jueves, 9 de abril de 2026

 


Durante el Segundo Domingo de Pascua, también conocido como el Domingo de la Divina Misericordia, culminan ocho días en los que se ha celebrado intensamente la resurrección de Jesús. Esta festividad se vive como si cada día fuera una extensión del gran acontecimiento, recordándonos que la alegría de la resurrección no es fugaz, sino profunda y constante.

En el evangelio de san Juan, se narra uno de los primeros momentos en que Jesús se hace presente entre sus Apóstoles tras su resurrección. En esta escena falta Tomás, quien es conocido por algunos como el incrédulo. Él necesita comprobar personalmente las señales del crucificado: tocar el costado y las manos de Jesús, marcadas por los clavos. Para los Apóstoles, esta experiencia representa un nuevo comienzo. En aquella primera aparición, Jesús les llena de alegría, les regala la Paz y les entrega el Espíritu Santo para el perdón de los pecados.

Ese Espíritu Santo es el poder con el que Jesús transformó vidas a través de milagros y liberaciones. Ahora, los Apóstoles están llamados a continuar la obra de Jesús, quienes han sido formados para esa misión desde el inicio y la seguirán después de que Jesús ascienda a la derecha del Padre.

Las señales de una vida impregnada con el Misterio Pascual —la pasión, muerte y resurrección de Jesús— se reflejan en las lecturas de este día. La vivencia de ser comunidad, descrita en el libro de los Hechos de los Apóstoles, muestra una comunidad viva donde todos son uno y nadie pasa necesidad. Se está al pendiente de lo que cada persona requiere, lo que constituye el prototipo de una verdadera comunidad; es el objetivo que se busca alcanzar.

San Pedro, en la segunda lectura, nos recuerda que “al resucitar a Jesucristo de entre los muertos, nos concedió renacer a la esperanza de una vida nueva.” Estas palabras nos abren a infinitas posibilidades de crecimiento y nos motivan a seguir adelante en nuestra vida, en nuestros proyectos y sueños. Es lanzarse cada día a la aventura de la fe, siendo conscientes de que hay que esforzarse y, en ocasiones, pasar por el dolor, pero sabiendo que se va construyendo, poco a poco, algo nuevo.

Cada día representa una nueva oportunidad para construir, renovar y mejorar. No podemos quedarnos en el mismo lugar ni caer en la mediocridad de una vida sin objetivos, ni de una comunidad sin retos que vencer. Es tiempo de vivir lo nuevo que podemos llevar a cabo con la fuerza del Resucitado. Su misericordia es eterna y nos impulsa constantemente a volver a levantarnos.

¡Felices Pascuas de Resurrección!

Pbro. Carlos Felipe Lozano Lara.

 

 

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