Lara.

 

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