martes, 20 de octubre de 2026

DOMINGO XXX DEL TIEMPO ORDINARIO 2026

 


Queridos hermanos y hermanas:

Al acercarnos al final del año litúrgico, la Palabra de Dios nos invita a hacer una pausa y mirar con sinceridad nuestro corazón. En estas semanas, el Señor nos ha llamado a permanecer atentos, a darle el lugar que le corresponde, a ofrecer buenos frutos y a responder con alegría a su invitación. Hoy vuelve a recordarnos algo muy sencillo y muy importante: la fe que celebramos en el templo debe acompañarnos también en la casa, en el trabajo y en cada encuentro de nuestra vida diaria.

En el Evangelio de hoy, un doctor de la Ley se acerca a Jesús y le pregunta: «¿Cuál es el mandamiento más grande de la Ley?». Aunque busca ponerlo a prueba, Jesús le responde con serenidad y nos conduce al corazón de la vida cristiana: amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma y con toda la mente. Y enseguida añade un segundo mandamiento que no puede separarse del primero: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo».

Jesús nos enseña así que el amor a Dios y el amor al prójimo caminan siempre juntos. Nuestro amor a Dios se hace visible en la paciencia con la familia, en la atención al enfermo, en la escucha de quien está solo, en el perdón que ofrecemos y en la ayuda que prestamos sin esperar recompensa. Y, al mismo tiempo, ese amor se fortalece cuando oramos, escuchamos su Palabra y participamos en la Eucaristía. Allí el Señor renueva nuestras fuerzas para amar, incluso cuando hacerlo nos cuesta.

Por eso, hermanos, dejemos que esta Palabra nos hable personalmente. Podemos preguntarnos: ¿qué lugar ocupa Dios en mis decisiones? ¿Cómo trato a las personas con quienes comparto cada día? ¿Hay alguien que necesita de mi tiempo, de una llamada, de una palabra de consuelo o de mi perdón? No pensemos solamente en grandes obras. A veces, el amor comienza con un gesto pequeño: escuchar sin prisa, ayudar en casa, visitar a alguien, pedir perdón o acercarnos a quien se siente olvidado.

Jesús no se limitó a enseñarnos estos mandamientos; los vivió hasta el extremo. Amó al Padre con total fidelidad y recibió con misericordia a cada persona, especialmente a los pobres, a los enfermos, a los pecadores y a quienes los demás rechazaban. A nadie cerró la puerta. También nosotros, con nuestras limitaciones, estamos llamados a seguir sus pasos y a comenzar por las personas que el Señor ha puesto hoy a nuestro lado.

Pidamos al Señor que nos regale un corazón sencillo y disponible: un corazón que sepa buscarlo en la oración y reconocerlo en cada hermano. Que su Palabra no pase de largo, sino que transforme nuestra manera de hablar, de mirar y de actuar. Y que, al terminar este año litúrgico, podamos presentarle no solo buenos deseos, sino pequeños frutos de amor sembrados cada día en nuestra familia y en nuestra comunidad.

Que María, nuestra Madre, nos acompañe y nos enseñe a decirle sí a Dios y a servir con alegría a nuestros hermanos. Que así sea.

Pbro. Carlos Felipe Lozano Lara

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