Durante el Segundo Domingo de Pascua,
también conocido como el Domingo de la Divina Misericordia, culminan ocho días
en los que se ha celebrado intensamente la resurrección de Jesús. Esta
festividad se vive como si cada día fuera una extensión del gran acontecimiento,
recordándonos que la alegría de la resurrección no es fugaz, sino profunda y
constante.
En el evangelio de san Juan, se narra
uno de los primeros momentos en que Jesús se hace presente entre sus Apóstoles
tras su resurrección. En esta escena falta Tomás, quien es conocido por algunos
como el incrédulo. Él necesita comprobar personalmente las señales del
crucificado: tocar el costado y las manos de Jesús, marcadas por los clavos.
Para los Apóstoles, esta experiencia representa un nuevo comienzo. En aquella
primera aparición, Jesús les llena de alegría, les regala la Paz y les entrega
el Espíritu Santo para el perdón de los pecados.
Ese Espíritu Santo es el poder con el
que Jesús transformó vidas a través de milagros y liberaciones. Ahora, los
Apóstoles están llamados a continuar la obra de Jesús, quienes han sido
formados para esa misión desde el inicio y la seguirán después de que Jesús
ascienda a la derecha del Padre.
Las señales de una vida impregnada
con el Misterio Pascual —la pasión, muerte y resurrección de Jesús— se reflejan
en las lecturas de este día. La vivencia de ser comunidad, descrita en el libro
de los Hechos de los Apóstoles, muestra una comunidad viva donde todos son uno
y nadie pasa necesidad. Se está al pendiente de lo que cada persona requiere,
lo que constituye el prototipo de una verdadera comunidad; es el objetivo que
se busca alcanzar.
San Pedro, en la segunda lectura, nos
recuerda que “al resucitar a Jesucristo de entre los muertos, nos concedió
renacer a la esperanza de una vida nueva.” Estas palabras nos abren a infinitas
posibilidades de crecimiento y nos motivan a seguir adelante en nuestra vida,
en nuestros proyectos y sueños. Es lanzarse cada día a la aventura de la fe,
siendo conscientes de que hay que esforzarse y, en ocasiones, pasar por el
dolor, pero sabiendo que se va construyendo, poco a poco, algo nuevo.
Cada día representa una nueva
oportunidad para construir, renovar y mejorar. No podemos quedarnos en el mismo
lugar ni caer en la mediocridad de una vida sin objetivos, ni de una comunidad
sin retos que vencer. Es tiempo de vivir lo nuevo que podemos llevar a cabo con
la fuerza del Resucitado. Su misericordia es eterna y nos impulsa
constantemente a volver a levantarnos.
¡Felices Pascuas de Resurrección!
Pbro. Carlos Felipe Lozano Lara.

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