Queridos
hermanos y hermanas:
Al acercarnos al final del año
litúrgico, la Palabra de Dios nos invita a hacer una pausa y mirar con
sinceridad nuestro corazón. En estas semanas, el Señor nos ha llamado a
permanecer atentos, a darle el lugar que le corresponde, a ofrecer buenos
frutos y a responder con alegría a su invitación. Hoy vuelve a recordarnos algo
muy sencillo y muy importante: la fe que celebramos en el templo debe
acompañarnos también en la casa, en el trabajo y en cada encuentro de nuestra
vida diaria.
En el Evangelio de hoy, un doctor de
la Ley se acerca a Jesús y le pregunta: «¿Cuál es el mandamiento más grande de
la Ley?». Aunque busca ponerlo a prueba, Jesús le responde con serenidad y nos
conduce al corazón de la vida cristiana: amar a Dios con todo el corazón, con
toda el alma y con toda la mente. Y enseguida añade un segundo mandamiento que
no puede separarse del primero: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo».
Jesús nos enseña así que el amor a
Dios y el amor al prójimo caminan siempre juntos. Nuestro amor a Dios se hace
visible en la paciencia con la familia, en la atención al enfermo, en la
escucha de quien está solo, en el perdón que ofrecemos y en la ayuda que
prestamos sin esperar recompensa. Y, al mismo tiempo, ese amor se fortalece
cuando oramos, escuchamos su Palabra y participamos en la Eucaristía. Allí el
Señor renueva nuestras fuerzas para amar, incluso cuando hacerlo nos cuesta.
Por eso, hermanos, dejemos que esta
Palabra nos hable personalmente. Podemos preguntarnos: ¿qué lugar ocupa Dios en
mis decisiones? ¿Cómo trato a las personas con quienes comparto cada día? ¿Hay
alguien que necesita de mi tiempo, de una llamada, de una palabra de consuelo o
de mi perdón? No pensemos solamente en grandes obras. A veces, el amor comienza
con un gesto pequeño: escuchar sin prisa, ayudar en casa, visitar a alguien,
pedir perdón o acercarnos a quien se siente olvidado.
Jesús no se limitó a enseñarnos estos
mandamientos; los vivió hasta el extremo. Amó al Padre con total fidelidad y recibió
con misericordia a cada persona, especialmente a los pobres, a los enfermos, a
los pecadores y a quienes los demás rechazaban. A nadie cerró la puerta.
También nosotros, con nuestras limitaciones, estamos llamados a seguir sus
pasos y a comenzar por las personas que el Señor ha puesto hoy a nuestro lado.
Pidamos al Señor que nos regale un
corazón sencillo y disponible: un corazón que sepa buscarlo en la oración y
reconocerlo en cada hermano. Que su Palabra no pase de largo, sino que
transforme nuestra manera de hablar, de mirar y de actuar. Y que, al terminar
este año litúrgico, podamos presentarle no solo buenos deseos, sino pequeños
frutos de amor sembrados cada día en nuestra familia y en nuestra comunidad.
Que María, nuestra Madre, nos
acompañe y nos enseñe a decirle sí a Dios y a servir con alegría a nuestros
hermanos. Que así sea.
Pbro. Carlos Felipe Lozano Lara

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