jueves, 8 de octubre de 2026

DOMINGO XXVIII DEL TIEMPO ORDINARIO 2026


 

Hermanos y hermanas:

 Parece difícil imaginar que alguien rechace la invitación a un gran banquete. ¿Quién diría que no a una fiesta preparada con generosidad? Sin embargo, eso es justamente lo que sucede en el Evangelio. Jesús dirige esta parábola a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo. Ellos habían sido llamados por Dios para guiar a su pueblo, pero se alejaron de esa misión. En vez de acercar a las personas al Señor, buscaron sus propios intereses y terminaron poniendo cargas sobre los demás. Por eso, Jesús les hace una pregunta que también llega hasta nosotros: ¿qué estamos haciendo con la invitación de Dios?

En tiempos de Jesús, un banquete era algo extraordinario. Solo una persona importante y con muchos recursos podía organizarlo. Había comida abundante, música, alegría y convivencia; y, si se trataba de una boda, la celebración podía durar varios días. Recibir la invitación de un rey era un gran honor. Rechazarla no era solamente perderse una fiesta: era despreciar al rey y todo lo que había preparado con tanta generosidad.

Hoy, el Señor también nos invita a su banquete. Y no nos ofrece cualquier alimento: nos entrega a su propio Hijo. Cada domingo, en la Eucaristía, Cristo muerto y resucitado se hace presente entre nosotros. Él nos alimenta con su Cuerpo y con su Sangre, fortalece nuestra fe y camina a nuestro lado. Venir a Misa no es simplemente cumplir una obligación; es responder a una invitación de amor, encontrarnos con Aquel que venció a la muerte y quiere darnos vida nueva.

Pero la invitación de Dios reclama una respuesta; no admite indiferencia ni puede aplazarse indefinidamente. El Señor nos llama hoy, en medio del trabajo, del cansancio y de las preocupaciones. Cuántas veces respondemos: «No tengo tiempo», «estoy muy ocupado» o «será la próxima semana». Y así, casi sin advertirlo, las excusas terminan ocupando el lugar que solo a Dios le corresponde. Preguntémonos con verdad: ¿qué lugar ocupa el Señor en mi vida?, ¿qué me impide acercarme a Él? No endurezcamos el corazón ni despreciemos la gracia que hoy se nos ofrece. Volvamos a Cristo, acerquémonos con fe a la Eucaristía y permitamos que su amor sane nuestras heridas, levante nuestra esperanza y transforme nuestra vida. El banquete está preparado, la mesa está servida y hay un lugar reservado para cada uno de nosotros. Cristo nos espera. No hagamos oídos sordos a su llamada. Respondámosle con una fe firme y un corazón decidido: «Señor, aquí estoy; acepto tu invitación y quiero caminar contigo».

Pbro. Carlos Felipe Lozano Lara

 

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