La Palabra de Dios de este domingo nos invita a tomar
conciencia de una hermosa responsabilidad: cuidar unos de otros en el camino de
la fe. La comunidad cristiana no es simplemente un grupo de personas que
comparten unas mismas creencias; es una familia en la que el bien de cada uno
repercute en el bien de todos. Por eso, ninguno puede ser indiferente ante la
vida y el caminar de sus hermanos. La fidelidad, el testimonio y el compromiso
de cada miembro fortalecen a toda la comunidad, mientras que nuestras omisiones
o faltas también la afectan.
En este contexto comprendemos mejor las palabras del
Evangelio. Jesús nos recuerda que la corrección fraterna no nace del deseo de
juzgar ni de señalar los errores ajenos. Su verdadero sentido es el amor que
busca rescatar, sanar y reconciliar. Corregir al hermano es un acto de caridad
cuando brota de un corazón que desea sinceramente su bien; cuando busca que
nadie se pierda, que nadie se aleje de Dios ni quede excluido de la comunidad.
La meta no es demostrar que tenemos razón, sino ayudar al otro a reencontrar el
camino de la comunión con Dios y con sus hermanos.
Por su parte, san Pablo nos recuerda el fundamento de
toda auténtica vida cristiana: el amor mutuo. Solo el amor hace verdadera la
corrección, da sentido al servicio y sostiene la vida comunitaria. Allí donde
el amor es la medida de nuestras palabras y acciones, florecen la unidad, la
comprensión y la paz. Que este amor sea siempre la regla que inspire nuestro
actuar en la comunidad, en nuestras familias y en nuestros lugares de trabajo.
Que la Santísima Virgen María, Madre de la Iglesia y
Reina de los Apóstoles, nos acompañe con su intercesión maternal para que
aprendamos a vivir la caridad que nace del Evangelio. Que ella, que permaneció
fiel junto a su Hijo y fue signo de comunión para la primera comunidad
cristiana, nos enseñe a cuidar unos de otros con paciencia, prudencia y amor
sincero. Y así, fortalecidos por su ejemplo y protección, hagamos de nuestras
familias y comunidades verdaderas escuelas de fraternidad, donde nadie se pierda,
donde todos encuentren acogida y donde Cristo sea el centro de nuestra vida. A
Ella confiamos nuestro camino de fe, para que un día podamos participar, junto
con todos los santos, de la alegría eterna del Reino de Dios. Amén.
Pbro. Carlos Felipe Lozano Lara

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