Queridos
hermanos y hermanas:
El Evangelio de hoy pone ante
nosotros una pregunta que no podemos eludir: ¿qué es de Dios y qué es del
César? Con frecuencia hemos entendido estas palabras como si Jesús dividiera la
vida en dos mundos: por un lado, lo espiritual y religioso; por otro, lo
político y social. Así, la fe quedaría encerrada en el templo, sin tocar
nuestras decisiones, nuestras relaciones ni nuestro compromiso con los demás.
Pero Jesús no nos permite vivir una fe dividida. Sus adversarios le preguntan
no para conocer la verdad, sino para tenderle una trampa y encontrar un motivo
para acusarlo. Sin embargo, Él transforma aquella trampa en una llamada que
también hoy alcanza nuestra conciencia.
“Den al César lo que es del César y a
Dios lo que es de Dios”. Pero preguntémonos seriamente: ¿qué no le pertenece a
Dios? La primera lectura proclama: “Yo soy el Señor y no hay otro; fuera de mí
no hay Dios, te hago poderoso aunque tú no me conoces”. Todo viene de Él, todo
existe por Él y todo está llamado a volver a Él. Nuestra inteligencia, nuestras
capacidades, nuestro trabajo, nuestra familia, nuestros bienes, nuestro tiempo
y aun nuestra propia vida son dones recibidos de sus manos. El salmo 139 lo expresa
con profunda belleza: “¿Adónde iré lejos de tu espíritu? ¿Adónde huiré de tu
presencia?”. No existe un rincón de nuestra existencia donde Dios no esté
presente. Por eso, no podemos entregarle solamente una hora el domingo y
reservarnos para nosotros el resto de la semana.
El papa Francisco nos recuerda que
pertenecer a Dios no significa huir de las realidades humanas, sino
comprometernos con ellas e iluminarlas con la luz del Evangelio. El cristiano
no puede desentenderse del sufrimiento de su pueblo, guardar silencio ante la
injusticia ni aceptar como normal la corrupción, la mentira o la indiferencia.
Nuestra fe debe hacerse visible en la honradez con que trabajamos, en la
justicia con que tratamos a los demás, en el cuidado de los más débiles, en la
defensa de la dignidad humana y en la búsqueda sincera del bien común. Una fe
que no transforma nuestra conducta corre el riesgo de convertirse en palabras
vacías.
Hermanos y hermanas, hoy el Señor nos
pide que dejemos de vivir una fe cómoda, reducida a costumbres o devociones que
no cambian el corazón. Es tiempo de devolverle a Dios lo que le pertenece:
nuestra vida entera. Démosle nuestros pensamientos para que sean limpios;
nuestras palabras para que construyan y no destruyan; nuestras manos para que
sirvan; nuestros bienes para que sean compartidos; y nuestras decisiones para
que estén guiadas por la verdad y la justicia. No tengamos miedo de llevar el
Evangelio a la familia, al trabajo, a la escuela, a la sociedad y a la vida
pública. Allí donde haya mentira, sembremos verdad; donde haya división,
construyamos fraternidad; donde haya indiferencia, hagamos presente la
misericordia.
Que al salir de esta celebración
nadie pueda decir que nuestra fe se quedó dentro del templo. Que nuestras obras
proclamen que pertenecemos a Dios. Preguntémonos con valentía: ¿qué parte de mi
vida todavía no le he entregado al Señor? Hoy es el momento de ponerla en sus
manos y comenzar de nuevo. Demos al César lo que le corresponde; pero a Dios,
hermanos, démosle todo el corazón, toda la vida y todo nuestro compromiso.
Amén.
Pbro. Carlos Felipe Lozano

No hay comentarios:
Publicar un comentario