martes, 24 de febrero de 2026

 

II DOMINGO DE CUARESMA CICLO A



En estos días han ocurrido varios acontecimientos en nuestro país que nos alertan y nos invitan a cuestionarnos. El miércoles de ceniza marcó el inicio de un periodo de reflexión, oración y caridad con el propósito de entrar en un “desierto” para encontrarnos con el Señor. Este camino implica penitencia y también incluye los sufrimientos personales de cada uno de nosotros. En nuestra parroquia han sucedido situaciones dolorosas, como la muerte de personas pertenecientes a nuestros grupos, lo cual nos sorprende y nos impulsa a ponernos en camino. Tal como Abram en la primera lectura de este domingo: “Deja tu país, a tu parentela y la casa de tu padre, para ir a la tierra que yo te mostraré.” Es una aventura desconcertante, llena de incertidumbre—¿qué sucederá durante el trayecto?, ¿qué peligros enfrentaremos? Es necesario desinstalarse, tomar lo indispensable y emprender el camino, que aunque incierto, se realiza confiando en Dios, quien propone esta aventura.

La cuaresma es ese desierto en el que también emprendemos nuestro propio camino, encontrándonos con la palabra de Dios que nos exhorta, consuela y enseña. Nuestro trayecto no es incierto, la meta es alcanzar lo que Él nos prometió: la Pascua Eterna. Sin embargo, en este camino es seguro que habrá momentos oscuros, y por ello debemos estar firmes y seguros de hacia dónde vamos, sin perder el rumbo. Debemos estar convencidos de que el Señor se hará presente en todos los momentos de nuestra vida, como lo hizo con los apóstoles en el evangelio, cuando se transfiguró ante ellos. Fue un momento extraordinario, sublime y reconfortante. Debemos tener la certeza de que el sufrimiento y la oscuridad que podamos experimentar no son lo último, pues al final está Él.


A los apóstoles les aterraba que Jesús les dijera que debía sufrir y padecer en manos de los sumos sacerdotes, escribas y fariseos, incluso morir a manos de ellos. Sin embargo, la muerte no era el final; Jesús les aseguraba que al tercer día resucitaría. La experiencia de la transfiguración fue el momento que confirma esta verdad: su Gloria es más grande que la muerte.


Que el Señor sea su Fuerza y su Paz

Pbro. Carlos Felipe Lozano Lara

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